*
«EL LIBRO DEL PUEBLO DE DIOS». LA BIBLIA. http://www.vatican.va/archive/ESL0506/_INDEX.HTM
El «CONCILIO VATICANO II». Constituciones, Decretos, Declaraciones. http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/index_sp.htm (1962-1965)
El «CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA» [Por títulos, dentro "parágrafos"]. http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html (1992)
El «COMPENDIO del CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA». http://www.vatican.va/archive/compendium_ccc/documents/archive_2005_compendium-ccc_sp.html (2005)
«COMPENDIO DE DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA». http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_20060526_compendio-dott-soc_sp.html (2004).-
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19 de abril de 2013
Sobre «LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL»
CONSTITUCIÓN PASTORAL
GAUDIUM ET SPES
SOBRE LA IGLESIA EN EL MUNDO
ACTUAL
Documento del Concilio Vaticano II
Existe una versión OnLine de este documento en el sitio oficial
del Vaticano:
http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vatii_
const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html
PROEMIO
Unión íntima de la Iglesia con la familia humana
universal
1. Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las
angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de
cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los
discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su
corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en
Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del
Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos.
La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y
de su historia.
Destinatarios de la palabra conciliar
2. Por ello, el Concilio Vaticano II, tras haber
profundizado en el misterio de la Iglesia, se dirige ahora no sólo a los hijos
de la Iglesia católica y a cuantos invocan a Cristo, sino a todos los hombres,
con el deseo de anunciar a todos cómo entiende la presencia y la acción de la
Iglesia en el mundo actual.
Tiene pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la
entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que
ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y
victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor
del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por
Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se
transforme según el propósito divino y llegue a su consumación.
Al servicio del hombre
3. En nuestros días, el género humano, admirado de sus
propios descubrimientos y de su propio poder, se formula con frecuencia
preguntas angustiosas sobre la evolución presente del mundo, sobre el puesto y
la misión del hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos
individuales y colectivos, sobre el destino último de las cosas y de la humanidad. El Concilio ,
testigo y expositor de la fe de todo el Pueblo de Dios congregado por Cristo,
no puede dar prueba mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la familia
humana que la de dialogar con ella acerca de todos estos problemas,
aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el
poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de
su Fundador. Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad
humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el hombre
todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad,
quien será el objeto central de las explicaciones que van a seguir.
Al proclamar el Concilio la altísima vocación del hombre y
la divina semilla que en éste se oculta, ofrece al género humano la sincera
colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad universal que responda a
esa vocación. No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una
cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino
al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para
servir y no para ser servido.
EXPOSICIÓN PRELIMINAR
SITUACIÓN DEL HOMBRE EN EL MUNDO DE HOY
Esperanzas y temores
4.
Para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los
signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que,
acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes
interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida
futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y
comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo
dramático que con frecuencia le caracteriza. He aquí algunos rasgos
fundamentales del mundo moderno.
El
género humano se halla en un período nuevo de su historia, caracterizado por
cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo
entero. Los provoca el hombre con su inteligencia y su dinamismo creador; pero
recaen luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos individuales y
colectivos, sobre sus modos de pensar y sobre su comportamiento para con las
realidades y los hombres con quienes convive. Tan es así esto, que se puede ya
hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda también en
la vida religiosa.
Como
ocurre en toda crisis de crecimiento, esta transformación trae consigo no leves
dificultades. Así mientras el hombre amplía extraordinariamente su poder, no
siempre consigue someterlo a su servicio. Quiere conocer con profundidad
creciente su intimidad espiritual, y con frecuencia se siente más incierto que
nunca de sí mismo. Descubre paulatinamente las leyes de la vida social, y duda
sobre la orientación que a ésta se debe dar.
Jamás
el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades,
tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre
hambre y miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca ha
tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto surgen
nuevas formas de esclavitud social y psicológica. Mientras el mundo siente con
tanta viveza su propia unidad y la mutua interdependencia en ineludible
solidaridad, se ve, sin embargo, gravísimamente dividido por la presencia de
fuerzas contrapuestas. Persisten, en efecto, todavía agudas tensiones
políticas, sociales, económicas, raciales e ideológicas, y ni siquiera falta el
peligro de una guerra que amenaza con destruirlo todo. Se aumenta la
comunicación de las ideas; sin embargo, aun las palabras definidoras de los
conceptos más fundamentales revisten sentidos harto diversos en las distintas
ideologías. Por último, se busca con insistencia un orden temporal más
perfecto, sin que avance paralelamente el mejoramiento de los espíritus.
Afectados
por tan compleja situación, muchos de nuestros contemporáneos difícilmente
llegan a conocer los valores permanentes y a compaginarlos con exactitud al
mismo tiempo con los nuevos descubrimientos. La inquietud los atormenta, y se
preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual evolución del mundo.
El curso de la historia presente en un desafío al hombre que le obliga a
responder.
Cambios profundos
5.
La turbación actual de los espíritus y la transformación de las condiciones de
vida están vinculadas a una revolución global más amplia, que da creciente
importancia, en la formación del pensamiento, a las ciencias matemáticas y
naturales y a las que tratan del propio hombre; y, en el orden práctico, a la
técnica y a las ciencias de ella derivadas. El espíritu científico modifica
profundamente el ambiente cultural y las maneras de pensar. La técnica con sus
avances está transformando la faz de la tierra e intenta ya la conquista de los
espacios interplanetarios.
También
sobre el tiempo aumenta su imperio la inteligencia humana, ya en cuanto al
pasado, por el conocimiento de la historia; ya en cuanto al futuro, por la
técnica prospectiva y la
planificación. Los progresos de las ciencias biológicas,
psicológicas y sociales permiten al hombre no sólo conocerse mejor, sino aun
influir directamente sobre la vida de las sociedades por medio de métodos
técnicos. Al mismo tiempo, la humanidad presta cada vez mayor atención a la
previsión y ordenación de la expansión demográfica.
La
propia historia está sometida a un proceso tal de aceleración, que apenas es
posible al hombre seguirla. El género humano corre una misma suerte y no se
diversifica ya en varias historias dispersas. La humanidad pasa así de una
concepción más bien estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva, de
donde surge un nuevo conjunto de problemas que exige nuevos análisis y nuevas
síntesis.
Cambios en el orden social
6.
Por todo ello, son cada día más profundos los cambios que experimentan las
comunidades locales tradicionales, como la familia patriarcal, el clan, la
tribu, la aldea, otros diferentes grupos, y las mismas relaciones de la
convivencia social.
El
tipo de sociedad industrial se extiende paulatinamente, llevando a algunos
países a una economía de opulencia y transformando profundamente concepciones y
condiciones milenarias de la vida social. La civilización urbana tiende a un
predominio análogo por el aumento de las ciudades y de su población y por la
tendencia a la urbanización, que se extiende a las zonas rurales.
Nuevos
y mejores medios de comunicación social contribuyen al conocimiento de los
hechos y a difundir con rapidez y expansión máximas los modos de pensar y de
sentir, provocando con ello muchas repercusiones simultáneas.
Y
no debe subestimarse el que tantos hombres, obligados a emigrar por varios
motivos, cambien su manera de vida.
De
esta manera, las relaciones humanas se multiplican sin cesar y el mismo tiempo
la propia socialización crea nuevas relaciones, sin que ello promueva
siempre, sin embargo, el adecuado proceso de maduración de la persona y las
relaciones auténticamente personales (personalización).
Esta
evolución se manifiesta sobre todo en las naciones que se benefician ya de los
progresos económicos y técnicos; pero también actúa en los pueblos en vías de
desarrollo, que aspiran a obtener para sí las ventajas de la industrialización
y de la
urbanización. Estos últimos, sobre todo los que poseen
tradiciones más antiguas, sienten también la tendencia a un ejercicio más
perfecto y personal de la libertad.
Cambios psicológicos, morales y religiosos
7.
El cambio de mentalidad y de estructuras somete con frecuencia a discusión las
ideas recibidas. Esto se nota particularmente entre jóvenes, cuya impaciencia e
incluso a veces angustia, les lleva a rebelarse. Conscientes de su propia
función en la vida social, desean participar rápidamente en ella. Por lo cual
no rara vez los padres y los educadores experimentan dificultades cada día
mayores en el cumplimiento de sus tareas.
Las
instituciones, las leyes, las maneras de pensar y de sentir, heredadas del
pasado, no siempre se adaptan bien al estado actual de cosas. De ahí una grave
perturbación en el comportamiento y aun en las mismas normas reguladoras de
éste.
Las
nuevas condiciones ejercen influjo también sobre la vida religiosa. Por una
parte, el espíritu crítico más agudizado la purifica de un concepto mágico del
mundo y de residuos supersticiosos y exige cada vez más una adhesión
verdaderamente personal y operante a la fe, lo cual hace que muchos alcancen un
sentido más vivo de lo divino. Por otra parte, muchedumbres cada vez más
numerosas se alejan prácticamente de la religión. La negación de Dios o de la religión no
constituye, como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día, en
efecto, se presenta no rara vez como exigencia del progreso científico y de un
cierto humanismo nuevo. En muchas regiones esa negación se encuentra expresada
no sólo en niveles filosóficos, sino que inspira ampliamente la literatura, el
arte, la interpretación de las ciencias humanas y de la historia y la misma
legislación civil. Es lo que explica la perturbación de muchos.
Los desequilibrios del mundo moderno
8.
Una tan rápida mutación, realizada con frecuencia bajo el signo del desorden, y
la misma conciencia agudizada de las antinomias existentes hoy en el mundo,
engendran o aumentan contradicciones y desequilibrios.
Surgen
muchas veces en el propio hombre el desequilibrio entre la inteligencia
práctica moderna y una forma de conocimiento teórico que no llega a dominar y
ordenar la suma de sus conocimientos en síntesis satisfactoria. Brota también
el desequilibrio entre el afán por la eficacia práctica y las exigencias de la
conciencia moral, y no pocas veces entre las condiciones de la vida colectiva y
a las exigencias de un pensamiento personal y de la misma contemplación. Surge,
finalmente, el desequilibrio entre la especialización profesional y la visión
general de las cosas.
Aparecen
discrepancias en la familia, debidas ya al peso de las condiciones
demográficas, económicas y sociales, ya a los conflictos que surgen entre las
generaciones que se van sucediendo, ya a las nuevas relaciones sociales entre
los dos sexos.
Nacen
también grandes discrepancias raciales y sociales de todo género. Discrepancias
entre los países ricos, los menos ricos y los pobres. Discrepancias, por
último, entre las instituciones internacionales, nacidas de la aspiración de
los pueblos a la paz, y las ambiciones puestas al servicio de la expansión de la
propia ideología o los egoísmos colectivos existentes en las naciones y en
otras entidades sociales.
Todo
ello alimenta la mutua desconfianza y la hostilidad, los conflictos y las
desgracias, de los que el hombre es, a la vez, causa y víctima.
Aspiraciones más universales de la humanidad
9.
Entre tanto, se afianza la convicción de que el género humano puede y debe no
sólo perfeccionar su dominio sobre las cosas creadas, sino que le corresponde
además establecer un orden político, económico y social que esté más al
servicio del hombre y permita a cada uno y a cada grupo afirmar y cultivar su
propia dignidad.
De
aquí los instantes reivindicaciones económicas de muchísimos, que tienen viva
conciencia de que la carencia de bienes que sufren se debe a la injusticia o a
una no equitativa distribución. Las naciones en vía de desarrollo, como son las
independizadas recientemente, desean participar en los bienes de la
civilización moderna, no sólo en el plano político, sino también en el orden
económico, y desempeñar libremente su función en el mundo. Sin embargo, está
aumentando a diario la distancia que las separa de las naciones más ricas y la
dependencia incluso económica que respecto de éstas padecen. Los pueblos
hambrientos interpelan a los pueblos opulentos.
La
mujer, allí donde todavía no lo ha logrado, reclama la igualdad de derecho y de
hecho con el hombre. Los trabajadores y los agricultores no sólo quieren
ganarse lo necesario para la vida, sino que quieren también desarrollar por
medio del trabajo sus dotes personales y participar activamente en la
ordenación de la vida económica, social, política y cultural. Por primera vez
en la historia, todos los pueblos están convencidos de que los beneficios de la
cultura pueden y deben extenderse realmente a todas las naciones.
Pero
bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspiración más profunda y más
universal: las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida plena
y de una vida libre, digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas
posibilidades que les ofrece el mundo actual. Las naciones, por otra parte, se
esfuerzan cada vez más por formar una comunidad universal.
De
esta forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo
mejor y de lo peor, pues tiene abierto el camino para optar entre la libertad o
la esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el
odio. El hombre sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente las
fuerzas que él ha desencadenado, y que pueden aplastarle o servirle. Por ello
se interroga a sí mismo.
Los interrogantes más profundos del hombre
10.
En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están
conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón
humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del
hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se
siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior.
Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar. Más aún,
como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo
que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división, que tantas
y tan graves discordias provoca en la sociedad. Son muchísimos los que, tarados en su
vida por el materialismo práctico, no quieren saber nada de la clara percepción
de este dramático estado, o bien, oprimidos por la miseria, no tienen tiempo
para ponerse a considerarlo. Otros esperan del solo esfuerzo humano la
verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que
el futuro del hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos. Y no
faltan, por otra parte, quienes, desesperando de poder dar a la vida un sentido
exacto, alaban la insolencia de quienes piensan que la existencia carece de
toda significación propia y se esfuerzan por darle un sentido puramente
subjetivo. Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son cada día más
numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las
cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el
hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de
tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias
logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede
esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?
Cree
la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su
fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación
y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea
necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la
historia humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que
bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su
último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo la luz
de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, el
Concilio habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar
en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de
nuestra época.
PRIMERA PARTE
Hay que responder a las mociones del Espíritu
11.
El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo
conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en
los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente
con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes
de Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre
la entera vocación del hombre. Por ello orienta la menta hacia soluciones
plenamente humanas.
El
Concilio se propone, ante todo, juzgar bajo esta luz los valores que hoy
disfrutan la máxima consideración y enlazarlos de nuevo con su fuente divina.
Estos valores, por proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre,
poseen una bondad extraordinaria; pero, a causa de la corrupción del corazón
humano, sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su debida ordenación.
Por ello necesitan purificación.
¿Qué piensa del hombre la Iglesia? ¿Qué criterios
fundamentales deben recomendarse para levantar el edificio de la sociedad actual?
¿Qué sentido último tiene la acción humana en el universo? He aquí las preguntas que aguardan respuesta. Esta
hará ver con claridad que el Pueblo de Dios y la humanidad, de la que aquél
forma parte, se prestan mutuo servicio, lo cual demuestra que la misión de la
Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana.
CAPÍTULO I
El hombre, imagen de Dios
12.
Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los
bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de
todos ellos.
Pero,
¿qué es el hombre? Muchas son las
opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre sí mismo. Diversas e incluso
contradictorias. Exaltándose a sí mismo como regla absoluta o hundiéndose hasta
la desesperación. La
duda y la ansiedad se siguen en consecuencia. La Iglesia siente profundamente
estas dificultades, y, aleccionada por la Revelación divina, puede darles la
respuesta que perfile la verdadera situación del hombre, dé explicación a sus
enfermedades y permita conocer simultáneamente y con acierto la dignidad y la
vocación propias del hombre.
La
Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado “a imagen de Dios”, con
capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido
señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a
Dios. ¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre
para que te cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a los ángeles al
coronarlo de gloria y esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de tus manos. Todo fue puesto por ti debajo de
sus pies (Ps 8, 5-7).
Pero
Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer
(Gen l,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de
la comunión de personas humanas. El hombre es, en efecto, por su íntima
naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin
relacionarse con los demás. Dios, pues, nos dice también la Biblia, miró
cuanto había hecho, y lo juzgó muy bueno (Gen 1,31).
El pecado
13.
Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del
demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad,
levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de
Dios. Conocieron a Dios, pero no le glorificaron como a Dios. Obscurecieron su
estúpido corazón y prefirieron servir a la criatura, no al Creador. Lo que la
Revelación divina nos dice coincide con la experiencia. El
hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y
se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen en su santo
Creador. Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe
el hombre la debida subordinación a su fin último, y también toda su ordenación
tanto por lo que toca a su propia persona como a las relaciones con los demás y
con el resto de la creación.
Es
esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la
individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática,
entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se
nota incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el
punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona
para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al
príncipe de este mundo (cf. Io 12,31), que le retenía en la esclavitud
del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud.
A
la luz de esta Revelación, la sublime vocación y la miseria profunda que el
hombre experimenta hallan simultáneamente su última explicación.
Constitución del hombre
14.
En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es
una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más
alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador. No debe, por tanto,
despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe tener por bueno y
honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el
último día. Herido por el pecado, experimenta, sin embargo, la rebelión del
cuerpo. La propia dignidad humana pide, pues, que glorifique a Dios en su
cuerpo y no permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su
corazón.
No
se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y
al considerarse no ya como partícula de la naturaleza o como elemento anónimo
de la ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al universo
entero; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón,
donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente,
bajo la mirada de Dios, decide su propio destino. Al afirmar, por tanto, en sí
mismo la espiritualidad y la inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete
de un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y
sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más profunda de
la realidad.
Dignidad de la inteligencia, verdad y sabiduría
15.
Tiene razón el hombre, participante de la luz de la inteligencia divina, cuando
afirma que por virtud de su inteligencia es superior al universo material. Con
el ejercicio infatigable de su ingenio a lo largo de los siglos, la humanidad
ha realizado grandes avances en las ciencias positivas, en el campo de la
técnica y en la esfera de las artes liberales. Pero en nuestra época ha
obtenido éxitos extraordinarios en la investigación y en el dominio del mundo
material. Siempre, sin embargo, ha buscado y ha encontrado una verdad más
profunda. La inteligencia no se ciñe solamente a los fenómenos. Tiene capacidad
para alcanzar la realidad inteligible con verdadera certeza, aunque a
consecuencia del pecado esté parcialmente oscurecida y debilitada.
Finalmente,
la naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y debe
perfeccionarse por medio de la sabiduría, la cual atrae con suavidad la mente
del hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y del bien. Imbuido por ella,
el hombre se alza por medio de lo visible hacia lo invisible.
Nuestra
época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar
todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre
peligro si no forman hombres más instruidos en esta sabiduría. Debe advertirse
a este respecto que muchas naciones económicamente pobres, pero ricas en esta
sabiduría, pueden ofrecer a las demás una extraordinaria aportación.
Con
el don del Espíritu Santo, el hombre llega por la fe a contemplar y saborear el
misterio del plan divino.
Dignidad de la conciencia moral
16.
En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley
que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena,
cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y
practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el
hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia
consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La
conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se
siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla.
Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo
cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta
conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y
resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo
y a la sociedad.
Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto
mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego
capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara
vez, sin embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin
que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando
el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va
progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado.
Grandeza de la libertad
17.
