Texto tomado del Concilio Vaticano II
(1962-65).
De la Constitución Pastoral, «GAUDIUM ET SPES», Primera Parte.
Hay que responder a las mociones del Espíritu
11. El Pueblo de Dios, movido por
la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor,
que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y
deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos
verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. La fe todo lo ilumina con
nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por
ello orienta la menta hacia soluciones plenamente humanas.
El Concilio se propone, ante todo,
juzgar bajo esta luz los valores que hoy disfrutan la máxima consideración y
enlazarlos de nuevo con su fuente divina. Estos valores, por proceder de la
inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bondad extraordinaria;
pero, a causa de la corrupción del corazón humano, sufren con frecuencia
desviaciones contrarias a su debida ordenación. Por ello necesitan
purificación.
¿Qué piensa del hombre la Iglesia ? ¿Qué criterios
fundamentales deben recomendarse para levantar el edificio de la sociedad
actual? ¿Qué sentido último tiene la acción humana en el universo? He aquí las
preguntas que aguardan respuesta. Esta hará ver con claridad que el Pueblo de
Dios y la humanidad, de la que aquél forma parte, se prestan mutuo servicio, lo
cual demuestra que la misión de la
Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana.
CAPÍTULO I
El hombre, imagen de Dios
12. Creyentes y no
creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la
tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos.
Pero, ¿qué es el hombre?
Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre sí mismo. Diversas
e incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo como regla absoluta o
hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad se siguen en
consecuencia. La Iglesia
siente profundamente estas dificultades, y, aleccionada por la Revelación divina,
puede darles la respuesta que perfile la verdadera situación del hombre, dé
explicación a sus enfermedades y permita conocer simultáneamente y con acierto
la dignidad y la vocación propias del hombre.
Pero Dios no creó al
hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer (Gen
l,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión
de personas humanas. El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser
social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los
demás.
Dios, pues, nos dice
también la Biblia ,
miró cuanto había hecho, y lo juzgó muy bueno (Gn 1,31).
El pecado
13. Creado por Dios en
la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio
exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y
pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero
no le glorificaron como a Dios. Obscurecieron su estúpido corazón y prefirieron
servir a la criatura, no al Creador. Lo que la Revelación divina nos
dice coincide con la experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su
corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males,
que no pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a reconocer
a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin
último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona
como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación.
Es esto lo que explica
la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la
colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el
mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de
domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de
sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para
liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al
príncipe de este mundo (cf. Io 12,31), que le retenía en la esclavitud
del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud.
A la luz de esta Revelación, la sublime vocación y
la miseria profunda que el hombre experimenta hallan simultáneamente su última
explicación.
Constitución del hombre
14. En la unidad de
cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del
universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza
la voz para la libre alabanza del Creador. No debe, por tanto, despreciar la vida
corporal, sino que, por el contrario, debe tener por bueno y honrar a su propio
cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día. Herido por
el pecado, experimenta, sin embargo, la rebelión del cuerpo. La propia dignidad
humana pide, pues, que glorifique a Dios en su cuerpo y no permita que lo
esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón.
No se equivoca el hombre
al afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya
como partícula de la naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana.
Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero; a esta profunda
interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda,
escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la mirada de Dios,
decide su propio destino. Al afirmar, por tanto, en sí mismo la espiritualidad
y la inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de un espejismo ilusorio
provocado solamente por las condiciones físicas y sociales exteriores, sino que
toca, por el contrario, la verdad más profunda de la realidad.
Dignidad de la inteligencia, verdad y
sabiduría
15. Tiene razón el
hombre, participante de la luz de la inteligencia divina, cuando afirma que por
virtud de su inteligencia es superior al universo material. Con el ejercicio
infatigable de su ingenio a lo largo de los siglos, la humanidad ha realizado
grandes avances en las ciencias positivas, en el campo de la técnica y en la
esfera de las artes liberales. Pero en nuestra época ha obtenido éxitos
extraordinarios en la investigación y en el dominio del mundo material.
Siempre, sin embargo, ha buscado y ha encontrado una verdad más profunda. La
inteligencia no se ciñe solamente a los fenómenos. Tiene capacidad para
alcanzar la realidad inteligible con verdadera certeza, aunque a consecuencia
del pecado esté parcialmente oscurecida y debilitada.
Finalmente, la
naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y debe
perfeccionarse por medio de la sabiduría, la cual atrae con suavidad la mente
del hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y del bien. Imbuido por ella,
el hombre se alza por medio de lo visible hacia lo invisible.
Nuestra época, más que
ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos
descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si
no forman hombres más instruidos en esta sabiduría. Debe advertirse a este
respecto que muchas naciones económicamente pobres, pero ricas en esta
sabiduría, pueden ofrecer a las demás una extraordinaria aportación.
Con el don del Espíritu
Santo, el hombre llega por la fe a contemplar y saborear el misterio del plan
divino.
Dignidad de la conciencia moral
16. En lo más profundo
de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta
a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es
necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar
el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene
una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad
humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más
secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios,
cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que
de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de
Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los
demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos
problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor
es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las
personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a
las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que
yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida
de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de
buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente
entenebreciendo por el hábito del pecado.
Grandeza de la libertad
17. La orientación del
hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la libertad, la cual posee un
valor que nuestros contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con toda razón.
Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada, como si fuera pura
licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala. La
verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha
querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque
espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la
plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que
el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e
inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego
impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad
cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin
con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con
eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana, herida por el pecado, para
dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse necesariamente
en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuanta de su vida ante el
tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya observado.
El misterio de la muerte
18. El máximo enigma de
la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución
progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición
perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva
de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí
lleva, por se irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos
los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sea, no pueden calmar
esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología
no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del
corazón humano.
Mientras toda
imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia , aleccionada por la Revelación divina,
afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más
allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la
muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será
vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en
la salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado y llama al hombre a
adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la
incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta
victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. Para
todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde
satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del
hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros
mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de
que poseen ya en Dios la vida verdadera.
Formas y raíces del ateísmo
19. La razón más alta de
la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios.
Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe
pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que
lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando
reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador. Muchos son,
sin embargo, los que hoy día se desentienden del todo de esta íntima y vital
unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es este ateísmo uno de los
fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser examinado con toda atención.
La palabra “ateísmo”
designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman
que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión
teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como inútil el propio
planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente los límites sobre
esta base puramente científica o, por el contrario, rechazan sin excepción toda
verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido
la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación del
hombre que la negación de Dios. Hay quienes imaginan un Dios por ellos
rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera
se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no
sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por
el hecho religiosos. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta
contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del
carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente
como sucedáneos de Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí
por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el
acceso del hombre a Dios.
Quienes voluntariamente
pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas,
desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin
embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad.
Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno
originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se debe
contar también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente en algunas
zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual, en esta
génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en
cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición
inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa,
moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de
la religión.
El ateísmo sistemático
20. Con frecuencia, el
ateísmo moderno reviste también la forma sistemática, la cual, dejando ahora
otras causas, lleva el afán de autonomía humana hasta negar toda dependencia
del hombre respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo afirman que la
esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el
único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no puede conciliarse,
según ellos, con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o por lo
menos tal afirmación de Dios es completamente superflua. El sentido de poder
que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina.
Entre las formas del
ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la liberación del hombre
principalmente en su liberación económica y social. Pretende este ateísmo que
la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación,
porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria,
apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso,
cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio político del Estado,
atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en
materia educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene a su
alcance el poder público.
Actitud de la Iglesia ante el ateísmo
21. La Iglesia , fiel a Dios y fiel
a los hombres, no puede dejar de reprobar con dolor, pero con firmeza, como
hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas doctrinas y conductas, que son
contrarias a la razón y a la experiencia humana universal y privan al hombre de
su innata grandeza.