La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la
libertad, la cual posee un valor que nuestros contemporáneos ensalzan con
entusiasmo. Y con toda razón. Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma
depravada, como si fuera pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que
deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad es signo eminente de la imagen
divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión
para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a
éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana
requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección,
es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la
presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre
logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las
pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios
adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana,
herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha
de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar
cuanta de su vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que
haya observado.
El misterio de la muerte
18.
El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la
disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la
desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar
la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de
eternidad que en sí lleva, por se irreducible a la sola materia, se levanta contra
la muerte. Todos
los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sea, no pueden calmar
esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la
biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente
del corazón humano.
Mientras
toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la
Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino
feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana
enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del
pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya
al hombre en la salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado y llama al
hombre a adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión
de la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado
esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte.
Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde
satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del
hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros
mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de
que poseen ya en Dios la vida verdadera.
Formas y raíces del ateísmo
19.
La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la
unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con
Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor
de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la
verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador.
Muchos son, sin embargo, los que hoy día se desentienden del todo de esta
íntima y vital unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es este ateísmo
uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser examinado con
toda atención.
La
palabra "ateísmo" designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios
expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que
someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como
inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos ,
rebasando indebidamente los límites sobre esta base puramente científica o, por
el contrario, rechazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan
tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa
más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay
quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el
Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia
de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no
perciben el motivo de preocuparse por el hecho religioso. Además, el ateísmo
nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo o
como adjudicación indebida del carácter absoluto a ciertos bienes humanos que
son considerados prácticamente como sucedáneos de Dios. La misma civilización
actual, no en sí misma, pero sí por su sobrecarga de apego a la tierra, puede
dificultar en grado notable el acceso del hombre a Dios.
Quienes
voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las
cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no
carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de
responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es
un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las
que se debe contar también la reacción crítica contra las religiones, y,
ciertamente en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión
cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no
pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación
religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los
defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado
el genuino rostro de Dios y de la religión.
El ateísmo sistemático
20.
Con frecuencia, el ateísmo moderno reviste también la forma sistemática, la
cual, dejando ahora otras causas, lleva el afán de autonomía humana hasta negar
toda dependencia del hombre respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo
afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí
mismo, el único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no puede
conciliarse, según ellos, con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo,
o por lo menos tal afirmación de Dios es completamente superflua. El sentido de
poder que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta
doctrina.
Entre
las formas del ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la liberación del
hombre principalmente en su liberación económica y social. Pretende este
ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta
liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura
ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por
eso, cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio político
del Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre
todo en materia educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene
a su alcance el poder público.
Actitud de la Iglesia ante el ateísmo
21.
La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar con
dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas
doctrinas y conductas, que son contrarias a la razón y a la experiencia humana
universal y privan al hombre de su innata grandeza.
Quiere,
sin embargo, conocer las causas de la negación de Dios que se esconden en la
mente del hombre ateo. Consciente de la gravedad de los problemas planteados
por el ateísmo y movida por el amor que siente a todos los hombres, la Iglesia
juzga que los motivos del ateísmo deben ser objeto de serio y más profundo
examen.
La
Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a la
dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su fundamento y
perfección. Es Dios creador el que constituye al hombre inteligente y libre en la sociedad. Y , sobre
todo, el hombre es llamado, como hijo, a la unión con Dios y a la participación
de su felicidad. Enseña además la Iglesia que la esperanza escatológica no
merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona
nuevos motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando, por el contrario, faltan ese
fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad humana sufre
lesiones gravísimas -es lo que hoy con frecuencia sucede-, y los enigmas de la
vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, quedan sin solucionar, llevando
no raramente al hombre a la desesperación.
Todo
hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con cierta
obscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos más
importantes de la vida, puede huir del todo el interrogante referido. A este
problema sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al
hombre a pensamientos más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad.
El
remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y
en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca
hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la
continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo.
Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada
para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer. Numerosos
mártires dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar
su fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, e
impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo respecto del necesitado.
Mucho contribuye, finalmente, a esta afirmación de la presencia de Dios el amor
fraterno de los fieles, que con espíritu unánime colaboran en la fe del
Evangelio y se alzan como signo de unidad.
La
Iglesia, aunque rechaza en forma absoluta el ateísmo, reconoce sinceramente que
todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en la edificación
de este mundo, en el que viven en común. Esto no puede hacerse sin un prudente
y sincero diálogo. Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación entre creyentes
y no creyentes que algunas autoridades políticas, negando los derechos
fundamentales de la persona humana, establecen injustamente. Pide para los
creyentes libertad activa para que puedan levantar en este mundo también un
templo a Dios. E invita cortésmente a los ateos a que consideren sin prejuicios
el Evangelio de Cristo.
La
Iglesia sabe perfectamente que su mensaje está de acuerdo con los deseos más
profundos del corazón humano cuando reivindica la dignidad de la vocación del
hombre, devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de sus destinos más
altos. Su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y
libertad para el progreso humano. Lo único que puede llenar el corazón del
hombre es aquello que "nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está
inquieto hasta que descanse en ti".
Cristo, el Hombre nuevo
22.
En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es
decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que
todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su
corona.
El
que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto,
que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el
primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido
elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su
encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de
hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con
corazón de hombre. Nacido de la
Virgen María , se hizo verdaderamente uno de los nuestros,
semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado.
Cordero
inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En El Dios nos
reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y
del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El
Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2,20).
Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió
el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren
nuevo sentido.
El
hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito
entre muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23),
las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este
Espíritu, que es prenda de la herencia (Eph 1,14), se restaura
internamente todo el hombre hasta que llegue la redención del cuerpo (Rom
8,23). Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos
habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también
vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en
vosotros (Rom 8,11). Urgen al cristiano la necesidad y el deber de
luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero ,
asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará,
corroborado por la esperanza, a la resurrección.
Esto
vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de
buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió
por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En
consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad
de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual.
Este
es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los
fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte,
que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó;
con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo,
clamemos en el Espíritu: Abba!,¡Padre!
CAPÍTULO II
Propósito del Concilio
23.
Entre los principales aspectos del mundo actual hay que señalar la multiplicación
de las relaciones mutuas entre los hombres. Contribuye sobremanera a este
desarrollo el moderno progreso técnico. Sin embargo, la perfección del coloquio
fraterno no está en ese progreso, sino más hondamente en la comunidad que entre
las personas se establece, la cual exige el mutuo respeto de su plena dignidad
espiritual. La Revelación cristiana presta gran ayuda para fomentar esta
comunión interpersonal y al mismo tiempo nos lleva a una más profunda
comprensión de las leyes que regulan la vida social, y que el Creador grabó en
la naturaleza espiritual y moral del hombre.
Como
el Magisterio de la Iglesia en recientes documentos ha expuesto ampliamente la
doctrina cristiana sobre la sociedad humana, el Concilio se limita a recordar
tan sólo algunas verdades fundamentales y exponer sus fundamentos a la luz de la Revelación. A
continuación subraya ciertas consecuencias que de aquéllas fluyen, y que tienen
extraordinaria importancia en nuestros días.
Índole comunitaria de la vocación humana según el plan de Dios
24.
Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres
constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos.
Todos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien hizo de uno todo el
linaje humano y para poblar toda la haz de la tierra (Act 17,26), y
todos son llamados a un solo e idéntico fin, esto es, Dios mismo.
Por
lo cual, el amor de Dios y del prójimo es el primero y el mayor mandamiento. La Sagrada Escritura
nos enseña que el amor de Dios no puede separarse del amor del prójimo: ... cualquier
otro precepto en esta sentencia se resume : Amarás al prójimo como a ti mismo
... El amor es el cumplimiento de la ley (Rom 13,9-10; cf. 1 Io 4,20).
Esta
doctrina posee hoy extraordinaria importancia a causa de dos hechos: la
creciente interdependencia mutua de los hombres y la unificación asimismo
creciente del mundo.
Más
aún, el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros
también somos uno (Io 17,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la
razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas
divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta
semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí
mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de
sí mismo a los demás.
Interdependencia entre la persona humana y la sociedad
25.
La índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y
el crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados. porque el
principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser
la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad
de la vida social. La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga
accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de
servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en
todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación.
De
los vínculos sociales que son necesarios para el cultivo del hombre, unos, como
la familia y la comunidad política, responden más inmediatamente a su
naturaleza profunda; otros, proceden más bien de su libre voluntad. En nuestra
época, por varias causas, se multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las
interdependencias; de aquí nacen diversas asociaciones e instituciones tanto de
derecho público como de derecho privado. Este fenómeno, que recibe el nombre de
socialización, aunque encierra algunos peligros, ofrece, sin embargo, muchas
ventajas para consolidar y desarrollar las cualidades de la persona humana y
para garantizar sus derechos.
Mas
si la persona humana, en lo tocante al cumplimiento de su vocación, incluida la
religiosa, recibe mucho de esta vida en sociedad, no se puede, sin embargo,
negar que las circunstancias sociales en que vive y en que está como inmersa
desde su infancia, con frecuencia le apartan del bien y le inducen al mal. Es
cierto que las perturbaciones que tan frecuentemente agitan la realidad social
proceden en parte de las tensiones propias de las estructuras económicas,
políticas y sociales. Pero proceden, sobre todo, de la soberbia y del egoísmo
humanos, que trastornan también el ambiente social. Y cuando la realidad social
se ve viciada por las consecuencias del pecado, el hombre, inclinado ya al mal
desde su nacimiento, encuentra nuevos estímulos para el pecado, los cuales sólo
pueden vencerse con denodado esfuerzo ayudado por la gracia.
La promoción del bien común
26.
La interdependencia, cada vez más estrecha, y su progresiva universalización
hacen que el bien común -esto es, el conjunto de condiciones de la vida social
que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más
pleno y más fácil de la propia perfección- se universalice cada vez más, e
implique por ello derechos y obligaciones que miran a todo el género humano.
Todo grupo social debe tener en cuanta las necesidades y las legítimas
aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener muy en cuanta el bien
común de toda la familia humana.
Crece
al mismo tiempo la conciencia de la excelsa dignidad de la persona humana, de
su superioridad sobre las cosas y de sus derechos y deberes universales e
inviolables. Es, pues, necesario que se facilite al hombre todo lo que éste
necesita para vivir una vida verdaderamente humana, como son el alimento, el
vestido, la vivienda, el derecho a la libre elección de estado ya fundar una
familia, a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto, a una
adecuada información, a obrar de acuerdo con la norma recta de su conciencia, a
la protección de la vida privada y a la justa libertad también en materia
religiosa.
El
orden social, pues, y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse
al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y
no al contrario. El propio Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había
sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. El orden social hay
que desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlo sobre la
justicia, vivificarlo por el amor. Pero debe encontrar en la libertad un
equilibrio cada día más humano. Para cumplir todos estos objetivos hay que
proceder a una renovación de los espíritus y a profundas reformas de la
sociedad.
El
Espíritu de Dios, que con admirable providencia guía el curso de los tiempos y
renueva la faz de la tierra, no es ajeno a esta evolución. Y, por su parte, el
fermento evangélico ha despertado y despierta en el corazón del hombre esta
irrefrenable exigencia de la dignidad.
El respeto a la persona humana
27.
Descendiendo a consecuencias prácticas de máxima urgencia, el Concilio inculca
el respeto al hombre, de forma de cada uno, sin excepción de nadie, debe
considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de
los medios necesarios para vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico
que se despreocupó por completo del pobre Lázaro.
En
nuestra época principalmente urge la obligación de acercarnos a todos y de
servirlos con eficacia cuando llegue el caso, ya se trate de ese anciano
abandonado de todos, o de ese trabajador extranjero despreciado injustamente, o
de ese desterrado, o de ese hijo ilegítimo que debe aguantar sin razón el pecado
que él no cometió, o de ese hambriento que recrimina nuestra conciencia
recordando la palabra del Señor: Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos
mis hermanos menores, a mi me lo hicisteis. (Mt 25,40).
No
sólo esto. Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase,
genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la
integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las
torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena;
cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de
vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la
prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales
degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin
respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas
prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la
civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son
totalmente contrarias al honor debido al Creador.
Respeto y amor a los adversarios
28.
Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política
e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto
más humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir,
mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo.
Esta
caridad y esta benignidad en modo alguno deben convertirse en indiferencia ante
la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio a todos los
hombres de la verdad saludable. Pero es necesario distinguir entre el error,
que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la
dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o
insuficientes en materia religiosa. Dios es el único juez y escrutador del
corazón humano. Por ello, nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los
demás.
La
doctrina de Cristo pide también que perdonemos las injurias. El precepto del
amor se extiende a todos los enemigos. Es el mandamiento de la Nueva Ley : «Habéis oído
que se dijo: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo". Pero
yo os digo : "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y
orad por lo que os persiguen y calumnian"» (Mt 5,43-44).
La igualdad esencial entre los hombres y la justicia social
29.
La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada
vez mayor. Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a imagen de
Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por
Cristo, disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino.
Es
evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad
física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de
discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o
cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o
religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En
verdad, es lamentable que los derechos fundamentales de la persona no estén
todavía protegidos en la forma debida por todas partes. Es lo que sucede cuando
se niega a la mujer el derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el estado
de vida que prefiera o se le impide tener acceso a una educación y a una
cultura iguales a las que se conceden al hombre.
Más
aún, aunque existen desigualdades justas entre los hombres, sin embargo, la
igual dignidad de la persona exige que se llegue a una situación social más
humana y más justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades
económicas y sociales que se dan entre los miembros y los pueblos de una misma
familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la
dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional.
Las
instituciones humanas, privadas o públicas, esfuércense por ponerse al servicio
de la dignidad y del fin del hombre. Luchen con energía contra cualquier
esclavitud social o política y respeten, bajo cualquier régimen político, los
derechos fundamentales del hombre. Más aún, estas instituciones deben ir
respondiendo cada vez más a las realidades espirituales, que son las más
profundas de todas, aunque es necesario todavía largo plazo de tiempo para
llegar al final deseado.
Hay que superar la ética individualista
30.
La profunda y rápida transformación de la vida exige con suma urgencia que no
haya nadie que, por despreocupación frente a la realidad o por pura inercia, se
conforme con una ética meramente individualista. El deber de justicia y caridad
se cumple cada vez más contribuyendo cada uno al bien común según la propia
capacidad y la necesidad ajena, promoviendo y ayudando a las instituciones, así
públicas como privadas, que sirven para mejorar las condiciones de vida del
hombre. Hay quienes profesan amplias y generosas opiniones, pero en realidad
viven siempre como si nunca tuvieran cuidado alguno de las necesidades
sociales. No sólo esto; en varios países son muchos los que menosprecian las
leyes y las normas sociales. No pocos, con diversos subterfugios y fraudes, no
tienen reparo en soslayar los impuestos justos u otros deberes para con la sociedad. Algunos
subestiman ciertas normas de la vida social; por ejemplo, las referentes a la
higiene o las normas de la circulación, sin preocuparse de que su descuido pone
en peligro la vida propia y la vida del prójimo.
La
aceptación de las relaciones sociales y su observancia deben ser consideradas
por todos como uno de los principales deberes del hombre contemporáneo. Porque
cuanto más se unifica el mundo, tanto más los deberes del hombre rebasan los
límites de los grupos particulares y se extiende poco a poco al universo
entero. Ello es imposible si los individuos y los grupos sociales no cultivan
en sí mismo y difunden en la sociedad las virtudes morales y sociales, de forma
que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva
humanidad con el auxilio necesario de la divina gracia.
Responsabilidad y participación
31.
Para que cada uno pueda cultivar con mayor cuidado el sentido de su
responsabilidad tanto respecto a sí mismo como de los varios grupos sociales de
los que es miembro, hay que procurar con suma diligencia una más amplia cultura
espiritual, valiéndose para ello de los extraordinarios medios de que el género
humano dispone hoy día. Particularmente la educación de los jóvenes, sea el que
sea el origen social de éstos, debe orientarse de tal modo, que forme hombres y
mujeres que no sólo sean personas cultas, sino también de generoso corazón, de
acuerdo con las exigencias perentorias de nuestra época.
Pero
no puede llegarse a este sentido de la responsabilidad si no se facilitan al
hombre condiciones de vida que le permitan tener conciencia de su propia
dignidad y respondan a su vocación, entregándose a Dios ya los demás. La
libertad humana con frecuencia se debilita cuando el hombre cae en extrema
necesidad, de la misma manera que se envilece cuando el hombre, satisfecho por
una vida demasiado fácil, se encierra como en una dorada soledad. Por el
contrario, la libertad se vigoriza cuando el hombre acepta las inevitables
obligaciones de la vida social, toma sobre sí las multiformes exigencias de la
convivencia humana y se obliga al servicio de la comunidad en que vive.
Es
necesario por ello estimular en todos la voluntad de participar en los
esfuerzos comunes. Merece alabanza la conducta de aquellas naciones en las que
la mayor parte de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida
pública. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, la situación real de cada país y
el necesario vigor de la autoridad pública. Para que todos los ciudadanos se
sientan impulsados a participar en la vida de los diferentes grupos de integran
el cuerpo social, es necesario que encuentren en dichos grupos valores que los
atraigan y los dispongan a ponerse al servicio de los demás. Se puede pensar
con toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan
dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar.
El Verbo encarnado y la solidaridad humana
32.
Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar sociedad. De
la misma manera, Dios "ha querido santificar y salvar a los hombres no
aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un
pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente". Desde el
comienzo de la historia de la salvación, Dios ha elegido a los hombres no
solamente en cuanto individuos, sino también a cuanto miembros de una
determinada comunidad. A los que eligió Dios manifestando su propósito,
denominó pueblo suyo (Ex 3,7-12), con el que además estableció un
pacto en el monte Sinaí.
Esta
índole comunitaria se perfecciona y se consuma en la obra de Jesucristo. El propio
Verbo encarnado quiso participar de la vida social humana. Asistió a las bodas
de Caná, bajó a la casa de Zaqueo, comió con publicanos y pecadores. Reveló el
amor del Padre y la excelsa vocación del hombre evocando las relaciones más
comunes de la vida social y sirviéndose del lenguaje y de las imágenes de la
vida diaria corriente. Sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria,
santificó los vínculos humanos, sobre todo los de la familia, fuente de la vida
social. Eligió la vida propia de un trabajador de su tiempo y de su tierra.
En
su predicación mandó claramente a los hijos de Dios que se trataran como
hermanos. Pidió en su oración que todos sus discípulos fuesen uno. Más todavía,
se ofreció hasta la muerte por todos, como Redentor de todos. Nadie tiene mayor
amor que este de dar uno la vida por sus amigos (Io 15,13). Y ordenó a
los Apóstoles predicar a todas las gentes la nueva angélica, para que la
humanidad se hiciera familia de Dios, en la que la plenitud de la ley sea el
amor.