Quiere, sin embargo,
conocer las causas de la negación de Dios que se esconden en la mente del
hombre ateo. Consciente de la gravedad de los problemas planteados por el
ateísmo y movida por el amor que siente a todos los hombres, la Iglesia juzga que los motivos
del ateísmo deben ser objeto de serio y más profundo examen.
Todo hombre resulta para
sí mismo un problema no resuelto, percibido con cierta obscuridad. Nadie en
ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos más importantes de la vida,
puede huir del todo el interrogante referido. A este problema sólo Dios da
respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al hombre a pensamientos
más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad.
El remedio del ateísmo
hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de
vida de la Iglesia
y de sus miembros. A la
Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a
su Hijo encarnado con la continua renovación y purificación propias bajo la
guía del Espíritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una
fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las dificultades y
poderlas vencer. Numerosos mártires dieron y dan preclaro testimonio de esta
fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la
profana, de los creyentes, e impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo
respecto del necesitado. Mucho contribuye, finalmente, a esta afirmación de la
presencia de Dios el amor fraterno de los fieles, que con espíritu unánime
colaboran en la fe del Evangelio y se alzan como signo de unidad.
Cristo, el Hombre nuevo
22. En realidad, el
misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.
Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir,
Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que
todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su
corona.
El que es imagen de
Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha
devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer
pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada
también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se
ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó
con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de
hombre. Nacido de la
Virgen María , se hizo verdaderamente uno de los nuestros,
semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado.
Cordero inocente, con la
entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En El Dios nos reconcilió
consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado,
por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me
amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2,20). Padeciendo por
nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió el camino, con
cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.
El hombre cristiano,
conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos,
recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le
capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que
es prenda de la herencia (Eph 1,14), se restaura internamente
todo el hombre hasta que llegue la redención del cuerpo (Rom
8,23). Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita
en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también
vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en
vosotros (Rom 8,11). Urgen al cristiano la necesidad y el deber de
luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la
muerte. Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de
Cristo, llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección.
Esto vale no solamente
para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en
cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la
vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En
consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad
de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual.
Este es el gran misterio
del hombre que la
Revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en
Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio
nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la
muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: Abba!,¡Padre!
* * *
PAULUS
EPISCOPUS
SERVUS SERVORUM DEI
UNA CUM SACROSANCTI CONCILII PATRIBUS
AD PERPETUAM REI MEMORIAM
SERVUS SERVORUM DEI
UNA CUM SACROSANCTI CONCILII PATRIBUS
AD PERPETUAM REI MEMORIAM
CONSTITUTIO
PASTORALIS DE ECCLESIA
IN MUNDO HUIUS TEMPORIS (1)
GAUDIUM ET SPES
IN MUNDO HUIUS TEMPORIS (1)
GAUDIUM ET SPES
[Proemius]
PARS
I
DE
ECCLESIA ET VOCATIONE HOMINIS
11. Impulsionibus Spiritus respondendum.
Populus
Dei, fide motus, qua credit se a Spiritu Domini duci qui replet orbem terrarum,
in eventibus, exigentiis atque optatis, quorum una cum ceteris nostrae aetatis
hominibus partem habet, quaenam in illis sint vera signa praesentiae vel
consilii Dei, discernere satagit. Fides enim omnia novo lumine illustrat et
divinum propositum de integra hominis vocatione manifestat, ideoque ad
solutiones plene humanas mentem dirigit.
Concilium
imprimis illos valores, qui hodie maxime aestimantur, sub hoc lumine diiudicare
et ad fontem suum divinum referre intendit. Hi enim valores, prout ex hominis
ingenio eidem divinitus collato procedunt, valde boni sunt; sed ex corruptione
humani cordis a sua debita ordinatione non raro detorquentur, ita ut
purificatione indigeant.
Quid
Ecclesia de homine sentit? Quaenam ad societatem hodiernam aedificandam
commendanda videntur? Quaenam est significatio ultima humanae navitatis in
universo mundo? Ad has quaestiones responsio exspectatur. Exinde luculentius
apparebit populum Dei et genus humanum, cui ille inseritur, servitium sibi
mutuo praestare, ita ut Ecclesiae missio religiosam et ex hoc ipso summe
humanam se exhibeat.
Caput
I
DE
HUMANAE PERSONAE DIGNITATE
12. De homine ad imaginem Dei.
Secundum credentium et non credentium fere concordem sententiam, omnia
quae in terra sunt ad hominem, tamquam ad centrum suum et culmen, ordinanda
sunt.
Quid
est autem homo? Multas opiniones de seipso protulit et profert, varias et etiam
contrarias, quibus saepe vel se tamquam absolutam regulam exaltat vel usque ad
desperationem deprimit, exinde anceps et anxius. Quas quidem difficultates
Ecclesia persentiens, a Deo revelante instructa eisdem responsum afferre
potest, quo vera hominis condicio delineetur, explanentur eius infirmitates,
simulque eius dignitas et vocatio recte agnosci possint.
Sacrae
enim Litterae docent hominem “ad imaginem Dei” creatum esse, capacem suum
Creatorem cognoscendi et amandi, ab eo tamquam dominum super omnes creaturas
terrenas constitutum (9), ut eas regeret, eisque uteretur, glorificans Deum (10).
“Quid est homo quod memor es eius? aut filius hominis, quoniam visitas eum?
Minuisti eum paulo minus ab angelis, gloria et honore coronasti eum, et
constituisti eum super opera manuum tuarum. Omnia subiecisti sub pedibus eius”
(Ps 8,5-7).
At
Deus non creavit hominem solum: nam inde a primordiis “masculum et feminam
creavit eos” (Gen 1,27), quorum consociatio primam formam efficit
communionis personarum. Homo etenim ex intima sua natura ens sociale est, atque
sine relationibus cum aliis nec vivere nec suas dotes expandere potest.
Deus
igitur, sicut iterum in sacra Pagina legimus, vidit “cuncta quae fecerat, et
erant valde bona” (Gen 1,31).
13. De peccato.
In
iustitia a Deo constitutus, homo tamen, suadente Maligno, inde ab exordio
historiae, libertate sua abusus est, seipsum contra Deum erigens et finem suum
extra Deum attingere cupiens. Cum cognovissent Deum, non sicut Deum
glorificaverunt, sed obscuratum est insipiens cor eorum et servierunt creaturae
potius quam Creatori (11). Quod Revelatione divina nobis innotescit, cum ipsa
experientia concordat. Nam homo, cor suum inspiciens, etiam ad malum inclinatum
se comperit et in multiplicibus malis demersum, quae a bono suo Creatore
provenire non possunt. Deum tamquam principium suum saepe agnoscere renuens,
etiam debitum ordinem ad finem suum ultimum, simul ac totam suam sive erga
seipsum sive erga alios homines et omnes res creatas ordinationem disrupit.
Ideo
in seipso divisus est homo. Quapropter tota vita hominum, sive singularis sive
collectiva, ut luctationem et quidem dramaticam se exhibet inter bonum et
malum, inter lucem et tenebras. Immo incapacem se invenit homo per seipsum mali
impugnationes efficaciter debellandi, ita ut unusquisque se quasi catenis
vinctum sentiat. At ipse Dominus venit ut hominem liberaret et confortaret, eum
interius renovans ac principem huius mundi (cf. Io 12,31) foras eiiciens
qui eum in servitute peccati retinebat (12). Peccatum autem minuit ipsum
hominem, a plenitudine consequenda eum repellens.
In
lumine huius Revelationis simul sublimis vocatio et profunda miseria, quas
homines experiuntur, rationem suam ultimam inveniunt.
14. De hominis constitutione.
Corpore et anima unus, homo per ipsam suam corporalem condicionem
elementa mundi materialis in se colligit, ita ut, per ipsum, fastigium suum
attingant et ad liberam Creatoris laudem vocem attollant (13). Vitam ergo
corporalem homini despicere non licet, sed e contra ipse corpus suum, utpote a
Deo creatum et ultima die resuscitandum, bonum et honore dignum habere tenetur.
Peccato tamen vulneratus, corporis rebelliones experitur. Ipsa igitur dignitas
hominis postulat ut Deum glorificet in corpore suo (14), neve illud pravis
cordis sui inclinationibus inservire sinat.
Homo
vero non fallitur, cum se rebus corporalibus superiorem agnoscit, et non tantum
ut particulam naturae aut anonymum elementum civitatis humanae seipsum
considerat. Interioritate enim sua universitatem rerum excedit: ad hanc
profundam interioritatem redit, quando convertitur ad cor, ubi Deus eum exspectat,
qui corda scrutatur (15), et ubi ipse sub oculis Dei de propria sorte decernit.
Itaque, animam spiritualem et immortalem in seipso agnoscens, non fallaci
figmento illuditur, a physicis tantum et socialibus condicionibus fluente, sed
e contra ipsam profundam rei veritatem attingit.
15. De dignitate intellectus, de veritate et de sapientia.
Recte
iudicat homo, divinae mentis lumen participans, se intellectu suo universitatem
rerum superare. Ingenium suum per saecula impigre exercendo ipse in scientiis
empiricis, artibus technicis et liberalibus sane profecit. Nostris autem
temporibus in mundo materiali praesertim investigando et sibi subiiciendo
egregios obtinuit successus. Semper tamen profundiorem veritatem quaesivit et
invenit. Intelligentia enim non ad sola phaenomena coarctatur, sed realitatem
intelligibilem cum vera certitudine adipisci valet, etiamsi, ex sequela
peccati, ex parte obscuratur et debilitatur.
Humanae
tandem personae intellectualis natura per sapientiam perficitur et perficienda
est, quae mentem hominis ad vera bonaque inquirenda ac diligenda suaviter
attrahit, et qua imbutus homo per visibilia ad invisibilia adducitur.
Aetas autem nostra,
magis quam saecula anteacta, tali sapientia indiget ut humaniora fiant
quaecumque nova ab homine deteguntur. Periclitatur enim sors
futura mundi nisi sapientiores suscitentur homines. Insuper notandum est plures
nationes, bonis quidem oeconomicis pauperiores, sapientia vero ditiores,
ceteris eximium emolumentum praestare posse.
Spiritus
Sancti dono, homo ad mysterium consilii divini contemplandum et sapiendum fide
accedit (16).
16. De dignitate conscientiae moralis.
In
imo conscientiae legem homo detegit, quam ipse sibi non dat, sed cui obedire
debet, et cuius vox, semper ad bonum amandum et faciendum ac malum vitandum eum
advocans, ubi oportet auribus cordis sonat: fac hoc, illud devita. Nam homo
legem in corde suo a Deo inscriptam habet, cui parere ipsa dignitas eius est et
secundum quam ipse iudicabitur (17). Conscientia est nucleus secretissimus
atque sacrarium hominis, in quo solus est cum Deo, cuius vox resonat in intimo
eius (18). Conscientia modo mirabili illa lex innotescit, quae in Dei et
proximi dilectione adimpletur (19). Fidelitate erga
conscientiam christiani cum ceteris hominibus coniunguntur ad veritatem
inquirendam et tot problemata moralia, quae tam in vita singulorum quam in
sociali consortione exsurgunt, in veritate solvenda. Quo magis ergo conscientia
recta praevalet, eo magis personae et coetus a caeco arbitrio recedunt et normis
obiectivis moralitatis conformari satagunt. Non raro tamen evenit ex ignorantia
invincibili conscientiam errare, quin inde suam dignitatem amittat. Quod autem
dici nequit cum homo de vero ac bono inquirendo parum curat, et conscientia ex
peccati consuetudine paulatim fere obcaecatur.
17. De praestantia libertatis.
At nonnisi libere homo ad bonum se convertere potest, quam libertatem
coaevi nostri magni faciunt ardenterque prosequuntur: et recte sane. Saepe tamen eam pravo
modo fovent, tamquam licentiam quidquid faciendi dummodo delectet, etiam malum.
Vera autem libertas eximium est divinae imaginis in homine signum. Voluit enim
Deus hominem relinquere in manu consilii sui (20), ita ut Creatorem suum sponte
quaerat et libere ad plenam et beatam perfectionem ei inhaerendo perveniat.
Dignitas igitur hominis requirit ut secundum consciam et liberam electionem
agat, personaliter scilicet ab intra motus et inductus, et non sub caeco
impulsu interno vel sub mera externa coactione. Talem vero dignitatem obtinet
homo cum, sese ab omni passionum captivitate liberans, finem suum in boni
libera electione persequitur et apta subsidia efficaciter ac sollerti industria
sibi procurat. Quam ordinationem ad Deum libertas hominis, a peccato vulnerata,
nonnisi gratia Dei adiuvante, plene actuosam efficere potest. Unicuique autem
ante tribunal Dei propriae vitae ratio reddenda erit, prout ipse sive bonum
sive malum gesserit (21).
18. De mysterio mortis.
Coram morte aenigma
condicionis humanae maximum evadit. Non tantum cruciatur homo dolore et
corporis dissolutione progrediente, sed etiam, immo magis, perpetuae
extinctionis timore. Recte autem instinctu cordis
sui iudicat, cum totalem ruinam et definitivum exitum suae personae abhorret et
respuit. Semen aeternitatis quod in se gerit, ad solam
materiam cum irreductibile sit, contra mortem insurgit. Omnia technicae artis
molimina, licet perutilia, anxietatem hominis sedare non valent: prorogata enim
biologica longaevitas illi ulterioris vitae desiderio satisfacere nequit, quod
cordi eius ineluctabiliter inest.
Dum coram morte omnis imaginatio deficit, Ecclesia tamen, Revelatione
divina edocta, hominem ad beatum finem, ultra terrestris miseriae limites, a
Deo creatum esse affirmat. Mors insuper corporalis, a qua
homo si non peccasset subtractus fuisset (22), fides christiana docet fore ut
vincatur, cum homo in salutem, culpa sua perditam, ab omnipotente et miserante
Salvatore restituetur. Deus enim hominem vocavit et vocat ut Ei in perpetua
incorruptibilis vitae divinae communione tota sua natura adhaereat. Quam
victoriam Christus, hominem a morte per mortem suam liberando, ad vitam
resurgens adeptus est (23). Cuicumque igitur recogitanti homini, fides, cum
solidis argumentis oblata, in eius anxietate de sorte futura responsum offert;
simulque facultatem praebet cum dilectis fratribus iam morte praereptis in
Christo communicandi, spem conferens eos veram vitam apud Deum adeptos esse.
19. De formis et radicibus atheismi.
Dignitatis
humanae eximia ratio in vocatione hominis ad communionem cum Deo consistit. Ad
colloquium cum Deo iam inde ab ortu suo invitatur homo: non enim exsistit, nisi
quia, a Deo ex amore creatus, semper ex amore conservatur; nec plene secundum
veritatem vivit, nisi amorem illum libere agnoscat et Creatori suo se
committat. Multi tamen ex coaevis nostris hanc intimam ac vitalem cum Deo
coniunctionem nequaquam perspiciunt aut explicite reiiciunt, ita ut atheismus
inter gravissimas huius temporis res adnumerandus sit ac diligentiori examini
subiiciendus.