Primogénito
entre muchos hermanos, constituye, con el don de su Espíritu, una nueva
comunidad fraterna entre todos los que con fe y caridad le reciben después de
su muerte y resurrección, esto es, en su Cuerpo, que es la Iglesia, en la que
todos, miembros los unos de los otros, deben ayudarse mutuamente según la
variedad de dones que se les hayan conferido.
Esta
solidaridad debe aumentarse siempre hasta aquel día en que llegue su
consumación y en que los hombres, salvador por la gracia, como familia amada de
Dios y de Cristo hermano, darán a Dios gloria perfecta.
CAPÍTULO III:
Planteamiento del problema
33.
Siempre se ha esforzado el hombre con su trabajo y con su ingenio en
perfeccionar su vida; pero en nuestros días, gracias a la ciencia y la técnica,
ha logrado dilatar y sigue dilatando el campo de su dominio sobre casi toda la
naturaleza, y, con ayuda sobre todo el aumento experimentado por los diversos
medios de intercambio entre las naciones, la familia humana se va sintiendo y
haciendo una única comunidad en el mundo. De lo que resulta que gran número de
bienes que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas
superiores, hoy los obtiene por sí mismo.
Ante
este gigantesco esfuerzo que afecta ya a todo el género humano, surgen entre
los hombres muchas preguntas. ¿Qué sentido y valor tiene esa actividad? ¿Cuál
es el uso que hay que hacer de todas estas cosas? ¿A qué fin deben tender los
esfuerzos de individuos y colectividades? La Iglesia, custodio del depósito de
la palabra de Dios, del que manan los principios en el orden religioso y moral,
sin que siempre tenga a manos respuesta adecuada a cada cuestión, desea unir la
luz de la Revelación al saber humano para iluminar el camino recientemente
emprendido por la humanidad.
Valor de la actividad humana
34.
Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y
colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo
largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí
mismo, responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios,
recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí
la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona
y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con
el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en
el mundo.
Esta
enseñanza vale igualmente para los quehaceres más ordinarios. Porque los
hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia,
realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la
sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del
Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se
cumplan los designios de Dios en la historia.
Los
cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen
al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador,
están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo
de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto más se
acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y
colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres
de la edificación del mundo si los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino
que, al contrario, les impone como deber el hacerlo.
Ordenación de la actividad humana
35.
La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al
hombre. Pues éste con su acción no sólo transforma las cosas y la sociedad,
sino que se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se
supera y se trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más importante
que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más por lo
que es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres para
lograr más justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas
sociales, vale más que los progresos técnicos. Pues dichos progresos pueden
ofrecer, como si dijéramos, el material para la promoción humana, pero por sí
solos no pueden llevarla a cabo.
Por
tanto, está es la norma de la actividad humana: que, de acuerdo con los
designios y voluntad divinos, sea conforme al auténtico bien del género humano
y permita al hombre, como individuo y como miembro de la sociedad, cultivar y
realizar íntegramente su plena vocación.
La justa autonomía de la realidad terrena
36.
Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una excesivamente
estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la
autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia.
Si
por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la
sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir,
emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de
autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro
tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia
naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia,
verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe
respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o
arte. Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si
está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas
morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades
profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con
perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la
realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo
todas las cosas, da a todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar
ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima
autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios
cristianos; actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a
establecer una oposición entre la ciencia y la fe.
Pero
si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es
independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al
Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en
tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos
creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación
de la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la
propia criatura queda oscurecida.
Deformación de la actividad humana por el pecado
37.
La Sagrada Escritura ,
con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la familia
humana que el progreso altamente beneficioso para el hombre también encierra,
sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las colectividades,
subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran
más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya
ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad
está amenazando con destruir al propio género humano.
A
través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de
las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el
Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar
continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la
ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo.
Por
ello, la Iglesia de Cristo, confiando en el designio del Creador, a la vez que
reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana, no puede
dejar de hacer oír la voz del Apóstol cuando dice: No queráis vivir conforme a
este mundo (Rom 12,2); es decir, conforme a aquel espíritu de vanidad y
de malicia que transforma en instrumento de pecado la actividad humana,
ordenada al servicio de Dios y de los hombres.
A
la hora de saber cómo es posible superar tan deplorable miseria, la norma
cristiana es que hay que purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y
encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a
causa de la soberbia y el egoísmo, corren diario peligro. El hombre, redimido
por Cristo y hecho, en el Espíritu Santo, nueva criatura, puede y debe amar las
cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe y las mira y respeta como
objetos salidos de las manos de Dios. Dándole gracias por ellas al Bienhechor y
usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra
de veras en posesión del mundo como quien nada tiene y es dueño de todo: Todo
es vuestro; vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios (I Cor 3,22-23).
Perfección de la actividad humana en el misterio pascual
38.
El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho El mismo carne
y habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo,
asumiéndola y recapitulándola en sí mismo. El es quien nos revela que Dios
es amor (1 Io 4,8), a la vez que nos enseña que la ley fundamental
de la perfección humana, es el mandamiento nuevo del amor. Así, pues, a los que
creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres
los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son
cosas inútiles. Al mismo tiempo advierte que esta caridad no hay que buscarla
únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida
ordinaria. El, sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña
con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros
de los que buscan la paz y la justicia. Constituido
Señor por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada
toda potestad en el cielo y en la tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu
en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo futuro, sino
alentando, purificando y robusteciendo también con ese deseo aquellos generosos
propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia
vida y someter la tierra a este fin. Mas los dones del Espíritu Santo son
diversos: si a unos llama a dar testimonio manifiesto con el anhelo de la
morada celestial y a mantenerlo vivo en la familia humana, a otros los llama
para que se entreguen al servicio temporal de los hombres, y así preparen la
materia del reino de los cielos. Pero a todos les libera, para que, con la
abnegación propia y el empleo de todas las energías terrenas en pro de la vida,
se proyecten hacia las realidades futuras, cuando la propia humanidad se
convertirán en oblación acepta a Dios.
El
Señor dejó a los suyos prenda de tal esperanza y alimento para el camino en
aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados
por el hombre, se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la
comunión fraterna y la degustación del banquete celestial.
Tierra nueva y cielo nuevo
39.
Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco
conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo,
afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva
morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es
capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón
humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y
lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se
revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se
verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó
pensando en el hombre.
Se
nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a
sí mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino
más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el
cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un
vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente
progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero,
en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran
medida al reino de Dios.
Pues
los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una
palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo,
después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de
acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados
y trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal:
"reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia,
de amor y de paz". El reino está ya misteriosamente presente en nuestra
tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección.
CAPÍTULO IV
MISIÓN DE LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO
Relación mutua entre la Iglesia y el mundo
40.
Todo lo que llevamos dicho sobre la dignidad de la persona, sobre la comunidad
humana, sobre el sentido profundo de la actividad del hombre, constituye el
fundamento de la relación entre la Iglesia y el mundo, y también la base para
el mutuo diálogo. Por tanto, en este capítulo, presupuesto todo lo que ya ha
dicho el Concilio sobre el misterio de la Iglesia, va a ser objeto de
consideración la misma
Iglesia en cuanto que existe en este mundo y vive y actúa con
él.
Nacida
del amor del Padre Eterno, fundada en el tiempo por Cristo Redentor, reunida en
el Espíritu Santo, la Iglesia tiene una finalidad escatológica y de salvación,
que sólo en el mundo futuro podrá alcanzar plenamente. Está presente ya aquí en
la tierra, formada por hombres, es decir, por miembros de la ciudad terrena que
tienen la vocación de formar en la propia historia del género humano la familia
de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la venida del
Señor. Unida ciertamente por razones de los bienes eternos y enriquecida por
ellos, esta familia ha sido "constituida y organizada por Cristo como
sociedad en este mundo" y está dotada de "los medios adecuados
propios de una unión visible y social". De esta forma, la Iglesia,
"entidad social visible y comunidad espiritual", avanza juntamente
con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo, y su razón de
ser es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en
Cristo y transformarse en familia de Dios.
Esta
compenetración de la ciudad terrena y de la ciudad eterna sólo puede percibirse
por la fe; más aún, es un misterio permanente de la historia humana que se ve
perturbado por el pecado hasta la plena revelación de la claridad de los hijos
de Dios. Al buscar su propio fin de salvación, la Iglesia no sólo comunica la
vida divina al hombre, sino que además difunde sobre el universo mundo, en
cierto modo, el reflejo de su luz, sobre todo curando y elevando la dignidad de
la persona, consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la actividad
diaria de la humanidad de un sentido y de una significación mucho más
profundos. Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus hijos y por
medio de su entera comunidad, puede ofrecer gran ayuda para dar un sentido más
humano al hombre a su historia.
La
Iglesia católica de buen grado estima mucho todo lo que en este orden han hecho
y hacen las demás Iglesias cristianas o comunidades eclesiásticas con su obra
de colaboración. Tiene asimismo la firme persuasión de que el mundo, a través
de las personas individuales y de toda la sociedad humana, con sus cualidades y
actividades, puede ayudarla mucho y de múltiples maneras en la preparación del
Evangelio. Expónense a continuación algunos principios generales para promover
acertadamente este mutuo intercambio y esta mutua ayuda en todo aquello que en
cierta manera es común a la Iglesia y al mundo.
Ayuda que la Iglesia procura prestar a cada hombre
41.
El hombre contemporáneo camina hoy hacia el desarrollo pleno de su personalidad
y hacia el descubrimiento y afirmación crecientes de sus derechos. Como a la
Iglesia se ha confiado la manifestación del misterio de Dios, que es el fin
último del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la
propia existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser humano. Bien
sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más
profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los
alimentos terrenos. Sabe también que el hombre, atraído sin cesar por el
Espíritu de Dios, nunca jamás será del todo indiferente ante el problema
religioso, como los prueban no sólo la experiencia de los siglos pasados, sino
también múltiples testimonios de nuestra época. Siempre deseará el hombre
saber, al menos confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de su
muerte. La presencia misma de la Iglesia le recuerda al hombre tales problemas;
pero es sólo Dios, quien creó al hombre a su imagen y lo redimió del pecado, el
que puede dar respuesta cabal a estas preguntas, y ello por medio de la
Revelación en su Hijo, que se hizo hombre. El que sigue a Cristo, Hombre
perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre.
Apoyada
en esta fe, la Iglesia puede rescatar la dignidad humana del incesante cambio
de opiniones que, por ejemplo, deprimen excesivamente o exaltan sin moderación
alguna el cuerpo humano. No hay ley humana que pueda garantizar la dignidad
personal y la libertad del hombre con la seguridad que comunica el Evangelio de
Cristo, confiado a la
Iglesia. El Evangelio enuncia y proclama la libertad de los
hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes, que derivan, en última
instancia, del pecado; respeta santamente la dignidad de la conciencia y su
libre decisión; advierte sin cesar que todo talento humano debe redundar en
servicio de Dios y bien de la humanidad; encomienda, finalmente, a todos a la caridad
de todos. Esto corresponde a la ley fundamental de la economía cristiana.
Porque, aunque el mismo Dios es Salvador y Creador, e igualmente, también Señor
de la historia humana y de la historia de la salvación, sin embargo, en esta
misma ordenación divina, la justa autonomía de lo creado, y sobre todo del
hombre, no se suprime, sino que más bien se restituye a su propia dignidad y se
ve en ella consolidada.
La
Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los
derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época
actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos. Debe, sin
embargo, lograrse que este movimiento quede imbuido del espíritu evangélico y
garantizado frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha, en
efecto, la tentación de juzgar que nuestros derechos personales solamente son
salvados en su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma divina. Por ese
camino, la dignidad humana no se salva; por el contrario, perece.
Ayuda que la Iglesia procura dar a la sociedad humana
42.
La unión de la familia humana cobra sumo vigor y se completa con la unidad,
fundada en Cristo, de la familia constituida por los hijos de Dios.
La
misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico
o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta
misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir
para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina. Más aún,
donde sea necesario, según las circunstancias de tiempo y de lugar, la misión
de la Iglesia puede crear, mejor dicho, debe crear, obras al servicio de todos,
particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo, las obras de
misericordia u otras semejantes.
La
Iglesia reconoce, además, cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo
social: sobre todo la evolución hacia la unidad, el proceso de una sana
socialización civil y económica. La promoción de la unidad concuerda con la
misión íntima de la Iglesia, ya que ella es "en Cristo como sacramento, o
sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el
género humano". Enseña así al mundo que la genuina unión social exterior
procede de la unión de los espíritus y de los corazones, esto es, de la fe y de
la caridad, que constituyen el fundamento indisoluble de su unidad en el
Espíritu Santo. Las energías que la Iglesia puede comunicar a la actual
sociedad humana radican en esa fe y en esa caridad aplicadas a la vida práctica.
No radican en el mero dominio exterior ejercido con medios puramente humanos.
Como,
por otra parte, en virtud de su misión y naturaleza, no está ligada a ninguna
forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico
y social, la Iglesia, por esta su universalidad, puede constituir un vínculo
estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con tal que
éstas tengan confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera libertad
para cumplir tal misión. Por esto, la Iglesia advierte a sus hijos, y también a
todos los hombres, a que con este familiar espíritu de hijos de Dios superen
todas las desavenencias entre naciones y razas y den firmeza interna a las
justas asociaciones humanas.
El
Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de verdadero, de bueno y de justo
se encuentra en las variadísimas instituciones fundadas ya o que incesantemente
se fundan en la
humanidad. Declara , además, que la Iglesia quiere ayudar y
fomentar tales instituciones en lo que de ella dependa y puede conciliarse con
su misión propia. Nada desea tanto como desarrollarse libremente, en servicio
de todos, bajo cualquier régimen político que reconozca los derechos
fundamentales de la persona y de la familia y los imperativos del bien común.
Ayuda que la Iglesia, a través de sus hijos,
procura prestar al dinamismo humano
43.
El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la
ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre
por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no
tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden
descuidar las tareas temporales, sin darse cuanta que la propia fe es un motivo
que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación
personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el
contrario, piensan que pueden entregarse totalmente del todo a la vida
religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al
cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la
vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores
de nuestra época. Ya en el Antiguo Testamento los profetas reprendían con
vehemencia semejante escándalo. Y en el Nuevo Testamento sobre todo, Jesucristo
personalmente conminaba graves penas contra él. No se creen, por consiguiente,
oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por
una parte, y la vida religiosa por otra. El cristiano que falta a sus
obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo,
a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación.
Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los
cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una
síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o
técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera
a la gloria de Dios.
Competen
a los laicos propiamente, aunque no exclusivamente, las tareas y el dinamismo
seculares. Cuando actúan, individual o colectivamente, como ciudadanos del
mundo, no solamente deben cumplir las leyes propias de cada disciplina, sino
que deben esforzarse por adquirir verdadera competencia en todos los campos.
Gustosos colaboren con quienes buscan idénticos fines. Conscientes de las
exigencias de la fe y vigorizados con sus energías, acometan sin vacilar,
cuando sea necesario, nuevas iniciativas y llévenlas a buen término. A la
conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada
en la ciudad terrena. De los sacerdotes, los laicos pueden esperar orientación
e impulso espiritual,. Pero no piensen que sus pastores están siempre en
condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta en todas las
cuestiones, aun graves, que surjan. No es ésta su misión. Cumplen más bien los
laicos su propia función con la luz de la sabiduría cristiana y con la
observancia atenta de la doctrina del Magisterio.
Muchas
veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en
ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como
sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no
menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En estos casos
de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos
tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos
que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor
de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerse luz mutuamente
con un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud primordial por
el bien común.
Los
laicos, que desempeñan parte activa en toda la vida de la Iglesia, no solamente
están obligados a cristianizar el mundo, sino que además su vocación se
extiende a ser testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad
humana.
Los
Obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia de Dios,
prediquen, juntamente con sus sacerdotes, el mensaje de Cristo, de tal manera
que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del
Evangelio. Recuerden todos los pastores, además, que son ellos los que con su
trato y su trabajo pastoral diario exponen al mundo el rostro de la Iglesia,
que es el que sirve a los hombres para juzgar la verdadera eficacia del mensaje
cristiano. Con su vida y con sus palabras, ayudados por los religiosos y por
sus fieles, demuestren que la Iglesia, aun por su sola presencia, portadora de
todos sus dones, es fuente inagotable de las virtudes de que tan necesitado
anda el mundo de hoy. Capacítense con insistente afán para participar en el diálogo
que hay que entablar con el mundo y con los hombres de cualquier opinión.
Tengan sobre todo muy en el corazón las palabras del Concilio: "Como el
mundo entero tiende cada día más a la unidad civil, económica y social,
conviene tanto más que los sacerdotes, uniendo sus esfuerzos y cuidados bajo la
guía de los Obispos y del Sumo Pontífice, eviten toda causa de dispersión, para
que todo el género humano venga a la unidad de la familia de Dios".
Aunque
la Iglesia, pro la virtud del Espíritu Santo, se ha mantenido como esposa fiel
de su Señor y nunca ha cesado de ser signo de salvación en el mundo, sabe, sin
embargo, muy bien que no siempre, a lo largo de su prolongada historia, fueron
todos sus miembros, clérigos o laicos, fieles al espíritu de Dios. Sabe también
la Iglesia que aún hoy día es mucha la distancia que se da entre el mensaje que
ella anuncia y la fragilidad humana de los mensajeros a quienes está confiado
el Evangelio. Dejando a un lado el juicio de la historia sobre estas
deficiencias, debemos, sin embargo, tener conciencia de ellas y combatirlas con
máxima energía para que no dañen a la difusión del Evangelio. De igual manera
comprende la Iglesia cuánto le queda aún por madurar, por su experiencia de
siglos, en la relación que debe mantener con el mundo. Dirigida por el Espíritu
Santo, la Iglesia, como madre, no cesa de "exhortar a sus hijos a la
purificación y a la renovación para que brille con mayor claridad la señal de
Cristo en el rostro de la Iglesia".
Ayuda que la Iglesia recibe del mundo moderno
44.
Interesa al mundo reconocer a la Iglesia como realidad social y fermento de la historia. De igual
manera, la Iglesia reconoce los muchos beneficios que ha recibido de la
evolución histórica del género humano.
La
experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros escondidos en las
diversas culturas, permiten conocer más a fondo la naturaleza humana, abren
nuevos caminos para la verdad y aprovechan también a la Iglesia. Esta , desde
el comienzo de su historia, aprendió a expresar el mensaje cristiano con los
conceptos y en la lengua de cada pueblo y procuró ilustrarlo además con el
saber filosófico. Procedió así a fin de adaptar el Evangelio a nivel del saber
popular y a las exigencias de los sabios en cuanto era posible. Esta adaptación
de la predicación de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la evangelización. Porque
así en todos los pueblos se hace posible expresar el mensaje cristiano de modo
apropiado a cada uno de ellos y al mismo tiempo se fomenta un vivo intercambio
entre la Iglesia y las diversas culturas. Para aumentar este trato sobre todo
en tiempos como los nuestros, en que las cosas cambian tan rápidamente y tanto
varían los modos de pensar, la Iglesia necesita de modo muy peculiar la ayuda
de quienes por vivir en el mundo, sean o no sean creyentes, conocen a fondo las
diversas instituciones y disciplinas y comprenden con claridad la razón íntima
de todas ellas. Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los
pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda
del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz
de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor
percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada.