Voce atheismi phaenomena
inter se valde diversa designantur. Dum enim a quibusdam Deus expresse negatur,
alii censent hominem nihil omnino de Eo asserere posse; alii vero quaestionem
de Deo tali methodo examini subiiciunt, ut illa sensu carere videatur. Multi,
scientiarum positivarum limites indebite praetergressi, aut omnia hac sola
scientifica ratione explicari contendunt aut e contra nullam omnino veritatem
absolutam iam admittunt. Quidam hominem tantopere exaltant, ut fides in Deum
quasi enervis fiat, magis proclives, ut videntur, ad affirmationem hominis quam
ad Dei negationem. Alii Deum sibi ita effingunt, ut illud figmentum, quod
repudiant, nullo modo Deus sit Evangelii. Alii
quaestiones de Deo ne aggrediuntur quidem, quippe qui inquietudinem religiosam
non experiri videantur nec percipiant quare de religione iam sibi curandum sit.
Atheismus
praeterea non raro oritur sive ex violenta contra malum in mundo protestatione,
sive ex nota ipsius absoluti quibusdam humanis bonis indebite adiudicata, ita
ut ista iam loco Dei habeantur. Ipsa civilizatio hodierna, non ex se, sed
utpote nimis rebus terrestribus intricata accessum ad Deum saepe difficiliorem
reddere potest.
Sane qui voluntarie Deum
a corde suo arcere et quaestiones religiosas devitare conantur, dictamen
conscientiae suae non secuti, culpae expertes non sunt; attamen et ipsi
credentes quamdam de hoc responsabilitatem saepe ferunt. Atheismus enim,
integre consideratus, non est quid originarium, sed potius ex diversis causis
oritur, inter quas adnumeratur etiam reactio critica contra religiones et
quidem, in nonnullis regionibus, praesertim contra religionem christianam.
Quapropter in hac atheismi genesi partem non parvam habere possunt credentes,
quatenus, neglecta fidei educatione, vel fallaci doctrinae expositione, vel
etiam vitae suae religiosae, moralis ac socialis defectibus, Dei et religionis
genuinum vultum potius velare quam revelare dicendi sint.
20. De atheismo systematico.
Atheismus modernus
formam etiam systematicam saepe praebet, quae, praeter alias causas, optatum
autonomiae hominis eo usque perducit ut contra qualemcumque a Deo dependentiam
difficultatem suscitet. Qui talem atheismum profitentur, libertatem in eo esse
contendunt quod homo sibi ipse sit finis, propriae suae historiae solus artifex
et demiurgus: quod componi non posse autumant cum agnitione Domini, omnium
rerum auctoris et finis, vel saltem talem affirmationem plane superfluam
reddere. Cui doctrinae favere potest sensus potentiae quem
hodiernus progressus technicus homini confert.
Inter
formas hodierni atheismi illa non praetermittenda est, quae liberationem
hominis praesertim ex eius liberatione oeconomica et sociali exspectat. Huic
autem liberationi religionem natura sua obstare contendit, quatenus, in futuram
fallacemque vitam spem hominis erigens, ipsum a civitatis terrestris
aedificatione deterreret. Unde fautores talis doctrinae, ubi ad regimen
reipublicae accedunt, religionem vehementer oppugnant, atheismum diffundentes
etiam adhibitis, praesertim in iuvenum educatione, illis pressionis mediis,
quibus potestas publica pollet.
21. De habitudine Ecclesiae ad atheismum.
Ecclesia, fideliter tum
Deo tum hominibus addicta, desistere non potest quin dolenter perniciosas illas
doctrinas actionesque, quae rationi et communi experientiae humanae
contradicunt hominemque ab innata eius excellentia deiiciunt, omni firmitate
reprobet, sicut antehac reprobavit (24).
Abditas tamen in
atheorum mente negationis Dei causas deprehendere conatur et, de gravitate
quaestionum quas atheismus excitat conscia necnon caritate erga omnes homines
ducta, eas serio ac profundiori examini subiiciendas esse censet.
Tenet Ecclesia
agnitionem Dei dignitati hominis nequaquam opponi, cum huiusmodi dignitas in
ipso Deo fundetur et perficiatur: homo enim a Deo creante intelligens ac liber
in societate constituitur; sed praesertim ad ipsam Dei communionem ut filius
vocatur et ad Ipsius felicitatem participandam. Docet
praeterea per spem eschatologicam momentum munerum terrestrium non minui, sed
potius eorum adimpletionem novis motivis fulciri. Deficientibus e contra
fundamento divino et spe vitae aeternae, hominis dignitas gravissime laeditur,
ut saepe hodie constat, atque vitae et mortis, culpae et doloris aenigmata sine
solutione manent, ita ut homines in desperationem non raro deiiciantur.
Omnis homo interea sibi
ipsi remanet quaestio insoluta, subobscure percepta. Nemo enim quibusdam
momentis, praecipue in maioribus vitae eventibus, praefatam interrogationem
omnino effugere valet. Cui quaestioni solus Deus
plene et omni certitudine responsum affert, qui ad altiorem cogitationem et
humiliorem inquisitionem hominem vocat.
Remedium autem atheismo
afferendum, cum a doctrina apte exposita, tum ab integra Ecclesiae eiusque
membrorum vita exspectandum est. Ecclesiae enim est Deum Patrem
eiusque Filium incarnatum praesentem et quasi visibilem reddere, ductu Spiritus
Sancti sese indesinenter renovando et purificando (25). Id imprimis obtinetur
testimonio fidei vivae et maturae, ad hoc scilicet educatae ut difficultates
lucide perspicere valeat easque superare. Huius fidei testimonium praeclarum
plurimi martyres reddiderunt et reddunt. Quae fides suam fecunditatem
manifestare debet, credentium integram vitam, etiam profanam, penetrando,
eosque ad iustitiam et amorem, praesertim erga egentes, movendo. Ad praesentiam
Dei manifestandam maxime denique confert caritas fraterna fidelium, qui spiritu
unanimes collaborant fidei Evangelii (26), et signum unitatis se exhibent.
Ecclesia
vero, etiamsi atheismum omnino reiicit, sincere tamen profitetur homines omnes,
credentes et non credentes, ad hunc mundum, in quo communiter vivunt, recte
aedificandum opem conferre debere: quod certe fieri non potest sine sincero et
prudenti colloquio. Conqueritur igitur de discrimine inter credentes et non
credentes, quod quidam civitatum rectores, personae humanae iura fundamentalia
non agnoscentes, iniuste inducunt. Pro credentibus vero actuosam libertatem
expostulat ut in hoc mundo etiam Dei templum exstruere sinantur. Atheos autem humaniter
invitat ut Evangelium Christi corde aperto considerent.
Apprime
etenim novit Ecclesia nuntium suum cum secretissimis humani cordis desideriis
concordare, cum vocationis humanae dignitatem vindicat, illis qui iam de
altiore sua sorte desperant spem restituens. Nuntium eius, nedum hominem
minuat, lucem, vitam et libertatem ad eius profectum fundit; atque praeter
illud nihil cordi hominis satisfacere valet: “Fecisti nos ad Te”, Domine, “et
inquietum est cor nostrum, donec requiescat in Te” (27).
22. De Christo Novo Homine.
Reapse nonnisi in mysterio Verbi incarnati mysterium hominis vere
clarescit. Adam enim, primus homo, erat figura futuri (28),
scilicet Christi Domini. Christus, novissimus Adam, in ipsa revelatione
mysterii Patris Eiusque amoris, hominem ipsi homini plene manifestat eique
altissimam eius vocationem patefacit. Nil igitur mirum in
Eo praedictas veritates suum invenire fontem atque attingere fastigium.
Qui est “imago Dei invisibilis” (Col
1,15) (29), Ipse est homo perfectus, qui Adae filiis similitudinem divinam,
inde a primo peccato deformatam, restituit. Cum in Eo natura humana assumpta,
non perempta sit (30), eo ipso etiam in nobis ad sublimem dignitatem evecta
est. Ipse enim, Filius Dei, incarnatione sua cum omni homine quodammodo Se
univit. Humanis
manibus opus fecit, humana mente cogitavit, humana voluntate egit (31), humano
corde dilexit. Natus de Maria Virgine, vere unus ex nostris factus
est, in omnibus nobis similis excepto peccato (32).
Agnus
innocens, sanguine suo libere effuso, vitam nobis meruit, in Ipsoque Deus nos
Sibi et inter nos reconciliavit (33) et a servitute diaboli ac peccati eripuit,
ita ut unusquisque nostrum cum Apostolo dicere possit: Filius Dei “dilexit me
et tradidit semetipsum pro me” (Gal 2,20). Pro nobis patiendo non
solummodo exemplum praebuit ut sequamur vestigia Eius (34), sed et viam
instauravit, quam dum sequimur, vita et mors sanctificantur novumque sensum
accipiunt.
Christianus
autem homo, conformis imagini Filii factus qui est Primogenitus in multis
fratribus (35), “primitias Spiritus” (Rom 8,23) accipit, quibus capax
fit legem novam amoris adimplendi (36). Per hunc Spiritum, qui est “pignus
hereditatis” (Eph 1,14), totus homo interius restauratur, usque ad “redemptionem
corporis” (Rom 8,23): “Si Spiritus Eius, qui suscitavit Iesum a mortuis,
habitat in vobis: qui suscitavit Iesum Christum a mortuis, vivificabit et
mortalia corpora vestra, propter inhabitantem Spiritum eius in vobis” (Rom 8,11)
(37). Christianum certe urgent necessitas et officium contra malum per multas
tribulationes certandi necnon mortem patiendi; sed mysterio paschali
consociatus, Christi morti configuratus, ad resurrectionem spe roboratus
occurret (38).
Quod
non tantum pro christifidelibus valet, sed et pro omnibus hominibus bonae
voluntatis in quorum corde gratia invisibili modo operatur (39). Cum enim pro
omnibus mortuus sit Christus (40) cumque vocatio hominis ultima revera una sit,
scilicet divina, tenere debemus Spiritum Sanctum cunctis possibilitatem offerre
ut, modo Deo cognito, huic paschali mysterio consocientur.
Tale et tantum est hominis mysterium, quod per Revelationem christianam
credentibus illucescit. Per Christum et in Christo, igitur, illuminatur aenigma
doloris et mortis, quod extra Eius Evangelium nos obruit. Christus resurrexit,
morte sua mortem destruens, vitamque nobis largitus est (41) ut, filii in
Filio, clamemus in Spiritu: Abba, Pater! (42)
* * *
PAOLO VESCOVO
SERVO DEI SERVI DI DIO
UNITAMENTE AI PADRI DEL SACRO CONCILIO
A PERPETUA MEMORIA
SERVO DEI SERVI DI DIO
UNITAMENTE AI PADRI DEL SACRO CONCILIO
A PERPETUA MEMORIA
COSTITUZIONE
PASTORALE
SULLA CHIESA NEL MONDO CONTEMPORANEO (1)
GAUDIUM ET SPES
SULLA CHIESA NEL MONDO CONTEMPORANEO (1)
GAUDIUM ET SPES
PARTE I
11. Rispondere agli impulsi dello Spirito.
Il popolo di Dio, mosso
dalla fede con cui crede di essere condotto dallo Spirito del Signore che
riempie l'universo, cerca di discernere negli avvenimenti, nelle richieste e
nelle aspirazioni, cui prende parte insieme con gli altri uomini del nostro
tempo, quali siano i veri segni della presenza o del disegno di Dio. La fede
infatti tutto rischiara di una luce nuova, e svela le intenzioni di Dio sulla
vocazione integrale dell'uomo, orientando così lo spirito verso soluzioni
pienamente umane.
In questa luce, il
Concilio si propone innanzitutto di esprimere un giudizio su quei valori che
oggi sono più stimati e di ricondurli alla loro divina sorgente.
Questi valori infatti,
in quanto procedono dall'ingegno umano che all'uomo è stato dato da Dio, sono
in sé ottimi ma per effetto della corruzione del cuore umano non raramente
vengono distorti dall'ordine richiesto, per cui hanno bisogno di essere
purificati.
Che pensa la Chiesa dell'uomo? Quali
orientamenti sembra debbano essere proposti per la edificazione della società
attuale? Qual è il significato ultimo della attività umana nell'universo?
Queste domande reclamano una riposta. In seguito, risulterà ancora più
chiaramente che il popolo di Dio e l'umanità, entro la quale esso è inserito,
si rendono reciproco servizio, così che la missione della Chiesa si mostra di
natura religiosa e per ciò stesso profondamente umana.
CAPITOLO I
Credenti e non credenti
sono generalmente d'accordo nel ritenere che tutto quanto esiste sulla terra
deve essere riferito all'uomo, come a suo centro e a suo vertice.
Ma che cos'è l'uomo?
Molte opinioni egli ha
espresso ed esprime sul proprio conto, opinioni varie ed anche contrarie,
secondo le quali spesso o si esalta così da fare di sé una regola assoluta, o
si abbassa fino alla disperazione, finendo in tal modo nel dubbio e
nell'angoscia.
Queste difficoltà la Chiesa le sente
profondamente e ad esse può dare una risposta che le viene dall'insegnamento
della divina Rivelazione, risposta che descrive la vera condizione dell'uomo,
dà una ragione delle sue miserie, ma in cui possono al tempo stesso essere
giustamente riconosciute la sua dignità e vocazione.
«
Che cosa è l'uomo, che tu ti ricordi di lui? o il figlio dell'uomo che tu ti
prenda cura di lui? L'hai fatto di poco
inferiore agli angeli, l'hai coronato di gloria e di onore, e l'hai costituito
sopra le opere delle tue mani. Tutto hai sottoposto ai suoi piedi » (Sal8,5).
Ma Dio non creò l'uomo
lasciandolo solo: fin da principio « uomo e donna li creò» (Gen1,27) e la loro
unione costituisce la prima forma di comunione di persone.
L'uomo, infatti, per sua
intima natura è un essere sociale, e senza i rapporti con gli altri non può
vivere né esplicare le sue doti.
Perciò Iddio, ancora
come si legge nella Bibbia, vide « tutte quante le cose che aveva fatte, ed
erano buone assai» (Gen1,31).
13. Il peccato.
Costituito da Dio in uno
stato di giustizia, l'uomo però, tentato dal Maligno, fin dagli inizi della
storia abusò della libertà, erigendosi contro Dio e bramando di conseguire il
suo fine al di fuori di lui.
Pur avendo conosciuto
Dio, gli uomini « non gli hanno reso l'onore dovuto... ma si è ottenebrato il
loro cuore insipiente »... e preferirono servire la creatura piuttosto che il
Creatore (11).
Quel che ci viene
manifestato dalla rivelazione divina concorda con la stessa esperienza.
Infatti l'uomo, se
guarda dentro al suo cuore, si scopre inclinato anche al male e immerso in
tante miserie, che non possono certo derivare dal Creatore, che è buono.
Spesso, rifiutando di
riconoscere Dio quale suo principio, l'uomo ha infranto il debito ordine in
rapporto al suo fine ultimo, e al tempo stesso tutta l'armonia, sia in rapporto
a se stesso, sia in rapporto agli altri uomini e a tutta la creazione.
Così l'uomo si trova
diviso in se stesso.
Per questo tutta la vita
umana, sia individuale che collettiva, presenta i caratteri di una lotta
drammatica tra il bene e il male, tra la luce e le tenebre.
Anzi l'uomo si trova
incapace di superare efficacemente da sé medesimo gli assalti del male, così
che ognuno si sente come incatenato.
Ma il Signore stesso è
venuto a liberare l'uomo e a dargli forza, rinnovandolo nell'intimo e
scacciando fuori «il principe di questo mondo» (Gv12,31), che lo teneva schiavo
del peccato (12).