La
Iglesia, por disponer de una estructura social visible, señal de su unidad en
Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se enriquece también, con la evolución
de la vida social, no porque le falte en la constitución que Cristo le dio
elemento alguno, sino para conocer con mayor profundidad esta misma
constitución, para expresarla de forma más perfecta y para adaptarla con mayor
acierto a nuestros tiempos. La Iglesia reconoce agradecida que tanto en el
conjunto de su comunidad como en cada uno de sus hijos recibe ayuda variada de
parte de los hombres de toda clase o condición. Porque todo el que promueve la
comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida
económico-social, de la vida política, así nacional como internacional, proporciona
no pequeña ayuda, según el plan divino, también a la comunidad eclesial, ya que
ésta depende asimismo de las realidades externas. Más aún, la Iglesia confiesa
que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho la
oposición y aun la persecución de sus contrarios.
Cristo, alfa y omega
45.
La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo múltiple ayuda,
sólo pretende una cosa: el advenimiento del reino de Dios y la salvación de
toda la humanidad.
Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la familia
humana al tiempo de su peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la
Iglesia es "sacramento universal de salvación", que manifiesta y al
mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre.
El
Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto,
salvará a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la
historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la
historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano
y plenitud total de sus aspiraciones. El es aquel a quien el Padre resucitó,
exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos.
Vivificados y reunidos en su Espíritu, caminamos como peregrinos hacia la
consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso
designio: "Restaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la
tierra" (Eph 1,10). He aquí que dice el Señor: "Vengo presto,
y conmigo mi recompensa, para dar a cada uno según sus obra. Yo soy el alfa y
la omega, el primero y el último, el principio y el fin" (Apoc 22,12-13).
SEGUNDA PARTE
ALGUNOS PROBLEMAS MÁS URGENTES
Introducción
46.
Después de haber expuesto la gran dignidad de la persona humana y la misión,
tanto individual como social, a la que ha sido llamada en el mundo entero, el
Concilio, a la luz del Evangelio y de la experiencia humana, llama ahora la
atención de todos sobre algunos problemas actuales más urgentes que afectan
profundamente al género humano.
Entre
las numerosas cuestiones que preocupan a todos, haya que mencionar
principalmente las que siguen: el matrimonio y la familia, la cultura humana,
la vida económico-social y política, la solidaridad de la familia de los
pueblos y la paz. Sobre
cada una de ellas debe resplandecer la luz de los principios que brota de
Cristo, para guiar a los cristianos e iluminar a todos los hombres en la
búsqueda de solución a tantos y tan complejos problemas.
CAPÍTULO I
DIGNIDAD DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA
El matrimonio y la familia en el mundo actual
47.
El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está
estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Por
eso los cristianos, junto con todos lo que tienen en gran estima a esta
comunidad, se alegran sinceramente de los varios medios que permiten hoy a los
hombres avanzar en el fomento de esta comunidad de amor y en el respeto a la
vida y que ayudan a los esposos y padres en el cumplimiento de su excelsa
misión; de ellos esperan, además, los mejores resultados y se afanan por
promoverlos.
Sin
embargo, la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo
esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia, la epidemia del
divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor
matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los
usos ilícitos contra la
generación. Por otra parte, la actual situación económico,
social-psicológica y civil son origen de fuertes perturbaciones para la familia. En
determinadas regiones del universo, finalmente, se observan con preocupación
los problemas nacidos del incremento demográfico. Todo lo cual suscita angustia
en las conciencias. Y, sin embargo, un hecho muestra bien el vigor y la solidez
de la institución matrimonial y familiar: las profundas transformaciones de la
sociedad contemporánea, a pesar de las dificultades a que han dado origen, con
muchísima frecuencia manifiestan, de varios modos, la verdadera naturaleza de
tal institución.
Por
tanto el Concilio, con la exposición más clara de algunos puntos capitales de
la doctrina de la Iglesia, pretende iluminar y fortalecer a los cristianos y a
todos los hombres que se esfuerzan por garantizar y promover la intrínseca
dignidad del estado matrimonial y su valor eximio.
El carácter sagrado del matrimonio y de la familia
48.
Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad
conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es
decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano por
el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad,
una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención
al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de
la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha
dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la
continuación del género humano, para el provecho personal de cada miembro de la
familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de
la misma familia y de toda la sociedad humana. Por su índole natural, la
institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a
la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su
corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal
ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6), con la unión íntima de sus
personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren
conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión,
como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen
plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad.
Cristo
nuestro Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente
divina de la caridad y que está formado a semejanza de su unión con la Iglesia. Porque
así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de
amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la
Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento
del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua
entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se
entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se
rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la
Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y
fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por
ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado,
están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya
virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de
Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más
a su propia perfección y a su mutua santificación, y , por tanto, conjuntamente,
a la glorificación de Dios.
Gracias
precisamente a los padres, que precederán con el ejemplo y la oración en
familia, los hijos y aun los demás que viven en el círculo familiar encontrarán
más fácilmente el camino del sentido humano, de la salvación y de la santidad. En cuanto a
los esposos, ennoblecidos por la dignidad y la función de padre y de madre,
realizarán concienzudamente el deber de la educación, principalmente religiosa,
que a ellos, sobre todo, compete.
Los
hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la
santificación de los padres. Pues con el agradecimiento, la piedad filial y la
confianza corresponderán a los beneficios recibidos de sus padres y, como
hijos, los asistirán en las dificultades de la existencia y en la soledad,
aceptada con fortaleza de ánimo, será honrada por todos. La familia hará
partícipes a otras familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. Así
es como la familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen
y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a
todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de
la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de
los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros.
Del amor conyugal
49.
Muchas veces a los novios y a los casados les invita la palabra divina a que
alimenten y fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un
amor único. Muchos contemporáneos nuestros exaltan también el amor auténtico
entre marido y mujer, manifestado de varias maneras según las costumbres
honestas de los pueblos y las épocas. Este amor, por ser eminentemente humano,
ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de
toda la persona, y , por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad
especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como
elementos y señales específicas de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado
sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor,
asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y
mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna
toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona.
Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser
cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente.
Esta
amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del
matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y
castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera
verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se
enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud. Este amor, ratificado por
la mutua fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es
indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad,
y, por tanto, queda excluido de él todo adulterio y divorcio. El reconocimiento
obligatorio de la igual dignidad personal del hombre y de la mujer en el mutuo
y pleno amor evidencia también claramente la unidad del matrimonio confirmada
por el Señor. Para hacer frente con constancia a las obligaciones de esta vocación
cristiana se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por
la gracia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la
magnanimidad de corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en
la oración.
Se
apreciará más hondamente el genuino amor conyugal y se formará una opinión
pública sana acerca de él si los esposos cristianos sobresalen con el
testimonio de su fidelidad y armonía en el mutuo amor y en el cuidado por la
educación de sus hijos y si participan en la necesaria renovación cultural,
psicológica y social en favor del matrimonio y de la familia. Hay que
formar a los jóvenes, a tiempo y convenientemente, sobre la dignidad, función y
ejercicio del amor conyugal, y esto preferentemente en el seno de la misma
familia. Así, educados en el culto de la castidad, podrán pasar, a la edad
conveniente, de un honesto noviazgo al matrimonio.
Fecundidad del matrimonio
50.
El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la
procreación y educación de la
prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del
matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres. El mismo
Dios, que dijo: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gen 2,18),
y que "desde el principio ... hizo al hombre varón y mujer" (Mt 19,4),
queriendo comunicarle una participación especial en su propia obra creadora,
bendijo al varón y a la mujer diciendo: "Creced y multiplicaos" (Gen
1,28). De aquí que el cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura
de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado los demás fines del
matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de
espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos
aumenta y enriquece diariamente a su propia familia.
En
el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar
como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios
Creador y como sus intérpretes. Por eso, con responsabilidad humana y cristiana
cumplirán su misión y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán ambos, de
común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto
a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir,
discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto
materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuanta el bien de la
comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este
juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente.
En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden
proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, lo cual
ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que
interpreta auténticamente esta ley a la luz del Evangelio. Dicha ley divina
muestra el pleno sentido del amor conyugal, lo protege e impulsa a la
perfección genuinamente humana del mismo. Así, los esposos cristianos, confiados
en la divina
Providencia cultivando el espíritu de sacrificio, glorifican
al Creador y tienden a la perfección en Cristo cuando con generosa, humana y
cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora. Entre los cónyuges que
cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención
muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad
una prole más numerosa para educarla dignamente.
Pero
el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación, sino que la
propia naturaleza del vínculo indisoluble entre las personas y el bien de la
prole requieren que también el amor mutuo de los esposos mismos se manifieste,
progrese y vaya madurando ordenadamente. Por eso, aunque la descendencia, tan deseada
muchas veces, falte, sigue en pie el matrimonio como intimidad y comunión total
de la vida y conserva su valor e indisolubilidad.
El amor conyugal debe compaginarse con el respeto a la vida humana
51.
El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida conyugal,
con frecuencia se encuentran impedidos por algunas circunstancias actuales de
la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al
manos por ciento tiempo, no puede aumentarse, y el cultivo del amor fiel y la
plena intimidad de vida tienen sus dificultades para mantenerse. Cuando la
intimidad conyugal se interrumpe, puede no raras veces correr riesgos la
fidelidad y quedar comprometido el bien de la prole, porque entonces la
educación de los hijos y la fortaleza necesaria para aceptar los que vengan
quedan en peligro.
Hay
quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; más aún, ni
siquiera retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo, recuerda que no
puede hacer contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión
obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal.
Pues
Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de
conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre.
Por tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo
cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables. La índole sexual
del hombre y la facultad generativa humana superan admirablemente lo que de
esto existe en los grados inferiores de vida; por tanto, los mismos actos
propios de la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben
ser respetados con gran reverencia. Cuando se trata, pues, de conjugar el amor
conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la
conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los
motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos tomados de la
naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el
sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el
amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la
castidad conyugal. No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos
principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina
reprueba sobre la regulación de la natalidad.
Tengan
todos entendido que la vida de los hombres y la misión de transmitirla no se
limita a este mundo, ni puede ser conmensurada y entendida a este solo nivel,
sino que siempre mira el destino eterno de los hombres.
El progreso del matrimonio y de la familia, obra de todos
52.
La familia es escuela del más rico humanismo. Para que pueda lograr la plenitud
de su vida y misión se requieren un clima de benévola comunicación y unión de
propósitos entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación de los padres en la
educación de los hijos. La activa presencia del padre contribuye sobremanera a
la formación de los hijos; pero también debe asegurarse el cuidado de la madre
en el hogar, que necesitan principalmente los niños menores, sin dejar por eso
a un lado la legítima promoción social de la mujer. La educación de
los hijos ha de ser tal, que al llegar a la edad adulta puedan, con pleno
sentido de la responsabilidad, seguir la vocación, aun la sagrada, y escoger
estado de vida; y si éste es el matrimonio, puedan fundar una familia propia en
condiciones morales, sociales y económicas adecuadas. Es propio de los padres o
de los tutores guiar a los jóvenes con prudentes consejos, que ellos deben oír
con gusto, al tratar de fundar una familia, evitando, sin embargo, toda
coacción directa o indirecta que les lleve a casarse o a elegir determinada
persona.
Así,
la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a
lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las
demás exigencias de la vida social, constituye el fundamente de la sociedad. Por ello
todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben contribuir
eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia. El poder
civil ha de considerar obligación suya sagrada reconocer la verdadera
naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla, asegurar la
moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica. Hay que salvaguardar el
derecho de los padres a procrear y a educar en el seno de la familia a sus
hijos. Se debe proteger con legislación adecuada y diversas instituciones y
ayudar de forma suficiente a aquellos que desgraciadamente carecen del bien de
una familia propia.
Los
cristianos, rescatando el tiempo presente y distinguiendo lo eterno de lo
pasajero, promuevan con diligencia los bienes del matrimonio y de la familia
así con el testimonio de la propia vida como con la acción concorde con los
hombres de buena voluntad, y de esta forma, suprimidas las dificultades,
satisfarán las necesidades de la familia y las ventajas adecuadas a los nuevos
tiempos. Para obtener este fin ayudarán mucho el sentido cristiano de los
fieles, la recta conciencia moral de los hombres y la sabiduría y competencia
de las personas versadas en las ciencias sagradas.
Los
científicos, principalmente los biólogos, los médicos, los sociólogos y los
psicólogos, pueden contribuir mucho al bien del matrimonio y de la familia y a
la paz de las conciencias si se esfuerzan por aclarar más a fondo, con estudios
convergentes, las diversas circunstancias favorables a la honesta ordenación de
la procreación humana.
Pertenece
a los sacerdotes, debidamente preparados en el tema de la familia, fomentar la
vocación de los esposos en la vida conyugal y familiar con distintos medios
pastorales, con la predicación de la palabra de Dios, con el culto litúrgico y
otras ayudas espirituales; fortalecerlos humana y pacientemente en las
dificultades y confortarlos en la caridad para que formen familias realmente
espléndidas.
Las
diversas obras, especialmente las asociaciones familiares, pondrán todo el
empeño posible en instruir a los jóvenes y a los cónyuges mismos, principalmente
a los recién casados, en la doctrina y en la acción y en formarlos para la vida
familiar, social y apostólica.
Los
propios cónyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el
verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar
idéntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, principio de
vida, en los gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel amor, sean
testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y resurrección
reveló al mundo.
CAPÍTULO II
EL SANO FOMENTO DEL PROGRESO CULTURAL
Introducción
53.
Es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente
humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los
valores naturales. Siempre, pues, que se trata de la vida humana, naturaleza y
cultura se hallen unidas estrechísimamente.
Con
la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con lo
que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y
corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y
trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la
sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones;
finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras
grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a
muchos, e incluso a todo el género humano.
De
aquí se sigue que la cultura humana presenta necesariamente un aspecto histórico
y social y que la palabra cultura asume con frecuencia un sentido sociológico y
etnológico. En este sentido se habla de la pluralidad de culturas. Estilos de
vida común diversos y escala de valor diferentes encuentran su origen en la
distinta manera de servirse de las cosas, de trabajar, de expresarse, de
practicar la religión, de comportarse, de establecer leyes e instituciones
jurídicas, de desarrollar las ciencias, las artes y de cultivar la belleza. Así , las
costumbres recibidas forman el patrimonio propio de cada comunidad humana. Así
también es como se constituye un medio histórico determinado, en el cual se
inserta el hombre de cada nación o tiempo y del que recibe los valores para
promover la civilización humana.
Sección I.- La situación de la cultura en el mundo actual
Nuevos estilos de vida
54.
Las circunstancia de vida del hombre moderno en el aspecto social y cultural
han cambiado profundamente, tanto que se puede hablar con razón de una nueva
época de la historia humana. Por ello, nuevos caminos se han abierto para
perfeccionar la cultura y darle una mayor expansión. Caminos que han sido
preparados por el ingente progreso de las ciencias naturales y de las humanas,
incluidas las sociales; por el desarrollo de la técnica, y también por los
avances en el uso y recta organización de los medios que ponen al hombre en
comunicación con los demás. De aquí provienen ciertas notas características de
la cultura actual: Las ciencias exactas cultivan al máximo el juicio crítico;
los más recientes estudios de la psicología explican con mayor profundidad la
actividad humana; las ciencias históricas contribuyen mucho a que las cosas se
vean bajo el aspecto de su mutabilidad y evolución; los hábitos de vid ay las
costumbres tienden a uniformarse más y más; la industrialización, la
urbanización y los demás agentes que promueven la vida comunitaria crean nuevas
formas de cultura (cultura de masas), de las que nacen nuevos modos de sentir,
actuar y descansar; al mismo tiempo, el creciente intercambio entre las
diversas naciones y grupos sociales descubre a todos y a cada uno con creciente
amplitud los tesoros de las diferentes formas de cultura, y así poco a poco se
va gestando una forma más universal de cultura, que tanto más promueve y
expresa la unidad del género humano cuanto mejor sabe respetar las particularidades
de las diversas culturas.
El hombre, autor de la cultura
55.
Cada día es mayor el número de los hombres y mujeres, de todo grupo o nación,
que tienen conciencia de que son ellos los autores y promotores de la cultura
de su comunidad. En todo el mundo crece más y más el sentido de la autonomía y
al mismo tiempo de la responsabilidad, lo cual tiene enorme importancia para la
madurez espiritual y moral del género humano. Esto se ve más claro si fijamos
la mirada en la unificación del mundo y en la tarea que se nos impone de
edificar un mundo mejor en la verdad y en la justicia. De esta
manera somos testigos de que está naciendo un nuevo humanismo, en el que el
hombre queda definido principalmente por la responsabilidad hacia sus hermanos
y ante la historia.
Dificultades y tareas actuales en este campo
56.
En esta situación no hay que extrañarse de que el hombre, que siente su
responsabilidad en orden al progreso de la cultura, alimente una más profunda
esperanza, pero al mismo tiempo note con ansiedad las múltiples antinomias
existentes, que él mismo debe resolver:
¿Qué
debe hacerse para que la intensificación de las relaciones entre las culturas,
que debería llevar a un verdadero y fructuoso diálogo entre los diferentes
grupos y naciones, no perturbe la vida de las comunidades, no eche por tierra
la sabiduría de los antepasados ni ponga en peligro el genio propio de los
pueblos?
¿De
qué forma hay que favorecer el dinamismo y la expansión de la nueva cultura sin
que perezca la fidelidad viva a la herencia de las tradiciones? Esto es
especialmente urgente allí donde la cultura, nacida del enorme progreso de la
ciencia y de la técnica se ha de compaginar con el cultivo del espíritu, que se
alimenta, según diversas tradiciones, de los estudios clásicos.
¿Cómo
la tan rápida y progresiva dispersión de las disciplinas científicas puede
armonizarse con la necesidad de formar su síntesis y de conservar en los
hombres la facultades de la contemplación y de la admiración, que llevan a la
sabiduría?
¿Qué
hay que hacer para que todos los hombres participen de los bienes culturales en
el mundo, si al mismo tiempo la cultura de los especialistas se hace cada vez
más inaccesible y compleja?
¿De
qué manera, finalmente, hay que reconocer como legítima la autonomía que
reclama para sí la cultura, sin llegar a un humanismo meramente terrestre o
incluso contrario a la misma religión?