Il peccato è, del resto,
una diminuzione per l'uomo stesso, in quanto gli impedisce di conseguire la
propria pienezza. Nella luce di questa Rivelazione trovano insieme la loro
ragione ultima sia la sublime vocazione, sia la profonda miseria, di cui gli
uomini fanno l'esperienza.
14. Costituzione dell'uomo.
Unità di anima e di
corpo, l'uomo sintetizza in sé, per la stessa sua condizione corporale, gli
elementi del mondo materiale, così che questi attraverso di lui toccano il loro
vertice e prendono voce per lodare in libertà il Creatore (13). Non è lecito
dunque disprezzare la vita corporale dell'uomo.
Al contrario, questi è
tenuto a considerare buono e degno di onore il proprio corpo, appunto perché
creato da Dio e destinato alla risurrezione nell'ultimo giorno.
E tuttavia, ferito dal
peccato, l'uomo sperimenta le ribellioni del corpo.
Perciò è la dignità
stessa dell'uomo che postula che egli glorifichi Dio nel proprio corpo (14) e
che non permetta che esso si renda schiavo delle perverse inclinazioni del
cuore.
L'uomo, in verità, non
sbaglia a riconoscersi superiore alle cose corporali e a considerarsi più che
soltanto una particella della natura o un elemento anonimo della città umana.
Infatti, nella sua
interiorità, egli trascende l'universo delle cose: in quelle profondità egli
torna, quando fa ritorno a se stesso, là dove lo aspetta quel Dio che scruta i
cuori (15) là dove sotto lo sguardo di Dio egli decide del suo destino. Perciò,
riconoscendo di avere un'anima spirituale e immortale, non si lascia illudere
da una creazione immaginaria che si spiegherebbe solamente mediante le
condizioni fisiche e sociali, ma invece va a toccare in profondo la verità
stessa delle cose.
15. Dignità dell'intelligenza, verità e
saggezza.
L'uomo ha ragione di
ritenersi superiore a tutto l'universo delle cose, a motivo della sua
intelligenza, con cui partecipa della luce della mente di Dio.
Con l'esercizio
appassionato dell'ingegno lungo i secoli egli ha fatto certamente dei progressi
nelle scienze empiriche, nelle tecniche e nelle discipline liberali Nell'epoca
nostra, poi, ha conseguito successi notevoli particolarmente nella
investigazione e nel dominio del mondo materiale.
E tuttavia egli ha
sempre cercato e trovato una verità più profonda.
L'intelligenza, infatti,
non si restringe all'ambito dei soli fenomeni, ma può conquistare con vera
certezza la realtà intelligibile, anche se, per conseguenza del peccato, si
trova in parte oscurata e debilitata. Infine, la natura intelligente della
persona umana può e deve raggiungere la perfezione. Questa mediante la sapienza
attrae con dolcezza la mente a cercare e ad amare il vero e il bene; l'uomo che
se ne nutre è condotto attraverso il visibile all'invisibile.
L'epoca nostra, più
ancora che i secoli passati, ha bisogno di questa sapienza per umanizzare tutte
le sue nuove scoperte. È in pericolo, di fatto, il futuro del mondo, a meno che
non vengano suscitati uomini più saggi. Inoltre va notato come molte nazioni,
economicamente più povere rispetto ad altre, ma più ricche di saggezza, potranno
aiutare potentemente le altre.
Col dono, poi, dello
Spirito Santo, l'uomo può arrivare nella fede a contemplare e a gustare il
mistero del piano divino (16).
16. Dignità della coscienza morale.
Nell'intimo della
coscienza l'uomo scopre una legge che non è lui a darsi, ma alla quale invece
deve obbedire. Questa voce, che lo chiama sempre ad amare, a fare il bene e a
fuggire il male, al momento opportuno risuona nell'intimità del cuore: fa
questo, evita quest'altro.
L'uomo ha in realtà una
legge scritta da Dio dentro al cuore; obbedire è la dignità stessa dell'uomo, e
secondo questa egli sarà giudicato (17). La coscienza è il nucleo più segreto e
il sacrario dell'uomo, dove egli è solo con Dio, la cui voce risuona
nell'intimità (18).
Tramite la coscienza si
fa conoscere in modo mirabile quella legge che trova il suo compimento
nell'amore di Dio e del prossimo (19). Nella fedeltà alla coscienza i cristiani
si uniscono agli altri uomini per cercare la verità e per risolvere secondo
verità numerosi problemi morali, che sorgono tanto nella vita privata quanto in
quella sociale. Quanto più, dunque, prevale la coscienza retta, tanto più le
persone e i gruppi si allontanano dal cieco arbitrio e si sforzano di
conformarsi alle norme oggettive della moralità. Tuttavia succede non di rado
che la coscienza sia erronea per ignoranza invincibile, senza che per questo
essa perda la sua dignità.
Ma ciò non si può dire
quando l'uomo poco si cura di cercare la verità e il bene, e quando la
coscienza diventa quasi cieca in seguito all'abitudine del peccato.
17. Grandezza della libertà.
Ma l'uomo può volgersi
al bene soltanto nella libertà.
I nostri contemporanei
stimano grandemente e perseguono con ardore tale libertà, e a ragione. Spesso
però la coltivano in modo sbagliato quasi sia lecito tutto quel che piace,
compreso il male.
La vera libertà, invece, è nell'uomo un segno
privilegiato dell'immagine divina.
Dio volle, infatti,
lasciare l'uomo « in mano al suo consiglio » (20) che cerchi spontaneamente il
suo Creatore e giunga liberamente, aderendo a lui, alla piena e beata
perfezione.
Perciò la dignità
dell'uomo richiede che egli agisca secondo scelte consapevoli e libere, mosso
cioè e determinato da convinzioni personali, e non per un cieco impulso
istintivo o per mera coazione esterna. L'uomo perviene a tale dignità quando,
liberandosi da ogni schiavitù di passioni, tende al suo fine mediante la scelta
libera del bene e se ne procura con la sua diligente iniziativa i mezzi
convenienti. Questa ordinazione verso Dio, la libertà dell'uomo, realmente
ferita dal peccato, non può renderla effettiva in pieno se non mediante l'aiuto
della grazia divina.
Ogni singolo uomo, poi,
dovrà rendere conto della propria vita davanti al tribunale di Dio, per tutto
quel che avrà fatto di bene e di male (21).
18. Il mistero della morte.
In faccia alla morte
l'enigma della condizione umana raggiunge il culmine.
L'uomo non è tormentato
solo dalla sofferenza e dalla decadenza progressiva del corpo, ma anche, ed
anzi, più ancora, dal timore di una distruzione definitiva.
Ma l'istinto del cuore
lo fa giudicare rettamente, quando aborrisce e respinge l'idea di una totale
rovina e di un annientamento definitivo della sua persona.
Il germe dell'eternità
che porta in sé, irriducibile com'è alla sola materia, insorge contro la morte.
Tutti i tentativi della tecnica, per quanto utilissimi, non riescono a calmare
le ansietà dell'uomo: il prolungamento di vita che procura la biologia non può
soddisfare quel desiderio di vita ulteriore, invincibilmente ancorato nel suo
cuore. Se qualsiasi immaginazione vien meno di fronte alla morte, la Chiesa invece, istruita
dalla Rivelazione divina, afferma che l'uomo è stato creato da Dio per un fine
di felicità oltre i confini delle miserie terrene. Inoltre la fede cristiana
insegna che la morte corporale, dalla quale l'uomo sarebbe stato esentato se
non avesse peccato (22), sarà vinta un giorno, quando l'onnipotenza e la
misericordia del Salvatore restituiranno all'uomo la salvezza perduta per sua
colpa. Dio infatti ha chiamato e chiama l'uomo ad aderire a lui con tutto il
suo essere, in una comunione perpetua con la incorruttibile vita divina. Questa
vittoria l'ha conquistata il Cristo risorgendo alla vita, liberando l'uomo
dalla morte mediante la sua morte (23).