En
medio de estas antinomias se ha de desarrollar hoy la cultura humana, de tal
manera que cultive equilibradamente a la persona humana íntegra y ayude a los
hombres en las tareas a cuyo cumplimiento todos, y de modo principal los
cristianos, están llamados, unidos fraternalmente en una sola familia humana.
Sección 2.- Algunos principios para la sana promoción de
la cultura
La fe y la cultura
57.
Los cristianos, en marcha hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar las
cosas de arriba, lo cual en nada disminuye, antes por el contrario, aumenta, la
importancia de la misión que les incumbe de trabajar con todos los hombres en
la edificación de un mundo más humano. En realidad, el misterio de la fe
cristiana ofrece a los cristianos valiosos estímulos y ayudas para cumplir con
más intensidad su misión y, sobre todo, para descubrir el sentido pleno de esa
actividad que sitúa a la cultura en el puesto eminente que le corresponde en la
entera vocación del hombre.
El
hombre, en efecto, cuando con el trabajo de sus manos o con ayuda de los
recursos técnicos cultiva la tierra para que produzca frutos y llegue a ser
morada digna de toda la familia humana y cuando conscientemente asume su parte
en la vida de los grupos sociales, cumple personalmente el plan mismo de Dios,
manifestado a la humanidad al comienzo de los tiempos, de someter la tierra y
perfeccionar la creación, y al mismo tiempo se perfecciona a sí mismo; más aún,
obedece al gran mandamiento de Cristo de entregarse al servicio de los
hermanos.
Además,
el hombre, cuando se entrega a las diferentes disciplinas de la filosofía, la
historia, las matemáticas y las ciencias naturales y se dedica a las artes,
puede contribuir sobremanera a que la familia humana se eleve a los conceptos
más altos de la verdad, el bien y la belleza y al juicio del valor universal, y
así sea iluminada mejor por la maravillosa Sabiduría , que desde siempre estaba
con Dios disponiendo todas las cosas con El, jugando en el orbe de la tierra y
encontrando sus delicias en estar entre los hijos de los hombres.
Con
todo lo cual es espíritu humano, más libre de la esclavitud de las cosas, puede
ser elevado con mayor facilidad al culto mismo y a la contemplación del
Creador. Más todavía, con el impulso de la gracia se dispone a reconocer al
Verbo de Dios, que antes de hacerse carne para salvarlo todo y recapitular todo
en El, estaba en el mundo como luz verdadera que ilumina a todo hombre (Io
1,9).
Es
cierto que el progreso actual de las ciencias y de la técnica, las cuales,
debido a su método, no pueden penetrar hasta las íntimas esencias de las cosas,
puede favorecer cierto fenomenismo y agnosticismo cuando el método de
investigación usado por estas disciplinas se considera sin razón como la regla
suprema para hallar toda la
verdad. Es más, hay el peligro de que el hombre, confiado con
exceso en los inventos actuales, crea que se basta a sí mismo y deje de buscar
ya cosas más altas.
Sin
embargo, estas lamentables consecuencias no son efectos necesarios de la
cultura contemporánea ni deben hacernos caer en la tentación de no reconocer
los valores positivos de ésta. Entre tales valores se cuentan: el estudio de
las ciencias y la exacta fidelidad a la verdad en las investigaciones
científicas, la necesidad de trabajar conjuntamente en equipos técnicos, el
sentido de la solidaridad internacional, la conciencia cada vez más intensa de
la responsabilidad de los peritos para la ayuda y la protección de los hombres,
la voluntad de lograr condiciones de vida más aceptables para todos,
singularmente para los que padecen privación de responsabilidad o indigencia cultural.
Todo lo cual puede aportar alguna preparación para recibir el mensaje del
Evangelio, la cual puede ser informada con la caridad divina por Aquel que vino
a salvar el mundo.
Múltiples conexiones entre la buena nueva de Cristo y la cultura
58.
Múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la
cultura humana. Dios, en efecto, al revelarse a su pueblo hasta la plena
manifestación de sí mismo en el Hijo encarnado, habló según los tipos de
cultura propios de cada época.
De
igual manera, la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en
variedad de circunstancias, ha empleado los hallazgos de las diversas culturas
para difundir y explicar el mensaje de Cristo en su predicación a todas las
gentes, para investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad, para expresarlo
mejor en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de
los fieles.
Pero
al mismo tiempo, la Iglesia, enviada a todos los pueblos sin distinción de
épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o
nación alguna, a algún sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o
reciente. Fiel a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad
de su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura;
comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y
las diferentes culturas.
La
buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre,
caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducción
permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos.
Con las riquezas de lo alto fecunda como desde sus entrañas las cualidades
espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida,
perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia, cumpliendo su misión propia,
contribuye, por lo mismo, a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad,
incluida la litúrgica, educa al hombre en la libertad interior.
Hay que armonizar diferentes valores en el seno de las culturas
59.
Por las razones expuestas, la Iglesia recuerda a todos que la cultura debe
estar subordinada a la perfección integral de la persona humana, al bien de la
comunidad y de la sociedad humana entera. Por lo cual es preciso cultivar el
espíritu de tal manera que se promueva la capacidad de admiración, de
intuición, de contemplación y de formarse un juicio personal, así como el poder
cultivar el sentido religioso, moral y social.
Porque
la cultura, por dimanar inmediatamente de la naturaleza racional y social del
hombre, tiene siempre necesidad de una justa libertad para desarrollarse y de
una legítima autonomía en el obrar según sus propios principios. Tiene, por
tanto, derecho al respeto y goza de una cierta inviolabilidad, quedando evidentemente
a salvo los derechos de la persona y de la sociedad, particular o mundial,
dentro de los límites del bien común.
El
sagrado Sínodo, recordando lo que enseñó el Concilio Vaticano I, declara que
"existen dos órdenes de conocimiento" distintos, el de la fe y el de
la razón; y que la Iglesia no prohíbe que "las artes y las disciplinas
humanas gocen de sus propios principios y de su propio método..., cada una en
su propio campo", por lo cual, "reconociendo esta justa libertad",
la Iglesia afirma la autonomía legítima de la cultura humana, y especialmente
la de las ciencias.
Todo
esto pide también que el hombre, salvados el orden moral y la común utilidad,
pueda investigar libremente la verdad y manifestar y propagar su opinión, lo
mismo que practicar cualquier ocupación, y, por último, que se le informe
verazmente acerca de los sucesos públicos.
A
la autoridad pública compete no el determinar el carácter propio de cada
cultura, sino el fomentar las condiciones y los medios para promover la vida cultural
entre todos aun dentro de las minorías de alguna nación. Por ello hay que
insistir sobre todo en que la cultura, apartada de su propio fin, no sea
forzada a servir al poder político o económico.
Sección 3.-
Algunas obligaciones más urgentes de los cristianos
respecto a la cultura
El reconocimiento y ejercicio efectivo del derecho personal a la
cultura
60.
Hoy día es posible liberar a muchísimos hombres de la miseria de la ignorancia. Por
ello, uno de los deberes más propios de nuestra época, sobre todo de los
cristianos, es el de trabajar con ahínco para que tanto en la economía como en
la política, así en el campo nacional como en el internacional, se den las
normas fundamentales para que se reconozca en todas partes y se haga efectivo el
derecho a todos a la cultura, exigido por la dignidad de la persona, sin
distinción de raza, sexo, nacionalidad, religión o condición social. Es
preciso, por lo mismo, procurar a todos una cantidad suficiente de bienes
culturales, principalmente de los que constituyen la llamada cultura
"básica", a fin de evitar que un gran número de hombres se vea
impedido, por su ignorancia y por su falta de iniciativa, de prestar su
cooperación auténticamente humana al bien común.
Se
debe tender a que quienes están bien dotados intelectualmente tengan la
posibilidad de llegar a los estudios superiores; y ello de tal forma que, en la
medida de lo posible, puedan desempeñar en la sociedad las funciones, tareas y
servicios que correspondan a su aptitud natural y a la competencia adquirida.
Así podrán todos los hombres y todos los grupos sociales de cada pueblo
alcanzar el pleno desarrollo de su vida cultural de acuerdo con sus cualidades
y sus propias tradiciones.
Es
preciso, además, hacer todo lo posible para que cada cual adquiera conciencia
del derecho que tiene a la cultura y del deber que sobre él pesa de cultivarse
a sí mismo y de ayudar a los demás. Hay a veces situaciones en la vida laboral
que impiden el esfuerzo de superación cultural del hombre y destruyen en éste
el afán por la cultura.
Esto se aplica de modo especial a los agricultores y a los
obreros, a los cuales es preciso procurar tales condiciones de trabajo, que,
lejos de impedir su cultura humana, la fomenten. Las mujeres ya actúan en casi todos los
campos de la vida, pero es conveniente que puedan asumir con plenitud su papel
según su propia naturaleza. Todos deben contribuir a que se reconozca y
promueva la propia y necesaria participación de la mujer en la vida cultural.
La educación para la cultura íntegra del hombre
61.
Hoy día es más difícil que antes sintetizar las varias disciplinas y ramas del
saber. Porque, al crecer el acervo y la diversidad de elementos que constituyen
la cultura, disminuye al mismo tiempo la capacidad de cada hombre para
captarlos y armonizarlos orgánicamente, de forma que cada vez se va
desdibujando más la imagen del hombre universal. Sin embargo, queda en pie para
cada hombre el deber de conservar la estructura de toda la persona humana, en
la que destacan los valores de la inteligencia, voluntad, conciencia y
fraternidad; todos los cuales se basan en Dios Creador y han sido sanados y
elevados maravillosamente en Cristo.
La
madre nutricia de esta educación es ante todo la familia: en ella los hijos, en
un clima de amor, aprenden juntos con mayor facilidad la recta jerarquía de las
cosas, al mismo tiempo que se imprimen de modo como natural en el alma de los
adolescentes formas probadas de cultura a medida que van creciendo.
Para
esta misma educación las sociedades contemporáneas disponen de recursos que
pueden favorecer la cultura universal, sobre todo dada la creciente difusión
del libro y los nuevos medios de comunicación cultural y social. Pues con la
disminución ya generalizada del tiempo de trabajo aumentan para muchos hombres
las posibilidades. Empléense los descansos oportunamente para distracción del
ánimo y para consolidar la salud del espíritu y del cuerpo, ya sea entregándose
a actividades o a estudios libres, ya a viajes por otras regiones (turismo),
con los que se afina el espíritu y los hombres se enriquecen con el mutuo
conocimiento; ya con ejercicios y manifestaciones deportivas, que ayudan a
conservar el equilibrio espiritual, incluso en la comunidad, y a establecer
relaciones fraternas entre los hombres de todas las clases, naciones y razas.
Cooperen los cristianos también para que las manifestaciones y actividades
culturales colectivas, propias de nuestro tiempo, se humanicen y se impregnen
de espíritu cristiano.
Todas
estas posibilidades no pueden llevar la educación del hombre al pleno
desarrollo cultural de sí mismo, si al mismo tiempo se descuida el preguntarse
a fondo por el sentido de la cultura y de la ciencia para la persona humana.
Acuerdo entre la cultura humana y la educación cristiana
62.
Aunque la Iglesia ha contribuido mucho al progreso de la cultura, consta, sin
embargo, por experiencia que por causas contingentes no siempre se ve libre de
dificultades al compaginar la cultura con la educación cristiana.
Estas
dificultades no dañan necesariamente a la vida de fe; por el contrario, pueden
estimular la mente a una más cuidadosa y profunda inteligencia de aquélla.
Puesto que los más recientes estudios y los nuevos hallazgos de las ciencias,
de la historia y de la filosofía suscitan problemas nuevos que traen consigo
consecuencias prácticas e incluso reclaman nuevas investigaciones teológicas.
Por otra parte, los teólogos, guardando los métodos y las exigencias propias de
la ciencia sagrada, están invitados a buscar siempre un modo más apropiado de
comunicar la doctrina a los hombres de su época; porque una cosa es el depósito
mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas
conservando el mismo sentido y el mismo significado. Hay que reconocer y
emplear suficientemente en el trabajo pastoral no sólo los principios
teológicos, sino también los descubrimientos de las ciencias profanas, sobre
todo en psicología y en sociología, llevando así a los fieles y una más pura y
madura vida de fe.
También
la literatura y el arte son, a su modo, de gran importancia para la vida de la Iglesia. En efecto, se
proponen expresar la naturaleza propia del hombre, sus problemas y sus
experiencias en el intento de conocerse mejor a sí mismo y al mundo y de
superarse; se esfuerzan por descubrir la situación del hombre en la historia y
en el universo, por presentar claramente las miserias y las alegrías de los
hombres, sus necesidades y sus recurso, y por bosquejar un mejor porvenir a la humanidad. Así
tienen el poder de elevar la vida humana en las múltiples formas que ésta
reviste según los tiempos y las regiones.
Por
tanto, hay que esforzarse para los artistas se sientan comprendidos por la
Iglesia en sus actividades y, gozando de una ordenada libertad, establezcan
contactos más fáciles con la comunidad cristiana. También las nuevas formas
artísticas, que convienen a nuestros contemporáneos según la índole de cada
nación o región, sean reconocidas por la Iglesia. Recíbanse
en el santuario, cuando elevan la mente a Dios, con expresiones acomodadas y
conforme a las exigencias de la liturgia.
De
esta forma, el conocimiento de Dios se manifiesta mejor y la predicación del
Evangelio resulta más transparente a la inteligencia humana y aparece como
embebida en las condiciones de su vida.
Vivan
los fieles en muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo y
esfuércense por comprender su manera de pensar y de sentir, cuya expresión es la cultura. Compaginen
los conocimientos de las nuevas ciencias y doctrinas y de los más recientes descubrimientos
con la moral cristiana y con la enseñanza de la doctrina cristiana, para que la
cultura religiosa y la rectitud de espíritu de las ciencias y de los diarios
progresos de la técnica; así se capacitarán para examinar e interpretar todas
las cosas con íntegro sentido cristiano.
Los
que se dedican a las ciencias teológicas en los seminarios y universidades,
empéñense en colaborar con los hombres versados en las otras materias, poniendo
en común sus energías y puntos de vista. la investigación teológica siga
profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de
facilitar a los hombres cultos en los diversos ramos del saber un más pleno
conocimiento de la fe. Esta
colaboración será muy provechosa para la formación de los ministros sagrados,
quienes podrán presentar a nuestros contemporáneos la doctrina de la Iglesia
acerca de Dios, del hombre y del mundo, de forma más adaptada al hombre
contemporáneo y a la vez más gustosamente aceptable por parte de ellos. Más
aún, es de desear que numerosos laicos reciban una buena formación en las
ciencias sagradas, y que no pocos de ellos se dediquen ex profeso a
estos estudios y profundicen en ellos. Pero para que puedan llevar a buen
término su tarea debe reconocerse a los fieles, clérigos o laicos, la justa
libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer humilde y
valerosamente su manera de ver en los ampos que son de su competencia.
CAPÍTULO III
Algunos aspectos de la vida económica
63.
También en la vida económico-social deben respetarse y promoverse la dignidad
de la persona humana, su entera vocación y el bien de toda la sociedad. Porque
el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social.
La
economía moderna, como los restantes sectores de la vida social, se caracteriza
por una creciente dominación del hombre sobre la naturaleza, por la
multiplicación e intensificación de las relaciones sociales y por la
interdependencia entre ciudadanos, asociaciones y pueblos, así como también por
la cada vez más frecuente intervención del poder público. Por otra parte, el
progreso en las técnicas de la producción y en la organización del comercio y
de los servicios han convertido a la economía en instrumento capaz de satisfacer
mejor las nuevas necesidades acrecentadas de la familia humana.
Sin
embargo, no faltan motivos de inquietud. Muchos hombres, sobre todo en regiones
económicamente desarrolladas, parecen garza por la economía, de tal manera que
casi toda su vida personal y social está como teñida de cierto espíritu
economista tanto en las naciones de economía colectivizada como en las otras.
En un momento en que el desarrollo de la vida económica, con tal que se le
dirija y ordene de manera racional y humana, podría mitigar las desigualdades
sociales, con demasiada frecuencia trae consigo un endurecimiento de ellas y a
veces hasta un retroceso en las condiciones de vida de los más débiles y un
desprecio de los pobres. Mientras muchedumbres inmensas carecen de lo estrictamente
necesario, algunos, aun en los países menos desarrollados, viven en la
opulencia y malgastan sin consideración. El lujo pulula junto a la miseria. Y mientras
unos pocos disponen de un poder amplísimo de decisión, muchos carecen de toda
iniciativa y de toda responsabilidad, viviendo con frecuencia en condiciones de
vida y de trabajo indignas de la persona humana.
Tales
desequilibrios económicos y sociales se producen tanto entre los sectores de la
agricultura, la industria y los servicios, por un parte, como entre las
diversas regiones dentro de un mismo país. Cada día se agudiza más la oposición
entre las naciones económicamente desarrolladas y las restantes, lo cual puede
poner en peligro la misma paz mundial.
Los
hombres de nuestro tiempo son cada día más sensibles a estas disparidades,
porque están plenamente convencidos de que la amplitud de las posibilidades
técnicas y económicas que tiene en sus manos el mundo moderno puede y debe
corregir este lamentable estado de cosas. Por ello son necesarias muchas
reformas en la vida económico-social y un cambio de mentalidad y de costumbres
en todos. A este fin, la Iglesia, en el transcurso de los siglos, a la luz del
Evangelio, ha concretado los principios de justicia y equidad, exigidos por la
recta razón, tanto en orden a la vida individual y social como en orden a la
vida internacional, y los ha manifestado especialmente en estos últimos
tiempos. El Concilio quiere robustecer estos principios de acuerdo con las
circunstancias actuales y dar algunas orientaciones, referentes sobre todo a
las exigencias del desarrollo económico.
Sección I.- El desarrollo económico
Ley fundamental del desarrollo: el servicio del hombre
64.
Hoy más que nunca, para hacer frente al aumento de población y responder a las
aspiraciones más amplias del género humano, se tiende con razón a un aumento en
la producción agrícola e industrial y en la prestación de los servicios. Por
ello hay que favorecer el progreso técnico, el espíritu de innovación, el afán
por crear y ampliar nuevas empresas, la adaptación de los métodos productivos,
el esfuerzo sostenido de cuantos participan en la producción; en una palabra,
todo cuanto puede contribuir a dicho progreso. La finalidad fundamental de esta
producción no es el mero incremento de los productos, ni el beneficio, ni el
poder, sino el servicio del hombre, del hombre integral, teniendo en cuanta sus
necesidades materiales y sus exigencias intelectuales, morales, espirituales y
religiosas; de todo hombre, decimos, de todo grupo de hombres, sin distinción
de raza o continente. De esta forma, la actividad económica debe ejercerse
siguiendo sus métodos y leyes propias, dentro del ámbito del orden moral, para
que se cumplan así los designios de Dios sobre el hombre.
El desarrollo económico, bajo el control humano
65.