Pertanto la fede,
offrendosi con solidi argomenti a chiunque voglia riflettere, dà una risposta
alle sue ansietà circa la sorte futura; e al tempo stesso dà la possibilità di
una comunione nel Cristo con i propri cari già strappati dalla morte, dandoci
la speranza che essi abbiano già raggiunto la vera vita presso Dio.
19. Forme e radici dell'ateismo.
L'aspetto più sublime
della dignità dell'uomo consiste nella sua vocazione alla comunione con Dio.
Fin dal suo nascere l'uomo è invitato al dialogo con Dio.
Se l'uomo esiste,
infatti, è perché Dio lo ha creato per amore e, per amore, non cessa di dargli
l'esistenza; e l'uomo non vive pienamente secondo verità se non riconosce
liberamente quell'amore e se non si abbandona al suo Creatore. Molti nostri contemporanei,
tuttavia, non percepiscono affatto o esplicitamente rigettano questo intimo e
vitale legame con Dio: a tal punto che l'ateismo va annoverato fra le realtà
più gravi del nostro tempo e va esaminato con diligenza ancor maggiore. Con il
termine « ateismo » vengono designati fenomeni assai diversi tra loro.
Alcuni atei, infatti,
negano esplicitamente Dio; altri ritengono che l'uomo non possa dir niente di
lui; altri poi prendono in esame i problemi relativi a Dio con un metodo tale
che questi sembrano non aver senso. Molti, oltrepassando indebitamente i
confini delle scienze positive, o pretendono di spiegare tutto solo da questo
punto di vista scientifico, oppure al contrario non ammettono ormai più alcuna
verità assoluta. Alcuni tanto esaltano l'uomo, che la fede in Dio ne risulta
quasi snervata, inclini come sono, a quanto sembra, ad affermare l'uomo più che
a negare Dio.
Altri si creano una tale
rappresentazione di Dio che, respingendolo, rifiutano un Dio che non è affatto
quello del Vangelo. Altri nemmeno si pongono il problema di Dio: non sembrano
sentire alcuna inquietudine religiosa, né riescono a capire perché dovrebbero
interessarsi di religione. L'ateismo inoltre ha origine sovente, o dalla
protesta violenta contro il male nel mondo, o dall'aver attribuito
indebitamente i caratteri propri dell'assoluto a qualche valore umano, così che
questo prende il posto di Dio. Perfino la civiltà moderna, non per sua essenza,
ma in quanto troppo irretita nella realtà terrena, può rendere spesso più difficile
l'accesso a Dio.
Senza dubbio coloro che
volontariamente cercano di tenere lontano Dio dal proprio cuore e di evitare i
problemi religiosi, non seguendo l'imperativo della loro coscienza, non sono
esenti da colpa; tuttavia in questo campo anche i credenti spesso hanno una
certa responsabilità.
Infatti l'ateismo,
considerato nel suo insieme, non è qualcosa di originario, bensì deriva da
cause diverse, e tra queste va annoverata anche una reazione critica contro le
religioni, anzi in alcune regioni, specialmente contro la religione cristiana.
Per questo nella genesi
dell'ateismo possono contribuire non poco i credenti, nella misura in cui, per
aver trascurato di educare la propria fede, o per una presentazione ingannevole
della dottrina, od anche per i difetti della propria vita religiosa, morale e
sociale, si deve dire piuttosto che nascondono e non che manifestano il genuino
volto di Dio e della religione.
20. L'ateismo sistematico.
L'ateismo moderno si
presenta spesso anche in una forma sistematica, secondo cui, oltre ad altre
cause, l'aspirazione all'autonomia dell'uomo viene spinta a un tal punto, da
far ostacolo a qualunque dipendenza da Dio. Quelli che professano un tale
ateismo sostengono che la libertà consista nel fatto che l'uomo sia fine a se
stesso, unico artefice e demiurgo della propria storia; cosa che non può
comporsi, così essi pensano, con il riconoscimento di un Signore, autore e fine
di tutte le cose, o che almeno rende semplicemente superflua tale affermazione.
Una tale dottrina può
essere favorita da quel senso di potenza che l'odierno progresso tecnico ispira
all uomo. Tra le forme dell'ateismo moderno non va trascurata quella che si
aspetta la liberazione dell'uomo soprattutto dalla sua liberazione economica e
sociale La religione sarebbe di ostacolo, per natura sua, a tale liberazione,
in quanto, elevando la speranza dell'uomo verso il miraggio di una vita futura,
la distoglierebbe dall'edificazione della città terrena.
Perciò i fautori di tale
dottrina, là dove accedono al potere, combattono con violenza la religione e
diffondono l'ateismo anche ricorrendo agli strumenti di pressione di cui
dispone il potere pubblico, specialmente nel campo dell'educazione dei giovani.
21. Atteggiamento della Chiesa di fronte
all'ateismo.
Al contrario, invece, se
manca la base religiosa e la speranza della vita eterna, la dignità umana viene
lesa in maniera assai grave, come si constata spesso al giorno d'oggi, e gli
enigmi della vita e della morte, della colpa e del dolore rimangono senza
soluzione, tanto che non di rado gli uomini sprofondano nella disperazione. E
intanto ciascun uomo rimane ai suoi propri occhi un problema insoluto,
confusamente percepito. Nessuno, infatti, in certe ore e particolarmente in
occasione dei grandi avvenimenti della vita può evitare totalmente quel tipo di
interrogativi sopra ricordato.
A questi problemi
soltanto Dio dà una risposta piena e certa, lui che chiama l'uomo a una
riflessione più profonda e a una ricerca più umile. Quanto al rimedio
all'ateismo, lo si deve attendere sia dall'esposizione adeguata della dottrina
della Chiesa, sia dalla purezza della vita di essa e dei suoi membri. La Chiesa infatti ha il
compito di rendere presenti e quasi visibili Dio Padre e il Figlio suo
incarnato, rinnovando se stessa e purificandosi senza posa sotto la guida dello
Spirito Santo (25).
Ciò si otterrà anzi
tutto con la testimonianza di una fede viva e adulta, vale a dire
opportunamente formata a riconoscere in maniera lucida le difficoltà e capace
di superarle.
Di una fede simile han
dato e danno testimonianza sublime moltissimi martiri.
Questa fede deve
manifestare la sua fecondità, col penetrare l'intera vita dei credenti,
compresa la loro vita profana, e col muoverli alla giustizia e all'amore,
specialmente verso i bisognosi.
Ciò che contribuisce di
più, infine, a rivelare la presenza di Dio, è la carità fraterna dei fedeli che
unanimi nello spirito lavorano insieme per la fede del Vangelo (26) e si
presentano quale segno di unità. La
Chiesa , poi, pur respingendo in maniera assoluta l'ateismo,
tuttavia riconosce sinceramente che tutti gli uomini, credenti e non credenti,
devono contribuire alla giusta costruzione di questo mondo, entro il quale si
trovano a vivere insieme: ciò, sicuramente, non può avvenire senza un leale e
prudente dialogo. Essa pertanto deplora la discriminazione tra credenti e non credenti
che alcune autorità civili ingiustamente introducono, a danno dei diritti
fondamentali della persona umana.
Rivendica poi, in favore
dei credenti, una effettiva libertà, perché sia loro consentito di edificare in
questo mondo anche il tempio di Dio. Quanto agli atei, essa li invita
cortesemente a volere prendere in considerazione il Vangelo di Cristo con animo
aperto.
Il suo messaggio non
toglie alcunché all'uomo, infonde invece luce, vita e libertà per il suo
progresso, e all'infuori di esso, niente può soddisfare il cuore dell'uomo: «
Ci hai fatto per te », o Signore, «e il nostro cuore è senza pace finché non
riposa in te» (27).
22. Cristo, l'uomo nuovo.
In realtà solamente nel
mistero del Verbo incarnato trova vera luce il mistero dell'uomo.
Adamo, infatti, il primo
uomo, era figura di quello futuro (28) (Rm5,14) e cioè di Cristo Signore.
Cristo, che è il nuovo
Adamo, proprio rivelando il mistero del Padre e del suo amore svela anche
pienamente l'uomo a se stesso e gli manifesta la sua altissima vocazione.
Nessuna meraviglia,
quindi, che tutte le verità su esposte in lui trovino la loro sorgente e
tocchino il loro vertice. Egli è « l'immagine dell'invisibile Iddio » (Col1,15)
(29) è l'uomo perfetto che ha restituito ai figli di Adamo la somiglianza con
Dio, resa deforme già subito agli inizi a causa del peccato.
Poiché in lui la natura
umana è stata assunta, senza per questo venire annientata (30) per ciò stesso
essa è stata anche in noi innalzata a una dignità sublime.
Con l'incarnazione il
Figlio di Dio si è unito in certo modo ad ogni uomo.
Ha lavorato con mani
d'uomo, ha pensato con intelligenza d'uomo, ha agito con volontà d'uomo (31) ha
amato con cuore d'uomo. Nascendo da Maria vergine, egli si è fatto veramente
uno di noi, in tutto simile a noi fuorché il peccato (32). Agnello innocente,
col suo sangue sparso liberamente ci ha meritato la vita; in lui Dio ci ha
riconciliati con se stesso e tra noi (33) e ci ha strappati dalla schiavitù del
diavolo e del peccato; così che ognuno di noi può dire con l'Apostolo: il
Figlio di Dio « mi ha amato e ha sacrificato se stesso per me» (Gal2,20).
Soffrendo per noi non ci ha dato semplicemente l'esempio perché seguiamo le sue
orme (34) ma ci ha anche aperta la strada: se la seguiamo, la vita e la morte
vengono santificate e acquistano nuovo significato.
Il cristiano poi, reso
conforme all'immagine del Figlio che è il primogenito tra molti fratelli riceve
«le primizie dello Spirito» (Rm8,23) (35) per cui diventa capace di adempiere
la legge nuova dell'amore (36).
In virtù di questo
Spirito, che è il «pegno della eredità» (Ef 1,14), tutto l'uomo viene
interiormente rinnovato, nell'attesa della « redenzione del corpo » (Rm 8,23):
« Se in voi dimora lo Spirito di colui che risuscitò Gesù da morte, egli che ha
risuscitato Gesù Cristo da morte darà vita anche ai vostri corpi mortali,
mediante il suo Spirito che abita in voi» (Rm8,11) (37).
Il cristiano certamente
è assillato dalla necessità e dal dovere di combattere contro il male
attraverso molte tribolazioni, e di subire la morte; ma, associato al mistero
pasquale, diventando conforme al Cristo nella morte, così anche andrà incontro
alla risurrezione fortificato dalla speranza (38).
E ciò vale non solamente
per i cristiani, ma anche per tutti gli uomini di buona volontà, nel cui cuore
lavora invisibilmente la grazia (39). Cristo, infatti, è morto per tutti (40) e
la vocazione ultima dell'uomo è effettivamente una sola, quella divina; perciò
dobbiamo ritenere che lo Spirito Santo dia a tutti la possibilità di venire
associati, nel modo che Dio conosce, al mistero pasquale.
Tale e così grande è il
mistero dell'uomo, questo mistero che la Rivelazione cristiana fa brillare agli occhi dei
credenti. Per Cristo e in Cristo riceve luce quell'enigma del dolore e della
morte, che al di fuori del suo Vangelo ci opprime. Con la sua morte egli ha
distrutto la morte, con la sua risurrezione ci ha fatto dono della vita (41),
perché anche noi, diventando figli col Figlio, possiamo pregare esclamando
nello Spirito: Abba, Padre! (42).
* * *
NOTAS
[§11 al § 22]
(9) Cf. Gen. 1, 26; Sap. 2, 23.
(10) Cf. Eccli. 17, 3-10.
(11) Cf. Rom. 1, 21-25.
(12) Cf. Io. 8, 34.
(13) Cf. Dan. 3, 57-90.
(14) Cf. I Cor. 6, 13-20.
(15) Cf. I Reg. 16, 7; Ier. 17, 10.
(16) Cf. Eccli. 17, 7-8.
(17) Cf. Rom. 2, 14-16.
(18) Cf. PIUS XII, Nuntius radiophonicus de
conscientia christiana in iuvenibus recte efformanda, 23 martii 1952: AAS
44 (1952), p. 271.
(19) Cf Mt. 22, 37-40; Gal. 5, 14.
(20) Cf. Eccli. 15, 14.
(21) Cf. 2 Cor. 5, 10.
(22) Cf. Sap. 1, 13; 2, 23-24; Rom. 5,
21; 6, 23; Iac. 1, 15.
(23) Cf. I Cor. 15, 56-57.
(24) Cf. PIUS XI, Litt. Encycl. Divini Redemptoris,
19 martii 1937: AAS 29 (1937), pp. 65-106; PIUS XII, Litt. Encycl. Ad
Apostolorum Principis, 29 iunii 1958: AAS 50 (1958), pp. 601-614; IOANNES
XXIII, Litt. Encycl. Mater et Magistra, 15 maii 1961: AAS 53 (1961), pp. 451-453; PAULUS VI,
Litt. Encycl. Ecclesiam Suam, 6 augusti 1964: AAS 56 (1964), pp. 651-653.
(25) Cf. CONC. VAT. II, Lumen gentium, cap. I, n. 8: AAS 57 (1965), p. 12.
(26) Cf. Phil. 1, 27.
(27) S. AUGUSTINUS, Confess. I, 1: PL 32, 661.
(28)
Cf. Rom. 5, 14. Cf. TERTULLIANUS, De carnis resurr. 6:
«Quodcumque enim limus exprimebatur, Christus cogitabatur homo futurus»: PL 2,
802 (848); CSEL, 47, p. 33, 1. 12-13.
(29)
Cf. 2 Cor 4, 4.
(30)
Cf. CONC. CONSTANTINOP. II, can. 7: «Neque Deo Verbo in carnis naturam
transmutato, neque Carne in Verbi naturam transducta»: DENZ. 219 (428). - Cf.
etiam CONC. CONSTANTINOP. III: «Quemadmodum enim sanctissima atque immaculata
animata eius caro deificata non est perempta ( theótheisa ouk anèrethè), sed in
proprio sui statu et ratione permansit»: DENZ. 291 (556). - Cf. CONC. CHALCED.:
«in duabus naturis inconfuse, immutabiliter, indivise, inseparabiliter
agnoscendum»: DENZ. 148 (302).
(31)
Cf. CONC. CONSTANTINOP. III: «ita et humana eius voluntas deificata non est
perempta»: DENZ. 291 (556).
(32) Cf. Heb. 4, 15.
(33) Cf. 2 Cor. 5, 18-19; Col. 1,
20-22.
(34) Cf. I Pt. 2, 21; Mt. 16, 24; Lc.
14, 27.
(35) Cf. Rom.
8, 29; Col.
1, 18.
(36) Cf. Rom. 8, 1-11.
(37) Cf. 2 Cor. 4, 14.
(38) Cf. Phil. 3, 10; Rom. 8,
17.
(39) Cf. CONC VAT II, Lumen gentium, cap. II, n. 16: AAS 57 (1965), p. 20.
(40) Cf. Rom. 8, 32.
(41) Cf. Liturgia Paschalis Byzantina.
(42) Cf. Rom. 8, 15; Gal.
4, 6; Io. 1, 12 et I Io. 3, 1.
* * *