El desarrollo debe permanecer bajo el control del hombre. No debe quedar en
manos de unos pocos o de grupos económicamente poderosos en exceso, ni tampoco
en manos de una sola comunidad política o de ciertas naciones más poderosas. Es
preciso, por el contrario, que en todo nivel, el mayor número posible de
hombres, y en el plano internacional el conjunto de las naciones, puedan tomar
parte activa en la dirección del desarrollo. Asimismo es necesario que las
iniciativas espontáneas de los individuos y de sus asociaciones libres
colaboren con los esfuerzos de las autoridades públicas y se coordinen con
éstos de forma eficaz y coherente.
No
se puede confiar el desarrollo ni al solo proceso casi mecánico de la acción
económica de los individuos ni a la sola decisión de la autoridad pública. Por
este motivo hay que calificar de falsas tanto las doctrinas que se oponen a las
reformas indispensables en nombre de una falsa libertad como las que sacrifican
los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras de la
organización colectiva de la producción.
Recuerden,
por otra parte, todos los ciudadanos el deber y el derecho que tienen, y que el
poder civil ha de reconocer, de contribuir, según sus posibilidades, al
progreso de la propia comunidad. En los países menos desarrollados, donde se
impone el empleo urgente de todos los recursos, ponen en grave peligro el bien
común los que retienen sus riquezas improductivamente o los que -salvado el
derecho personal de emigración- privan a su comunidad de los medios materiales
y espirituales que ésta necesita.
Han de eliminarse las enormes desigualdades económico-sociales
66.
Para satisfacer las exigencias de la justicia y de la equidad hay que hacer
todos los esfuerzos posibles para que, dentro del respeto a los derechos de las
personas y a las características de cada pueblo, desaparezcan lo más
rápidamente posible las enormes diferencias económicas que existen hoy, y
frecuentemente aumentan, vinculadas a discriminaciones individuales y sociales.
De igual manera, en muchas regiones, teniendo en cuanta las peculiares
dificultades de la agricultura tanto en la producción como en la venta de sus
bienes, hay que ayudar a los labradores para que aumenten su capacidad
productiva y comercial, introduzcan los necesarios cambios e innovaciones,
consigan una justa ganancia y no queden reducidos, como sucede con frecuencia,
a la situación de ciudadanos de inferior categoría. Los propios agricultores,
especialmente los jóvenes, aplíquense con afán a perfeccionar su técnica
profesional, sin la que no puede darse el desarrollo de la agricultura.
La
justicia y la equidad exigen también que la movilidad, la cual es necesaria en
una economía progresiva, se ordene de manera que se eviten la inseguridad y la
estrechez de vida del individuo y de su familia. Con respecto a los
trabajadores que, procedentes de otros países o de otras regiones, cooperan en
el crecimiento económico de una nación o de una provincia, se ha de evitar con
sumo cuidado toda discriminación en materia de remuneración o de condiciones de
trabajo. Además, la sociedad entera, en particular los poderes públicos, deben
considerarlos como personas, no simplemente como meros instrumentos de
producción; deben ayudarlos para que traigan junto a sí a sus familiares, se
procuren un alojamiento decente, y a favorecer su incorporación a la vida
social del país o de la región que los acoge. Sin embargo, en cuanto sea
posible, deben crearse fuentes de trabajo en las propias regiones.
En
las economías en período de transición, como sucede en las formas nuevas de la
sociedad industrial, en las que, v.gr., se desarrolla la autonomía, en
necesario asegurar a cada uno empleo suficiente y adecuado: y al mismo tiempo
la posibilidad de una formación técnica y profesional congruente. Débense
garantizar la subsistencia y la dignidad humana de los que, sobre todo por
razón de enfermedad o de edad, se ven aquejados por graves dificultades.
Sección 2.- Algunos principios reguladores
el conjunto de la vida económico-social
Trabajo, condiciones de trabajo, descanso
67.
El trabajo humano que se ejerce en la producción y en el comercio o en los
servicios es muy superior a los restantes elementos de la vida económico, pues
estos últimos no tienen otro papel que el de instrumentos.
Pues
el trabajo humano, autónomo o dirigido, procede inmediatamente de la persona,
la cual marca con su impronta la materia sobre la que trabaja y la somete a su
voluntad. Es para el trabajador y para su familia el medio ordinario de
subsistencia; por él el hombre se une a sus hermanos y les hace un servicio,
puede practicar la verdadera caridad y cooperar al perfeccionamiento de la
creación divina. No sólo esto. Sabemos que, con la oblación de su trabajo a
Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien
dio al trabajo una dignidad sobre eminente laborando con sus propias manos en
Nazaret. De aquí se deriva para todo hombre el deber de trabajar fielmente, así
como también el derecho al trabajo. Y es deber de la sociedad, por su parte,
ayudar, según sus propias circunstancias, a los ciudadanos para que puedan
encontrar la oportunidad de un trabajo suficiente. Por último, la remuneración
del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a su familia una vida digna en
el plano material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto
de trabajo y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la
empresa y el bien común.
La
actividad económica es de ordinario fruto del trabajo asociado de los hombres;
por ello es injusto e inhumano organizarlo y regularlo con daño de algunos
trabajadores. Es, sin embargo, demasiado frecuente también hoy día que los
trabajadores resulten en cierto sentido esclavos de su propio trabajo. Lo cual
de ningún modo está justificado por las llamadas leyes económicas. El conjunto
del proceso de la producción debe, pues, ajustarse a las necesidades de la
persona y a la manera de vida de cada uno en particular, de su vida familiar,
principalmente por lo que toca a las madres de familia, teniendo siempre en
cuanta el sexo y la
edad. Ofrézcase , además, a los trabajadores la posibilidad de
desarrollar sus cualidades y su personalidad en el ámbito mismo del trabajo. Al
aplicar, con la debida responsabilidad, a este trabajo su tiempo y sus fuerzas,
disfruten todos de un tiempo de reposo y descanso suficiente que les permita
cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa. Más aún, tengan la
posibilidad de desarrollar libremente las energías y las cualidades que tal vez
en su trabajo profesional apenas pueden cultivar.
Participación en la empresa
y en la organización general de la economía. Conflictos
laborales
68.
En las empresas económicas son personas las que se asocian, es decir, hombres
libres y autónomos, creados a imagen de Dios. Por ello, teniendo en cuanta las
funciones de cada uno, propietarios, administradores, técnicos, trabajadores, y
quedando a salvo la unidad necesaria en la dirección, se ha de promover la
activa participación de todos en la gestión de la empresa, según formas que
habrá que determinar con acierto. Con todo, como en muchos casos no es a nivel
de empresa, sino en niveles institucionales superiores, donde se toman las
decisiones económicas y sociales de las que depende el porvenir de los
trabajadores y de sus hijos, deben los trabajadores participar también en
semejantes decisiones por sí mismos o por medio de representantes libremente
elegidos.
Entre
los derechos fundamentales de la persona humana debe contarse el derecho de los
obreros a fundar libremente asociaciones que representen auténticamente al
trabajador y puedan colaborar en la recta ordenación de la vida económica, así
como también el derecho de participar libremente en las actividades de las
asociaciones sin riesgo de represalias. Por medio de esta ordenada
participación, que está unida al progreso en la formación económica y social,
crecerá más y más entre todos el sentido de la responsabilidad propia, el cual
les llevará a sentirse colaboradores, según sus medios y aptitudes propias, en
la tarea total del desarrollo económico y social y del logro del bien común
universal.
En
caso de conflictos económico-sociales, hay que esforzarse por encontrarles
soluciones pacíficas. Aunque se ha de recurrir siempre primero a un sincero
diálogo entre las partes, sin embargo, en la situación presente, la huelga
puede seguir siendo medio necesaria, aunque extremo, para la defensa de los
derechos y el logro de las aspiraciones justas de los trabajadores. Búsquense,
con todo, cuanto antes, caminos para negociar y para reanudar el diálogo
conciliatorio.
Los bienes de la tierra están destinados a todos los hombres
69.
Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los
hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en
forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad. Sean las
que sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones legítimas de
los pueblos según las circunstancias diversas y variables, jamás debe perderse
de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al
usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como
exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le
aprovechen a él solamente, sino también a los demás. Por lo demás, el derecho a
poseer una parte de bienes suficiente para sí mismos y para sus familias es un
derecho que a todos corresponde. Es éste el sentir de los Padres y de los
doctores de la Iglesia, quienes enseñaron que los hombres están obligados a
ayudar a los pobres, y por cierto no sólo con los bienes superfluos. Quien se
halla en situación de necesidad extrema tiene derecho a tomar de la riqueza
ajena lo necesario para sí. Habiendo como hay tantos oprimidos actualmente por
el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y
autoridades, a que, acordándose de aquella frase de los Padres: Alimenta al que
muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas, según las propias
posibilidades, comuniquen y ofrezcan realmente sus bienes, ayudando en primer
lugar a los pobres, tanto individuos como pueblos, a que puedan ayudarse y
desarrollarse por sí mismos.
En
sociedades económicamente menos desarrolladas, el destino común de los bienes
está a veces en parte logrado por un conjunto de costumbres y tradiciones
comunitarias que aseguran a cada miembro los bienes absolutamente necesarios.
Sin embargo, elimínese el criterio de considerar como en absoluto inmutables
ciertas costumbres si no responden ya a las nuevas exigencias de la época
presente; pero, por otra parte, conviene no atentar imprudentemente contra
costumbres honestas que, adaptadas a las circunstancias actuales, pueden
resultar muy útiles. De igual manera, en las naciones de economía muy desarrollada,
el conjunto de instituciones consagradas a la previsión y a la seguridad social
puede contribuir, por su parte, al destino común de los bienes. Es necesario
también continuar el desarrollo de los servicios familiares y sociales,
principalmente de los que tienen por fin la cultura y la educación. Al
organizar todas estas instituciones debe cuidarse de que los ciudadanos no
vayan cayendo en una actitud de pasividad con respecto a la sociedad o de
irresponsabilidad y egoísmo.
Inversiones y política monetaria
70.
Las inversiones deben orientarse a asegurar posibilidades de trabajo y
beneficios suficientes a la población presente y futura. Los responsables de
las inversiones y de la organización de la vida económica, tanto los
particulares como los grupos o las autoridades públicas, deben tener muy
presentes estos fines y reconocer su grave obligación de vigilar, por una
parte, a fin de que se provea de lo necesario para una vida decente tanto a los
individuos como a toda la comunidad, y, por otra parte, de prever el futuro y
establecer un justo equilibrio entre las necesidades actuales del consumo
individual y colectivo y las exigencias de inversión para la generación futura.
Ténganse, además, siempre presentes las urgentes necesidades de las naciones o
de las regiones menos desarrolladas económicamente. En materia de política
monetaria cuídese no dañar al bien de la propia nación o de las ajenas. Tómense
precauciones para que los económicamente débiles no queden afectados
injustamente por los cambios de valor de la moneda.
Acceso a la propiedad y dominio de los bienes.
Problema de los latifundios
71.
La propiedad, como las demás formas de dominio privado sobre los bienes
exteriores, contribuye a la expresión de la persona y le ofrece ocasión de
ejercer su función responsable en la sociedad y en la economía. Es por ello
muy importante fomentar el acceso de todos, individuos y comunidades, a algún
dominio sobre los bienes externos.
La
propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes externos aseguran a cada
cual una zona absolutamente necesaria para la autonomía personal y familiar y
deben ser considerados como ampliación de la libertad humana. Por último, al
estimular el ejercicio de la tarea y de la responsabilidad, constituyen una de las
condiciones de las libertades civiles.
Las
formas de este dominio o propiedad son hoy diversas y se diversifican cada día
más. Todas ellas, sin embargo, continúan siendo elemento de seguridad no
despreciable aun contando con los fondos sociales, derechos y servicios
procurados por la
sociedad. Esto debe afirmarse no sólo de las propiedades
materiales, sino también de los bienes inmateriales, como es la capacidad
profesional.
El
derecho de propiedad privada no es incompatible con las diversas formas de
propiedad pública existentes. El paso de bienes a la propiedad pública sólo
puede ser hecha por la autoridad competente de acuerdo con las exigencias del
bien común y dentro de los límites de este último, supuesta la compensación
adecuada. A la autoridad pública toca, además, impedir que se abuse de la
propiedad privada en contra del bien común.
La
misma propiedad privada tiene también, por su misma naturaleza, una índole
social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes. Cuando esta
índole social es descuidada, la propiedad muchas veces se convierte en ocasión
de ambiciones y graves desórdenes, hasta el punto de que se da pretexto a sus
impugnadores para negar el derecho mismo.
En
muchas regiones económicamente menos desarrolladas existen posesiones rurales
extensas y aun extensísimas mediocremente cultivadas o reservadas sin cultivo
para especular con ellas, mientras la mayor parte de la población carece de
tierras o posee sólo parcelas irrisorias y el desarrollo de la producción
agrícola presenta caracteres de urgencia. No raras veces los braceros o los
arrendatarios de alguna parte de esas posesiones reciben un salario o beneficio
indigno del hombre, carecen de alojamiento decente y son explotados por los
intermediarios. Viven en la más total inseguridad y en tal situación de
inferioridad personal, que apenas tienen ocasión de actuar libre y
responsablemente, de promover su nivel de vida y de participar en la vida
social y política. Son, pues, necesarias las reformas que tengan por fin, según
los casos, el incremento de las remuneraciones, la mejora de las condiciones
laborales, el aumento de la seguridad en el empleo, el estímulo para la
iniciativa en el trabajo; más todavía, el reparto de las propiedades
insuficientemente cultivadas a favor de quienes sean capaces de hacerlas valer.
En este caso deben asegurárseles los elementos y servicios indispensables, en
particular los medios de educación y las posibilidades que ofrece una justa
ordenación de tipo cooperativo. Siempre que el bien común exija una
expropiación, debe valorarse la indemnización según equidad, teniendo en cuanta
todo el conjunto de las circunstancias.
La actividad económico-social y el reino de Cristo
72.
Los cristianos que toman parte activa en el movimiento económico-social de
nuestro tiempo y luchan por la justicia y caridad, convénzanse de que pueden
contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo. Individual
y colectivamente den ejemplo en este campo. Adquirida la competencia
profesional y la experiencia que son absolutamente necesarias, respeten en la
acción temporal la justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su
Evangelio, a fin de que toda su vida, así la individual como la social, quede
saturada con el espíritu de las bienaventuranzas, y particularmente con el
espíritu de la pobreza.
Quien
con obediencia a Cristo busca ante todo el reino de Dios, encuentra en éste un
amor más fuerte y más puro para ayudar a todos sus hermanos y para realizar la
obra de la justicia bajo la inspiración de la caridad.
CAPÍTULO IV
La vida pública en nuestros días
73.
En nuestra época se advierten profundas transformaciones también en las
estructuras y en las instituciones de los pueblos como consecuencia de la
evolución cultural, económica y social de estos últimos. Estas transformaciones
ejercen gran influjo en la vida de la comunidad política principalmente en lo
que se refiere a los derechos y deberes de todos en el ejercicio de la libertad
política y en el logro del bien común y en lo que toca a las relaciones de los
ciudadanos entre sí y con la autoridad pública.
La
conciencia más viva de la dignidad humana ha hecho que en diversas regiones del
mundo surja el propósito de establecer un orden político-jurídico que proteja
mejor en la vida pública los derechos de la persona, como son el derecho de
libre reunión, de libre asociación, de expresar las propias opiniones y de
profesar privada y públicamente la religión. Porque la garantía de los derechos de
la persona es condición necesaria para que los ciudadanos, como individuos o
como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en el
gobierno de la cosa pública.
Con
el desarrollo cultural, económico y social se consolida en la mayoría el deseo
de participar más plenamente en la ordenación de la comunidad política. En la
conciencia de muchos se intensifica el afán por respetar los derechos de las
minorías, sin descuidar los deberes de éstas para con la comunidad política;
además crece por días el respeto hacia los hombres que profesan opinión o
religión distintas; al mismo tiempos e establece una mayor colaboración a fin
de que todos los ciudadanos, y no solamente algunos privilegiados, puedan hacer
uso efectivo de los derechos personales.
Se
reprueban también todas las formas políticas, vigentes en ciertas regiones, que
obstaculizan la libertad civil o religiosa, multiplican las víctimas de las
pasiones y de los crímenes políticos y desvían el ejercicio de la autoridad en
la prosecución del bien común, para ponerla al servicio de un grupo o de los
propios gobernantes.
La
mejor manera de llagar a una política auténticamente humana es fomentar el
sentido interior de la justicia, de la benevolencia y del servicio al bien
común y robustecer las convicciones fundamentales en lo que toca a la
naturaleza verdadera de la comunidad política y al fin, recto ejercicio y
límites de los poderes públicos.
Naturaleza y fin de la comunidad política
74.
Los hombres, las familias y los diversos grupos que constituyen la comunidad
civil son conscientes de su propia insuficiencia para lograr una vida
plenamente humana y perciben la necesidad de una comunidad más amplia, en la
cual todos conjuguen a diario sus energías en orden a una mejor procuración del
bien común. Por ello forman comunidad política según tipos institucionales
varios. La comunidad política nace, pues, para buscar el bien común, en el que
encuentra su justificación plena y su sentido y del que deriva su legitimidad
primigenia y propia. El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones
de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones
pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección.
Pero
son muchos y diferentes los hombres que se encuentran en una comunidad
política, y pueden con todo derecho inclinarse hacia soluciones diferentes. A
fin de que, por la pluralidad de pareceres, no perezca la comunidad política,
es indispensable una autoridad que dirija la acción de todos hacia el bien común
no mecánica o despóticamente, sino obrando principalmente como una fuerza
moral, que se basa en la libertad y en el sentido de responsabilidad de cada
uno.
Es,
pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la
naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun
cuando la determinación del régimen político y la designación de los
gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos.
Síguese
también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en
cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse siempre
dentro de los límites del orden moral para procurar el bien común -concebido
dinámicamente- según el orden jurídico legítimamente establecido o por establecer.
Es entonces cuando los ciudadanos están obligados en conciencia a obedecer. De
todo lo cual se deducen la responsabilidad, la dignidad y la importancia de los
gobernantes.
Pero
cuando la autoridad pública, rebasando su competencia, oprime a los ciudadanos,
éstos no deben rehuir las exigencias objetivas del bien común; les es lícito,
sin embargo, defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso
de tal autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica.
Las
modalidades concretas por las que la comunidad política organiza su estructura
fundamental y el equilibrio de los poderes públicos pueden ser diferentes,
según el genio de cada pueblo y la marcha de su historia. Pero deben tender
siempre a formar un tipo de hombre culto, pacífico y benévolo respecto de los
demás para provecho de toda la familia humana.
Colaboración de todos en la vida pública
75.
Es perfectamente conforme con la naturaleza humana que se constituyan
estructuras político-jurídicas que ofrezcan a todos los ciudadanos, sin
discriminación alguna y con perfección creciente, posibilidades efectivas de
tomar parte libre y activamente en la fijación de los fundamentos jurídicos de
la comunidad política, en el gobierno de la cosa pública, en la determinación
de los campos de acción y de los límites de las diferentes instituciones y en
la elección de los gobernantes. Recuerden, por tanto, todos los ciudadanos el
derecho y al mismo tiempo el deber que tienen de votar con libertad para
promover el bien común. La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al
servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan las
cargas de este oficio.
Para
que la cooperación ciudadana responsable pueda lograr resultados felices en el
curso diario de la vida pública, es necesario un orden jurídico positivo que
establezca la adecuada división de las funciones institucionales de la
autoridad política, así como también la protección eficaz e independiente de
los derechos. Reconózcanse, respétense y promuévanse los derechos de las
personas, de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio, no
menos que los deberes cívicos de cada uno. Entre estos últimos es necesario
mencionar el deber de aportar a la vida pública el concurso material y personal
requerido por el bien común. Cuiden los gobernantes de no entorpecer las
asociaciones familiares, sociales o culturales, los cuerpos o las instituciones
intermedias, y de no privarlos de su legítima y constructiva acción, que más
bien deben promover con libertad y de manera ordenada. Los ciudadanos por su
parte, individual o colectivamente, eviten atribuir a la autoridad política
todo poder excesivo y no pidan al Estado de manera inoportuna ventajas o
favores excesivos, con riesgo de disminuir la responsabilidad de las personas,
de las familias y de las agrupaciones sociales.
A
consecuencia de la complejidad de nuestra época, los poderes públicos se ven
obligados a intervenir con más frecuencia en materia social, económica y
cultural para crear condiciones más favorables, que ayuden con mayor eficacia a
los ciudadanos y a los grupos en la búsqueda libre del bien completo del
hombre. Según las diversas regiones y la evolución de los pueblos, pueden
entenderse de diverso modo las relaciones entre la socialización y la autonomía
y el desarrollo de la
persona. Esto no obstante, allí donde por razones de bien
común se restrinja temporalmente el ejercicio de los derechos, restablézcase la
libertad cuanto antes una vez que hayan cambiado las circunstancias. De todos
modos, es inhumano que la autoridad política caiga en formas totalitarias o en
formas dictatoriales que lesionen los derechos de la persona o de los grupos
sociales.
Cultiven
los ciudadanos con magnanimidad y lealtad el amor a la patria, pero sin estrechez
de espíritu, de suerte que miren siempre al mismo tiempo por el bien de toda la
familia humana, unida por toda clase de vínculos entre las razas, pueblos y
naciones.
Los
cristianos todos deben tener conciencia de la vocación particular y propia que
tienen en la comunidad política; en virtud de esta vocación están obligados a
dar ejemplo de sentido de responsabilidad y de servicio al bien común, así
demostrarán también con los hechos cómo pueden armonizarse la autoridad y la
libertad, la iniciativa personal y la necesaria solidaridad del cuerpo social,
las ventajas de la unidad combinada con la provechosa diversidad. El cristiano
debe reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales discrepantes y
debe respetar a los ciudadanos que, aun agrupados, defienden lealmente su
manera de ver. Los partidos políticos deben promover todo lo que a su juicio
exige el bien común; nunca, sin embargo, está permitido anteponer intereses
propios al bien común.
Hay
que prestar gran atención a la educación cívica y política, que hoy día es
particularmente necesaria para el pueblo, y, sobre todo para la juventud, a fin
de que todos los ciudadanos puedan cumplir su misión en la vida de la comunidad
política. Quienes son o pueden llegar a ser capaces de ejercer este arte tan
difícil y tan noble que es la política, prepárense para ella y procuren
ejercitarla con olvido del propio interés y de toda ganancia venal. Luchen con
integridad moral y con prudencia contra la injusticia y la opresión, contra la
intolerancia y el absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político;
conságrense con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza
política, al servicio de todos.
La comunidad política y la Iglesia
76.
Es de suma importancia, sobre todo allí donde existe una sociedad pluralística,
tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la
Iglesia y distinguir netamente entre la acción que los cristianos, aislada o
asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con
su conciencia cristiana, y la acción que realizan, en nombre de la Iglesia, en
comunión con sus pastores.
La
Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo
alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a
la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana.
La
comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su
propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio
de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con
tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la
cooperación entre ellas, habida cuesta de las circunstancias de lugar y tiempo.
El hombre, en efecto, no se limita al solo horizonte temporal, sino que, sujeto
de la historia humana, mantiene íntegramente su vocación eterna. La Iglesia,
por su parte, fundada en el amor del Redentor, contribuye a difundir cada vez
más el reino de la justicia y de la caridad en el seno de cada nación y entre
las naciones. Predicando la verdad evangélica e iluminando todos los sectores
de la acción humana con su doctrina y con el testimonio de los cristianos,
respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad políticas del
ciudadano.
Cuando
los apóstoles y sus sucesores y los cooperadores de éstos son enviados para
anunciar a los hombres a Cristo, Salvador del mundo, en el ejercicio de su
apostolado se apoyan sobre el poder de Dios, el cual muchas veces manifiesta la
fuerza del Evangelio en la debilidad de sus testigos. Es preciso que cuantos se
consagran al ministerio de la palabra de Dios utilicen los caminos y medios
propios del Evangelio, los cuales se diferencian en muchas cosas de los medios
que la ciudad terrena utiliza.
Ciertamente,
las realidades temporales y las realidades sobrenaturales están estrechamente
unidas entre sí, y la
misma Iglesia se sirve de medios temporales en cuanto su
propia misión lo exige. No pone, sin embargo, su esperanza en privilegios dados
por el poder civil; más aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos
legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la
pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra
disposición. Es de justicia que pueda la Iglesia en todo momento y en todas
partes predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina social,
ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral,
incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los
derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, utilizando
todos y solos aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de
todos según la diversidad de tiempos y de situaciones.
Con
su fiel adhesión al Evangelio y el ejercicio de su misión en el mundo, la
Iglesia, cuya misión es fomentar y elevar todo cuanto de verdadero, de bueno y
de bello hay en la comunidad humana, consolida la paz en la humanidad para
gloria de Dios.
CAPÍTULO V
EL FOMENTO DE LA PAZ
Y LA
PROMOCIÓN DE LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS
Introducción
77.
En estos últimos años, en los que aún perduran entre los hombres la aflicción y
las angustias nacidas de la realidad o de la amenaza de una guerra, la
universal familia humana ha llegado en su proceso de madurez a un momento de
suprema crisis. Unificada paulatinamente y ya más consciente en todo lugar de
su unidad, no puede llevar a cabo la tarea que tiene ante sí, es decir,
construir un mundo más humano para todos los hombres en toda la extensión de la
tierra, sin que todos se conviertan con espíritu renovado a la verdad de la paz. De aquí proviene que
el mensaje evangélico, coincidente con los más profundos anhelos y deseos del
género humano, luzca en nuestros días con nuevo resplandor al proclamar
bienaventurados a los constructores de la paz, porque serán llamados hijos de
Dios (Mt 5,9).
Por
esto el Concilio, al tratar de la nobilísima y auténtica noción de la paz,
después de condenar la crueldad de la guerra, pretende hacer un ardiente llamamiento
a los cristianos para que con el auxilio de Cristo, autor de la paz, cooperen
con todos los hombres a cimentar la paz en la justicia y el amor y a aportar
los medios de la paz.
Naturaleza de la paz
78.
La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de
las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda
exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7). Es el
fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que
los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a
cabo. El bien común del género humano se rige primariamente por la ley eterna,
pero en sus exigencias concretas, durante el transcurso del tiempo, está
cometido a continuos cambios; por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha,
sino un perpetuo quehacer. Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por
el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de sí
mismo y vigilancia por parte de la autoridad legítima.
Esto,
sin embargo, no basta. Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se
asegura el bien de las personas y la comunicación espontánea entre los hombres
de sus riquezas de orden intelectual y espiritual. Es absolutamente necesario
el firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su
dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz. Así , la paz es
también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede
realizar.
La
paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz
de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado,
Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de
su cruz, y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del
género humano, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo
de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los
hombres.
Por
lo cual, se llama insistentemente la atención de todos los cristianos para que,
viviendo con sinceridad en la caridad (Eph 4,15), se unan con los
hombres realmente pacíficos para implorar y establecer la paz.
Movidos
por el mismo Espíritu, no podemos dejar de alabar a aquellos que, renunciando a
la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los medios de defensa,
que, por otra parte, están al alcance incluso de los más débiles, con tal que
esto sea posible sin lesión de los derechos y obligaciones de otros o de la
sociedad.
En
la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro de guerra
hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres, unidos por la
caridad, triunfen del pecado, pueden también reportar la victoria sobre la
violencia hasta la realización de aquella palabra: De sus espadas forjarán
arados, y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la espada una
contra otra y jamás se llevará a cabo la guerra (Is 2,4).
Sección I.- Obligación de evitar la guerra
Hay que frenar la crueldad de las guerras
Teniendo
presente esta postración de la humanidad el Concilio pretende recordar ante
todo la vigencia permanente del derecho natural de gentes y de sus principios
universales. La misma conciencia del género humano proclama con firmeza, cada
vez más, estos principios. Los actos, pues, que se oponen deliberadamente a
tales principios y las órdenes que mandan tales actos, son criminales y la
obediencia ciega no puede excusar a quienes las acatan. Entre estos actos hay
que enumerar ante todo aquellos con los que metódicamente se extermina a todo
un pueblo, raza o minoría étnica: hay que condenar con energía tales actos como
crímenes horrendos; se ha de encomiar, en cambio, al máximo la valentía de los
que no temen oponerse abiertamente a los que ordenan semejantes cosas.
Existen
sobre la guerra y sus problemas varios tratados internacionales, suscritos por
muchas naciones, para que las operaciones militares y sus consecuencias sean
menos inhumanas; tales son los que tratan del destino de los combatientes
heridos o prisioneros y otros por el estilo. Hay que cumplir estos tratados; es
más, están obligados todos, especialmente las autoridades públicas y los
técnicos en estas materias, a procurar cuanto puedan su perfeccionamiento, para
que así se consiga mejor y más eficazmente atenuar la crueldad de las guerras.
También parece razonable que las leyes tengan en cuenta, con sentido humano, el
caso de los que se niegan a tomar las armas por motivo de conciencia y aceptan
al mismo tiempo servir a la comunidad humana de otra forma.
Desde
luego, la guerra no ha sido desarraigada de la humanidad. Mientras
exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y
provista de medios eficaces, una vez agotados todos los recursos pacíficos de
la diplomacia, no se podrá negar el derecho de legítima defensa a los
gobiernos. A los jefes de Estado y a cuantos participan en los cargos de
gobierno les incumbe el deber de proteger la seguridad de los pueblos a ellos
confiados, actuando con suma responsabilidad en asunto tan grave. Pero una cosa
es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta
querer someter a otras naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso
militar o político de ella. Y una vez estallada lamentablemente la guerra, no
por eso todo es lícito entre los beligerantes.
Los
que, al servicio de la patria, se hallan en el ejercicio, considérense
instrumentos de la seguridad y libertad de los pueblos, pues desempeñando bien
esta función contribuyen realmente a estabilizar la paz.
La guerra total
80.
El horror y la maldad de la guerra se acrecientan inmensamente con el
incremento de las armas científicas. Con tales armas, las operaciones bélicas
pueden producir destrucciones enormes e indiscriminadas, las cuales, por tanto,
sobrepasan excesivamente los límites de la legítima defensa. Es más, si se
empleasen a fondo estos medios, que ya se encuentran en los depósitos de armas
de las grandes naciones, sobrevendría la matanza casi plena y totalmente
recíproca de parte a parte enemiga, sin tener en cuanta las mil devastaciones
que parecerían en el mundo y los perniciosos efectos nacidos del uso de tales
armas.
Todo
esto nos obliga a examinar la guerra con mentalidad totalmente nueva. Sepan los
hombres de hoy que habrán de dar muy seria cuanta de sus acciones bélicas. Pues
de sus determinaciones presentes dependerá en gran parte el curso de los
tiempos venideros.
Teniendo
esto es cuenta, este Concilio, haciendo suyas las condenaciones de la guerra
mundial expresadas por los últimos Sumos Pontífices, declara:
Toda
acción bélica que tienda indiscriminadamente a la destrucción de ciudades
enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen contra
Dios y la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones.
El
riesgo característico de la guerra contemporánea está en que da ocasión a los
que poseen las recientes armas científicas para cometer tales delitos y con
cierta inexorable conexión puede empujar las voluntades humanas a
determinaciones verdaderamente horribles. Para que esto jamás suceda en el
futuro, los obispos de toda la tierra reunidos aquí piden con insistencia a
todos, principalmente a los jefes de Estado y a los altos jefes del ejército,
que consideren incesantemente tan gran responsabilidad ante Dios y ante toda la
humanidad.
La carrera de armamentos
81.
Las armas científicas no se acumulan exclusivamente para el tiempo de guerra.
Puesto que la seguridad de la defensa se juzga que depende de la capacidad
fulminante de rechazar al adversario, esta acumulación de armas, que se agrava
por años, sirve de manera insólita para aterrar a posibles adversarios. Muchos
la consideran como el más eficaz de todos los medios para asentar firmemente la
paz entre las naciones.
Sea
lo que fuere de este sistema de disuasión, convénzanse los hombres de que la
carrera de armamentos, a la que acuden tantas naciones, no es camino seguro
para conservar firmemente la paz, y que el llamado equilibrio de que ella
proviene no es la paz segura y auténtica. De ahí que no sólo no se eliminan las
causas de conflicto, sino que más bien se corre el riesgo de agravarlas poco a
poco. Al gastar inmensas cantidades en tener siempre a punto nuevas armas, no
se pueden remediar suficientemente tantas miserias del mundo entero. En vez de
restañar verdadera y radicalmente las disensiones entre las naciones, otras
zonas del mundo quedan afectadas por ellas. Hay que elegir nuevas rutas que
partan de una renovación de la mentalidad para eliminar este escándalo y poder
restablecer la verdadera paz, quedando el mundo liberado de la ansiedad que le
oprime.
Por
lo tanto, hay que declarar de nuevo: la carrera de armamentos es la plaga más
grave de la humanidad y perjudica a los pobres de manera intolerable. Hay que
temer seriamente que, si perdura, engendre todos los estragos funestos cuyos
medios ya prepara.
Advertidos
de las calamidades que el género humano ha hecho posibles, empleemos la pausa
de que gozamos, concedida de lo Alto, para, con mayor conciencia de la propia
responsabilidad, encontrar caminos que solucionen nuestras diferencias de un
modo más digno del hombre. La Providencia divina nos pide insistentemente que
nos liberemos de la antigua esclavitud de la guerra. Si
renunciáramos a este intento, no sabemos a dónde nos llevará este mal camino
por el que hemos entrado.
Prohibición absoluta de la guerra.
La acción internacional para evitar la guerra
82.
Bien claro queda, por tanto, que debemos procurar con todas nuestras fuerzas
preparar un época en que, por acuerdo de las naciones, pueda ser absolutamente
prohibida cualquier guerra. Esto requiere el establecimiento de una autoridad
pública universal reconocida por todos, con poder eficaz para garantizar la
seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos. Pero
antes de que se pueda establecer tan deseada autoridad es necesario que las
actuales asociaciones internacionales supremas se dediquen de lleno a estudiar
los medios más aptos para la seguridad común. La paz ha de nacer de la mutua
confianza de los pueblos y no debe ser impuesta a las naciones por el terror de
las armas; por ello, todos han de trabajar para que la carrera de armamentos
cese finalmente, para que comience ya en realidad la reducción de armamentos,
no unilateral, sino simultánea, de mutuo acuerdo, con auténticas y eficaces
garantías.
No
hay que despreciar, entretanto, los intentos ya realizados y que aún se llevan
a cabo para alejar el peligro de la guerra. Más bien hay que ayudar la buena voluntad
de muchísimos que, aun agobiados por las enormes preocupaciones de sus altos
cargos, movidos por el gravísimo deber que les acucia, se esfuerzan, por
eliminar la guerra, que aborrecen, aunque no pueden prescindir de la
complejidad inevitable de las cosas. Hay que pedir con insistencia a Dios que
les dé fuerzas para perseverar en su intento y llevar a cabo con fortaleza esta
tarea de sumo amor a los hombres, con la que se construye virilmente la paz. Lo cual hoy exige de
ellos con toda certeza que amplíen su mente más allá de las fronteras de la
propia nación, renuncien al egoísmo nacional ya a la ambición de dominar a otras
naciones, alimenten un profundo respeto por toda la humanidad, que corre ya,
aunque tan laboriosamente, hacia su mayor unidad.
Acerca
de los problemas de la paz y del desarme, los sondeos y conversaciones
diligente e ininterrumpidamente celebrados y los congresos internacionales que
han tratado de este asunto deben ser considerados como los primeros pasos para
solventar temas tan espinosos y serios, y hay que promoverlos con mayor
urgencia en el futuro para obtener resultados prácticos. Sin embargo, hay que
evitar el confiarse sólo en los conatos de unos pocos, sin preocuparse de la
reforma en la propia mentalidad. Pues los que gobiernan a los pueblos, que son
garantes del bien común de la propia nación y al mismo tiempo promotores del
bien de todo el mundo, dependen enormemente de las opiniones y de los
sentimientos de las multitudes. Nada les aprovecha trabajar en la construcción
de la paz mientras los sentimientos de hostilidad, de menos precio y de
desconfianza, los odios raciales y las ideologías obstinadas, dividen a los
hombres y los enfrentan entre sí. Es de suma urgencia proceder a una renovación
en la educación de la mentalidad y a una nueva orientación en la opinión
pública. Los que se entregan a la tarea de la educación, principalmente de la juventud,
o forman la opinión pública, tengan como gravísima obligación la preocupación
de formar las mentes de todos en nuevos sentimientos pacíficos. Tenemos todos
que cambiar nuestros corazones, con los ojos puestos en el orbe entero y en
aquellos trabajos que toso juntos podemos llevar a cabo para que nuestra
generación mejore.
Que
no nos engañe una falsa esperanza. Pues, si no se establecen en el futuro
tratados firmes y honestos sobre la paz universal una vez depuestos los odios y
las enemistades, la humanidad, que ya está en grave peligro, aun a pesar de su
ciencia admirable, quizá sea arrastrada funestamente a aquella hora en la que
no habrá otra paz que la paz horrenda de la muerte. Pero ,
mientras dice todo esto, la Iglesia de Cristo, colocada en medio de la ansiedad
de hoy, no cesa de esperar firmemente. A nuestra época, una y otra vez,
oportuna e importunamente, quiere proponer el mensaje apostólico: Este es el
tiempo aceptable para que cambien los corazones, éste es el día de la
salvación.
Sección 2.- Edificar la comunidad internacional
Causas y remedios de las discordias
83.
Para edificar la paz se requiere ante todo que se desarraiguen las causas de
discordia entre los hombres, que son las que alimentan las guerras. Entre esas
causas deben desaparecer principalmente las injusticias. No pocas de éstas
provienen de las excesivas desigualdades económicas y de la lentitud en la
aplicación de las soluciones necesarias. Otras nacen del deseo de dominio y del
desprecio por las personas, y, si ahondamos en los motivos más profundos,
brotan de la envidia, de la desconfianza, de la soberbia y demás pasiones
egoístas. Como el hombre no puede soportar tantas deficiencias en el orden,
éstas hacen que, aun sin haber guerras, el mundo esté plagado sin cesar de
luchas y violencias entre los hombres. Como, además, existen los mismos males
en las relaciones internacionales, es totalmente necesario que, para vencer y
prevenir semejantes males y para reprimir las violencias desenfrenadas, las
instituciones internacionales cooperen y se coordinen mejor y más firmemente y
se estimule sin descanso la creación de organismos que promuevan la paz.
La comunidad de las naciones y las instituciones internacionales
84.
Dados los lazos tan estrechos y recientes de mutua dependencia que hoy se dan
entre todos los ciudadanos y entre todos los pueblos de la tierra, la búsqueda
certera y la realización eficaz del bien común universal exigen que la
comunidad de las naciones se dé a sí misma un ordenamiento que responda a sus
obligaciones actuales, teniendo particularmente en cuanta las numerosas
regiones que se encuentran aún hoy en estado de miseria intolerable.
Para
lograr estos fines, las instituciones de la comunidad internacional deben, cada
una por su parte, proveer a las diversas necesidades de los hombres tanto en el
campo de la vida social, alimentación, higiene, educación, trabajo, como en
múltiples circunstancias particulares que surgen acá y allá; por ejemplo, la
necesidad general que las naciones en vías de desarrollo sienten de fomentar el
progreso, de remediar en todo el mundo la triste situación de los refugiados o
ayudar a los emigrantes y a sus familias.
Las
instituciones internacionales, mundiales o regionales ya existentes son
beneméritas del género humano. Son los primeros conatos de echar los cimientos
internaciones de toda la comunidad humana para solucionar los gravísimos
problemas de hoy, señaladamente para promover el progreso en todas partes y
evitar la guerra en cualquiera de sus formas. En todos estos campos, la Iglesia
se goza del espíritu de auténtica fraternidad que actualmente florece entre los
cristianos y los no cristianos, y que se esfuerza por intensificar
continuamente los intentos de prestar ayuda para suprimir ingentes calamidades.
La cooperación internacional en el orden económico
85.
La actual unión del género humano exige que se establezca también una mayor
cooperación internacional en el orden económico. Pues la realidad es que,
aunque casi todos los pueblos han alcanzado la independencia, distan mucho de
verse libres de excesivas desigualdades y de toda suerte de inadmisibles
dependencias, así como de alejar de sí el peligro de las dificultades internas.
El
progreso de un país depende de los medios humanos y financieros de que dispone.
Los ciudadanos deben prepararse, pro medio de la educación y de la formación
profesional, al ejercicio de las diversas funciones de la vida económica y
social. Para esto se requiere la colaboración de expertos extranjeros que en su
actuación se comporten no como dominadores, sino como auxiliares y
cooperadores. La ayuda material a los países en vías de desarrollo no podrá
prestarse si no se operan profundos cambios en las estructuras actuales del
comercio mundial. Los países desarrollados deberán prestar otros tipos de
ayuda, en forma de donativos, préstamos o inversión de capitales; todo lo cual
ha de hacerse con generosidad y sin ambición por parte del que ayuda y con
absoluta honradez por parte del que recibe tal ayuda.
Para
establecer un auténtico orden económico universal hay que acabar con las
pretensiones de lucro excesivo, las ambiciones nacionalistas, el afán de
dominación política, los cálculos de carácter militarista y las maquinaciones
para difundir e imponer las ideologías. Son muchos los sistemas económicos y
sociales que hoy se proponen; es de desear que los expertos sepan encontrar en
ellos los principios básicos comunes de un sano comercio mundial. Ello será
fácil si todos y cada uno deponen sus prejuicios y se muestran dispuestos a un
diálogo sincero.
Algunas normas oportunas
86.
Para esta cooperación parecen oportunas las normas siguientes:
a)
Los pueblos que están en vías de desarrollo entiendan bien que han de buscar
expresa y firmemente, como fin propio del progreso, la plena perfección humana
de sus ciudadanos. Tengan presente que el progreso surge y se acrecienta
principalmente por medio del trabajo y la preparación de los propios pueblos,
progreso que debe ser impulsado no sólo con las ayudas exteriores, sino ante
todo con el desenvolvimiento de las propias fuerzas y el cultivo de las dotes y
tradiciones propias. En esta tarea deben sobresalir quienes ejercen mayor
influjo sobre sus conciudadanos.
b)
Por su parte, los pueblos ya desarrollados tienen la obligación gravísima de
ayudar a los países en vías de desarrollo a cumplir tales cometidos. Por lo
cual han de someterse a las reformas psicológicas y materiales que se requieren
para crear esta cooperación internacional. Busquen así, con sumo cuidado en las
relaciones comerciales con los países más débiles y pobres, el bien de estos
últimos, porque tales pueblos necesitan para su propia sustentación los
beneficios que logran con la venta de sus mercancías.
c)
Es deber de la comunidad internacional regular y estimular el desarrollo de
forma que los bienes a este fin destinados sean invertidos con la mayor
eficacia y equidad. Pertenece también a dicha comunidad, salvado el principio
de la acción subsidiaria, ordenar las relaciones económicas en todo el mundo
para que se ajusten a la
justicia. Fúndense instituciones capaces de promover y de
ordenar el comercio internacional, en particular con las naciones menos
desarrolladas, y de compensar los desequilibrios que proceden de la excesiva
desigualdad de poder entre las naciones. Esta ordenación, unida a otras ayudas
de tipo técnico, cultural o monetario, debe ofrecer los recursos necesarios a
los países que caminan hacia el progreso, de forma que puedan lograr
convenientemente el desarrollo de su propia economía.
d)
En muchas ocasiones urge la necesidad de revisar las estructuras económicas y
sociales; pero hay que prevenirse frente a soluciones técnicas poco ponderadas
y sobre todo aquellas que ofrecen al hombre ventajas materiales, pero se oponen
a la naturaleza y al perfeccionamiento espiritual del hombre. Pues no sólo de
pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4).
Cualquier parcela de la familia humana, tanto en sí misma como en sus mejores
tradiciones, lleva consigo algo del tesoro espiritual confiado por Dios a la
humanidad, aunque muchos desconocen su origen.
Cooperación internacional en lo tocante al crecimiento demográfico
87.
Es sobremanera necesaria la cooperación internacional en favor de aquellos
pueblos que actualmente con harta frecuencia, aparte de otras muchas
dificultades, se ven agobiados por la que proviene del rápido aumento de su
población. Urge la necesidad de que, por medio de una plena e intensa
cooperación de todos los países, pero especialmente de los más ricos, se halle
el modo de disponer y de facilitar a toda la comunidad humana aquellos bienes
que son necesarios para el sustento y para la conveniente educación del hombre.
Son varios los países que podrían mejorar mucho sus condiciones de vida si
pasaran, dotados de la conveniente enseñanza, de métodos agrícolas arcaicos al
empleo de las nuevas técnicas, aplicándolas con la debida prudencia a sus
condiciones particulares una vez que se haya establecido un mejor orden social
y se haya distribuido más equitativamente la propiedad de las tierras.
Los
gobiernos respectivos tienen derechos y obligaciones, en lo que toca a los
problemas de su propia población, dentro de los límites de su específica
competencia. Tales son, por ejemplo, la legislación social y la familiar, la
emigración del campo a la ciudad, la información sobre la situación y
necesidades del país. Como hoy la agitación que en torno a este problema sucede
a los espíritus es tan intensa, es de desear que los católicos expertos en
todas estas materias, particularmente en las universidades, continúen con
intensidad los estudios comenzados y los desarrollen cada vez más.
Dado
que muchos afirman que el crecimiento de la población mundial, o al menos el de
algunos países, debe frenarse por todos los medios y con cualquier tipo de
intervención de la autoridad pública, el Concilio exhorta a todos a que se
prevenga frente a las soluciones, propuestas en privado o en público y a veces
impuestas, que contradicen a la moral. Porque , conforme al inalienable derecho del
hombre al matrimonio y a la procreación, la decisión sobre el número de hijos
depende del recto juicio de los padres, y de ningún modo puede someterse al
criterio de la autoridad pública. Y como el juicio de los padres requiere como
presupuesto una conciencia rectamente formada, es de gran importancia que todos
puedan cultivar una recta y auténticamente humana responsabilidad que tenga en
cuanta la ley divina, consideradas las circunstancias de la realidad y de la época. Pero esto exige
que se mejoren en todas partes las condiciones pedagógicas y sociales y sobre
todo que se dé una formación religiosa o, al menos, una íntegra educación
moral. Dése al hombre también conocimiento sabiamente cierto de los progresos
científicos con el estudio de los métodos que pueden ayudar a los cónyuges en
la determinación del número de hijos, métodos cuya seguridad haya sido bien
comprobada y cuya concordancia con el orden moral esté demostrada.
Misión de los cristianos en la cooperación internacional
88.
Cooperen gustosamente y de corazón los cristianos en la edificación del orden
internacional con la observancia auténtica de las legítimas libertades y la
amistosa fraternidad con todos, tanto más cuanto que la mayor parte de la
humanidad sufre todavía tan grandes necesidades, que con razón puede decirse
que es el propio Cristo quien en los pobres levanta su voz para despertar la
caridad de sus discípulos. Que no sirva de escándalo a la humanidad el que
algunos países, generalmente los que tienen una población cristiana sensiblemente
mayoritaria, disfrutan de la opulencia, mientras otros se ven privados de lo
necesario para la vida y viven atormentados por el hambre, las enfermedades y
toda clase de miserias. El espíritu de pobreza y de caridad son gloria y
testimonio de la Iglesia de Cristo.
Merecen,
pues, alabanza y ayuda aquellos cristianos, en especial jóvenes, que se ofrecen
voluntariamente para auxiliar a los demás hombres y pueblos. Más aún, es deber
del Pueblo de Dios, y los primeros los Obispos, con su palabra y ejemplo, el
socorrer, en la medida de sus fuerzas, las miserias de nuestro tiempo y
hacerlo, como era ante costumbre en la Iglesia, no sólo con los bienes
superfluos, sino también con los necesarios.
El
modo concreto de las colectas y de los repartos, sin que tenga que ser regulado
de manera rígida y uniforme, ha de establecerse, sin embargo, de modo
conveniente en los niveles diocesano, nacional y mundial, unida, siempre que
parezca oportuno, la acción de los católicos con la de los demás hermanos cristianos.
Porque el espíritu de caridad en modo alguno prohíbe el ejercicio fecundo y
organizado de la acción social caritativa, sino que lo impone obligatoriamente.
Por eso es necesario que quienes quieren consagrarse al servicio de los pueblos
en vías de desarrollo se formen en instituciones adecuadas.
Presencia eficaz de la Iglesia en la comunidad internacional
89.
La Iglesia, cuando predica, basada en su misión divina, el Evangelio a todos
los hombres y ofrece los tesoros de la gracia, contribuye a la consolidación de
la paz en todas partes y al establecimiento de la base firme de la convivencia
fraterna entre los hombres y los pueblos, esto es, el conocimiento de la ley
divina y natural. Es éste el motivo de la absolutamente necesaria presencia de
la Iglesia en la comunidad de los pueblos para fomentar e incrementar la
cooperación de todos, y ello tanto por sus instituciones públicas como por la
plena y sincera colaboración de los cristianos, inspirada pura y exclusivamente
por el deseo de servir a todos.
Este
objetivo podrá alcanzarse con mayor eficacia si los fieles, conscientes de su
responsabilidad humana y cristiana, se esfuerzan por despertar en su ámbito
personal de vida la pronta voluntad de cooperar con la comunidad internacional.
En esta materia préstese especial cuidado a la formación de la juventud tanto
en la educación religiosa como en la civil.
Participación del cristiano en las instituciones internacionales
90.
Forma excelente de la actividad internacional de los cristianos es, sin duda,
la colaboración que individual o colectivamente prestan en las instituciones
fundadas o por fundar para fomentar la cooperación entre las naciones. A la
creación pacífica y fraterna de la comunidad de los pueblos pueden servir
también de múltiples maneras las varias asociaciones católicas internacionales,
que hay que consolidar aumentando el número de sus miembros bien formados, los
medios que necesitan y la adecuada coordinación de energías. La eficacia en la
acción y la necesidad del diálogo piden en nuestra época iniciativas de equipo.
Estas asociaciones contribuyen además no poco al desarrollo del sentido
universal, sin duda muy apropiado para el católico, y a la formación de una
conciencia de la genuina solidaridad y responsabilidad universales.
Es
de desear, finalmente, que los católicos, para ejercer como es debido su
función en la comunidad internacional, procuren cooperar activa y positivamente
con los hermanos separados que juntamente con ellos practican la caridad
evangélica, y también con todos los hombres que tienen sed de auténtica paz.
El
Concilio, considerando las inmensas calamidades que oprimen todavía a la
mayoría de la humanidad, para fomentar en todas partes la obra de la justicia y
el amor de Cristo a los pobres juzga muy oportuno que se cree un organismo
universal de la Iglesia que tenga como función estimular a la comunidad
católica para promover el desarrollo a los países pobres y la justicia social
internacional.
CONCLUSIÓN
Tarea de cada fiel y de las Iglesias particulares
91.
Todo lo que, extraído del tesoro doctrinal de la Iglesia, ha propuesto el
Concilio, pretende ayudar a todos los hombres de nuestros días, a los que creen
en Dios y a los que no creen en El de forma explícita, a fin de que, con la más
clara percepción de su entera vocación, ajusten mejor el mundo a la superior
dignidad del hombre, tiendan a una fraternidad universal más profundamente
arraigada y, bajo el impulso del amor, con esfuerzo generoso y unido, respondan
a las urgentes exigencias de nuestra edad.
Ante
la inmensa diversidad de situaciones y de formas culturales que existen hoy en
el mundo, esta exposición, en la mayoría de sus partes, presenta
deliberadamente una forma genérica; más aún, aunque reitera la doctrina
recibida en la Iglesia, como más de una vez trata de materias sometidas a
incesante evolución, deberá ser continuada y aplicada en el futuro. Confiamos,
sin embargo, que muchas de las cosas que hemos dicho, apoyados en la palabra de
Dios y en el espíritu del Evangelio, podrán prestar a todos valiosa ayuda,
sobre todo una vez que la adaptación a cada pueblo y a cada mentalidad haya
sido llevada a cabo por los cristianos bajo la dirección de los pastores.
El diálogo entre todos los hombres
92.
La Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a todo el orbe con el
mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu a todos los hombres de
cualquier nación, raza o cultura, se convierte en señal de la fraternidad que
permite y consolida el diálogo sincero.
Lo
cual requiere, en primer lugar, que se promueva en el seno de la Iglesia la
mutua estima, respeto y concordia, reconociendo todas las legítimas
diversidades, para abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre
todos los que integran el único Pueblo de Dios, tanto los pastores como los
demás fieles. Los lazos de unión de los fieles son mucho más fuertes que los
motivos de división entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo
dudoso, caridad en todo.
Nuestro
espíritu abraza al mismo tiempo a los hermanos que todavía no viven unidos a
nosotros en la plenitud de comunión y abraza también a sus comunidades. Con
todos ellos nos sentimos unidos por la confesión del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo y por el vínculo de la caridad, conscientes de que la unidad de
los cristianos es objeto de esperanzas y de deseos hoy incluso por muchos que
no creen en Cristo. Los avances que esta unidad realice en la verdad y en la
caridad bajo la poderosa virtud y la paz para el universo mundo. Por ello, con
unión de energías y en formas cada vez más adecuadas para lograr hoy con
eficacia este importante propósito, procuremos que, ajustándonos cada vez más
al Evangelio, cooperemos fraternalmente para servir a la familia humana, que
está llamada en Cristo Jesús a ser la familia de los hijos de Dios.
Nos
dirigimos también por la misma razón a todos los que creen en Dios y conservan
en el legado de sus tradiciones preciados elementos religiosos y humanos,
deseando que el coloquio abierto nos mueva a todos a recibir fielmente los
impulsos del Espíritu y a ejecutarlos con ánimo alacre.
El
deseo de este coloquio, que se siente movido hacia la verdad por impulso
exclusivo de la caridad, salvando siempre la necesaria prudencia, no excluye a
nadie por parte nuestra, ni siquiera a los que cultivan los bienes esclarecidos
del espíritu humano, pero no reconocen todavía al Autor de todos ellos. Ni
tampoco excluye a aquellos que se oponen a la Iglesia y la persiguen de varias
maneras. Dios Padre es el principio y el fin de todos. Por ello, todos estamos
llamados a ser hermanos. En consecuencia, con esta común vocación humana y
divina, podemos y debemos cooperar, sin violencias, sin engaños, en verdadera
paz, a la edificación del mundo.
Edificación del mundo y orientación de éste a Dios
93.
Los cristianos recordando la palabra del Señor: En esto conocerán todos que
sois mis discípulos, en el amor mutuo que os tengáis (Io 13,35), no
pueden tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con
suma eficacia a los hombres de hoy. Por consiguiente, con la fiel adhesión al
Evangelio y con el uso de las energías propias de éste, unidos a todos los que
aman y practican la justicia, han tomado sobre sí una tarea ingente que han de
cumplir en la tierra, y de la cual deberán responder ante Aquel que juzgará a
todos en el último día. No todos los que dicen: "¡Señor, Señor!",
entrarán en el reino de los cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del
Padre y ponen manos a la
obra. Quiere el Padre que reconozcamos y amemos efectivamente
a Cristo, nuestro hermano, en todos los hombres, con la palabra y con las
obras, dando así testimonio de la Verdad, y que comuniquemos con los demás el
misterio del amor del Padre celestial. Por esta vía, en todo el mundo los
hombres se sentirán despertados a una viva esperanza, que es don del Espíritu
Santo, para que, por fin, llegada la hora, sean recibidos en la paz y en la
suma bienaventuranza en la patria que brillará con la gloria del Señor.
"Al
que es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de lo que pedimos o
pensamos, en virtud del poder que actúa en nosotros, a El sea la gloria en la
Iglesia y en Cristo Jesús, en todas las generaciones, por los siglos de los
siglos. Amén." (Eph 3,20-21).
Todas
y cada una de las cosas que en esta Constitución pastoral se incluyen han
obtenido el beneplácito de los Padres del sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud
de la autoridad apostólica a Nos confiada por Cristo, todo ello, juntamente con
los venerables Padres, lo aprobamos en el Espíritu Santo, decretamos y
establecemos, y ordenamos que se promulgue, para gloria de Dios, todo lo
aprobado conciliarmente.-
Roma, en San Pedro , 7 de diciembre de 1965.
Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica.
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